HONORÉ DE BALZAC
PAPÁ GORIOT
Título
del original: LE PÉRE GORIOT
Traducción
: OSCAR HERMES VILLORDO
Prólogo
de MANUEL PEYROU
QUINCUAGÉSIMA
ENTREGA
PAPÁ GORIOT / LA ENTRADA EN EL MUNDO
(2 / 15)
Eugenio tomó la bonita
bolsa y corrió al número 9, después de hacerse indicar por un comerciante dónde
estaba la más próxima mesa de juego. Subió, dejó que le tomaran el sombrero y
preguntó dónde estaba la ruleta. Con gran asombro de los asiduos concurrentes,
el mozo lo llevó ante una mesa muy larga. Eugenio, seguido de todos los
espectadores, preguntó sin rodeos cómo se hacía para jugar.
-Si coloca usted un Luis
en uno de los treinta y seis números y este sale, le darán treinta y seis
luises -le dijo un respetable anciano de cabellos blancos.
Eugenio colocó los cien
francos en la cifra de su edad, en el veintiuno, y antes de que se hubiera dado
cuenta de nada, se oyó un grito de asombro: había ganado sin saberlo.
-Retire usted el dinero
-le dijo el anciano-, porque con ese sistema no es posible ganar dos veces.
Eugenio tomó el rastrillo
que le entregó aquel hombre, recogió los tres mil seiscientos francos y, sin
saber lo que hacía, los colocó en el color rojo. Los mirones lo contemplaron
con envidia al ver que continuaba jugando; la rueda dio vueltas. Eugenio ganó
otra vez, y el banquero le entregó tres mil seiscientos francos más.
-Ha ganado usted siete
mil doscientos francos -le dijo al oído el anciano-. Si quiere usted creerme,
no juegue más, porque el rojo se ha dado ya ocho veces. Si es usted caritativo,
espero que pagará este consejo aliviando la miseria de un antiguo prefecto de
Napoleón que se encuentra en la mayor necesidad.
Rastignac. aturdido, dio
diez luises al hombre de los cabellos blancos y bajó con los siete mil francos
sin comprender aun el juego, pero asombrado de su suerte.
-¡Ah! ¿Adónde me llevará
usted ahora? -le dijo enseñándole los siete mil francos a la señora de Nucingen
una vez que la portezuela estuvo cerrada.
Delfina lo estrechó contra
su corazón y lo besó vivamente, pero sin pasión.
-Me ha salvado usted -le
dijo derramando abundantes lágrimas-. Voy a decírselo todo, amigo mío, porque
será usted mi amigo, ¿verdad? Usted me ve rica, opulenta, y nada me falta en
apariencia. Pues bien, sepa que el señor de Nucingen no me deja disponer de un
céntimo. Él lo paga todo, la casa, los coches, los abonos, me entrega para mis
gastos una suma insuficiente y me reduce por cálculo a una miseria secreta. Yo
soy demasiado orgullosa para implorarle. Además, ¿no sería la más baja de las
criaturas si comprase su dinero al precio que quiere vendérmelo? ¿Qué cómo me
he dejado despojar yo, que poseía setecientos mil francos? Por orgullo, por
indignación. ¡Somos tan jóvenes y tan ingenuas cuando comenzamos la vida
conyugal! Las palabras con que tenía que pedir dinero a mi marido me quemaban
la boca; no me atreví nunca, gasté el dinero de mis economías y el que me daba
mi pobre padre, y después em empeñé. El matrimonio es para mí la más horrible
de las decepciones y no puedo hablarle de él. Bástele saber que me tiraría por
le ventana si fuese necesario antes de vivir con Nucingen de un modo distinto
al que vivimos, cada uno en su habitación. Cuando fue preciso confesarle mis
deudas de joven, adquiridas para comprar alhajas y satisfacer mil caprichos (mi
padre nos había acostumbrado a todos los gustos), sufrí un martirio; pero, por
fin, tuve valor para decírselo. ¿No tenía yo una fortuna? Nucingen se
encolerizó, y me dijo que lo arruinaría; en fin, horrores. Hubiera querido que
me tragara la tierra. Como se había hecho cargo de mi dote, pagó, no sin
estipular para lo sucesivo una pensión con la que yo me conformé para vivir en
paz. Después quise halagar el amor propio de alguien que usted conoce. Si he
sido engañada por él, he de hacer en cambio justicia a la nobleza de su
carácter. Pero, en fin, me abandonó indignamente. Nunca se debería abandonar a
una mujer a la cual han arrojado un montón de oro en un día de angustia.
Siempre debería ser amada. Usted, hermosa alma de veintiún años; usted, joven y
puro, tal vez me pregunte cómo puede aceptar una mujer oro de un hombre. ¡Dios
mío! ¿No es natural que se reparta todo con el ser a quien debemos nuestra dicha?
Cuando se ha dado todo, ¿quién puede preocuparse por una partícula de ese todo?
El dinero se convierte en algo en el momento en que el sentimiento desaparece.
¿No se está unido por la vida? ¿Quién de nosotros prevé una separación
creyéndose amada? Si ustedes nos juran amor eterno, ¿cómo tener distintos
intereses? Usted no se imagina lo que he sufrido hoy cuando Nucingen se negó
terminantemente a darme seis mil francos, él que se los da todos los meses a su
querida, una corista de la Ópera. Yo quería matarme y las ideas más locas
acudían a mi mente. Hubo momentos en que envidiaba la suerte de una criada, de
mi camarera. Pensar en recurrir a mi padre era una locura. Anastasia y yo lo
hemos arruinado: mi pobre padre se habría vendido si pudiese valer seis mil
francos, y hubiera sido desesperarlo en vano. Usted me ha salvado de la
vergüenza y de la muerte: estaba ebria de dolor. ¡Ah, amigo mío, le debía esta
explicación! He sido sumamente loca con usted. Cuando me dejó y lo perdí de
vista, quería huir a pie. ¿Adónde? No lo sé. He aquí la vida de la mitad de las
mujeres de París: lujo exterior y crueles preocupaciones en el alma. Yo conozco
pobres criaturas que son aun más desgraciadas que yo, porque hay mujeres que se
ven obligadas a robar a sus maridos, les hacen creer que cachemiras de cien
luises se dan por quinientos francos, que una cachemira de quinientos francos
vale cien luises, y se encuentran pobres mujeres que hacen ayunar a sus hijos
ahorrando, para tener un traje. Yo al menos estoy pura de estos odiosos
engaños. Si algunas mujeres se venden a sus maridos para gobernarlos, yo al
menos soy libre. Podría hacer que Nucingen me cubriera de oro y, sin embargo, prefiero
llorar con la cabeza apoyada en el hombro del hombre a quien ame. ¡Ah, esta noche
el señor de Marsay no tendrá derecho a mirarme como una mujer a quien ha pagado!
-añadió Delfina cubriéndose el rostro con las manos para no enseñar sus
lágrimas a Eugenio, que la obligó a descubrirle la cara para contemplarla,
porque estaba sublime en ese instante-. ¡Mezclar el dinero con los
sentimientos! ¿No es horrible? ¡Ah, usted no podrá amarme nunca!
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