ANDREI TARKOVSKI
LA CIENCIA FICCIÓN COMO FORMA DE POESÍA
por Gabriel Ramírez
(LOW-FIARDENTÍA
/ REVISTA DE POESÍA / 22-5-2018)
Dos películas de Andrei Tarkovski tienen reservado un lugar de honor en
el cine de ciencia ficción. El espectador que se acerca por primera vez al
trabajo de realizador ruso es posible que modifique su forma de ver cine. Para
siempre. Porque son muy pocos los que han logrado un nivel poético tan
deslumbrante en la gran pantalla.
Hay quien necesita que pasen cosas en una pantalla de cine para que lo
que ve le interese o, simplemente, le agrade. Planos cortos que hacen que la
acción avance con gran rapidez, una trama divertida, la música acompañando para
que ayude a entender. Cosas así. Y hay quien necesita sentir cosas cuando mira
la pantalla. La trama tiene una importancia relativa (no es lo más importante);
la acción, el ritmo narrativo, se imprime desde la comprensión personal; la
música es una ayuda para matizar lo visto. Cosas así.
Son opciones igual de buenas. No seré yo el que critique una u otra.
Pero lo que sí me atrevo a afirmar es que la primera impide llegar a entender
un tipo de cine que roza la genialidad. Y es una pena. También es verdad que el
criterio personal comienza a formarse en territorios superficiales de la
realidad observada. Es decir, que pasar por esas primeras fases, buscando
entretenimiento y poco más, es necesario. Incluso, no deben olvidarse nunca
jamás porque cada momento demanda algo distinto y una de las cosas pedidas
puede estar en esa zona de arriba. Dicho esto, conviene recordar que un buen
espectador ha de ir dando los pasos necesarios para encontrarse con el cine de
peso, con un tipo de cine que propone, más allá de pasar el rato, un encuentro
íntimo con nuestra forma de entender algunas cosas.
Los asuntos que trata este director están muy próximos a la búsqueda de
sentido, a la expresión de preocupaciones que el hombre tiene desde que lo es
(hombre) y que lo hace desde una simbología y un lenguaje poético que convierte
el mundo en algo mucho más importante de lo que algunos quieren que sea.
Tarkovski no hubiera filmado jamás una película sin incluir la exploración del
alma humana.
‘STALKER’ (1979)
Stalker es una película inmensa, grandiosa, genial y, por ello, mal
entendida por muchos, incomprensible para otros, aburrida para casi todos. Y no
digo que sean más o menos listos o que su gusto esté atrofiado. Ni mucho menos.
Creo que el problema está en ese aprendizaje del que hablaba antes, tan
necesario para llegar al lenguaje poético, a la expresividad.
El guión de Stalker nace del relato de Arkadi y Boris
Strugatski titulado Picnic en el camino. El mismo Tarkovski lo
escribió junto a los autores del original para rebajarlo en gran medida de los
materiales propios del género de ciencia ficción. En la antigua Unión Sovietica
se consideraba cosa de niños este género y Tarkovski no mostraba agrado por él.
Lo que se cuenta (en la película) es cómo un Stalker acompaña a dos
hombres hasta lo que se conoce por La Zona y dentro de ella a una habitación
(aquí se puede pedir que cualquier deseo se haga realidad y, por eso, las
autoridades lo tienen prohibido. ¡¿Quién sabe lo que puede desear una
persona?!). La Zona es un territorio prohibido por las autoridades en la que se
cree que cayó un meteorito y en la que, sin lugar a dudas, se produjo una gran
conmoción. No puede transitarse en línea recta, no puede hacerse el regreso por
el mismo camino que se hizo al llegar. El agua ocupa gran parte de La Zona, la
vegetación es virgen, el silencio es total, las construcciones están derruidas
o en un estado muy precario. Allí pueden verse los restos de armas oxidadas e
inservibles, lo que podrían ser cadáveres de personas. El Stalker (Aleksandr
Kajdanovsky) acompaña a un escritor (Anatoli Solonitsin, actor preferido del
director) y a un científico (Nicolai Grinko). Sólo conocemos su ocupación.
Nunca nos dicen el nombre de los personajes. ¿Qué es ese viaje? ¿Dónde lleva?
¿Para qué ha de realizarse? Poco a poco descubrimos que es un viaje en busca
del yo personal de cada uno de ellos; que el sentido de la existencia está al
alcance de unos hombres (el escritor y el científico) incapaces de pegarse a la
realidad, cegado por lo material uno y por su ego teñido de falsa belleza el
otro. Logran hacer el viaje. Logran regresar. El Stalker sabe lo que supone ser
feliz. Los otros se acercan a esa felicidad y se verán obligados a modificar
sus miradas. Esto es, de forma muy resumida, el asunto que trata de ventilar
Tarkovski. El hombre y Dios. El hombre y el entorno. El hombre y el hombre. La
Zona es el lugar en el que se entabla la conversación con uno mismo. La
habitación el lugar en el que se habla con Dios.
Planos interminables (Tarkovski hace que la cámara se pare tanto como
sea necesario para que lo relevante aparezca sin posible error), diálogos
profundos, una fotografía impresionante (Alexander Kniajinski hizo un trabajo
que casi roza lo perfecto y dejando que el director invadiese ese terreno, casi
sagrado y exclusivo, del director de fotografía que tanto le gustaba pisar a
Tarkovski), un sonido evocador y cuidado al máximo (Vladimir Sharun
acostumbrado al director logró que todo lo escuchado se acompasara con la
imagen hasta extremos delirantes) y unas interpretaciones maravillosas (hay que
sumar a la de los tres protagonistas la de Alisa Freindlich que hace de esposa
del Stalker).
Eso es Stalker.
Las obsesiones de Andrei Tarkovski. Todas
están en esta película. Nostalgia y Sacrificio también
las recogen, pero ya de una forma menos pura, puesto que el director rueda la
primera condicionado por su ausencia de Rusia y la segunda sabiendo que la
muerte (la suya) estaba por venir con rapidez.
Hay una escena al final de la película que llama poderosamente la
atención. Es de una belleza aplastante, pero creo yo que induce a error si no
se mira con atención. La hija del Stalker lee un libro. Cuando deja de hacerlo,
mira los vasos que hay sobre la mesa. Comienzan a moverse sobre el tablero. Uno
llega a caerse al suelo. De fondo el ruido del tren se hace más fuerte. Podría
parecer que ese movimiento es producido por la fuerza mental de la niña. Al fin
y al cabo, es hija de un Stalker. Sin embargo, al comienzo vemos una escena muy
similar. Vasos en movimiento y el paso de un tren cercano. El espectador; al
principio, cuando aún no sabe qué es lo que van a contarle; mira la secuencia y
ve vasos en movimiento por el efecto de un tren que pasa cerca. Al final,
tiende a ver algo sobrenatural aunque si reflexiona se planta ante la secuencia
sabiendo que está viendo algo normal y corriente convertido en belleza pura. Y
eso es el cine de Tarkovski. Cuando se mira lo cotidiano intentando ver más
allá, buscando lo profundo, todo se puede convertir en milagroso, en algo
especial y único. Es magia. La del lenguaje que transporta al interior de cada
uno de nosotros. Magia de la de verdad. Sin trucos.
‘SOLARIS’ (1972)
Esta película de Tarkowski llega de la mano de una magnífica novela
escrita por Stanilaw Lem. Se ajusta en lo que puede y en lo que quiere el
director ruso al texto original. Y, según el propio Lem, no fue una adaptación
que le hiciera mucha gracia. Le pareció excesivamente melancólica, simbólica y
reflexiva. Esto suele pasar cuando se encuentran poetas y novelistas. Tarkowski
es poeta además de director de cine. Lem es novelista con unas características
muy especiales. En la película se incluye una primera parte y un final que en
la novela no aparecen. Son los lugares en los que Tarkowski reflexiona más y
nos muestra su propia lectura. Pero esto debe quedar en anécdota. Tanto la
novela como la película son autónomas y deben valorarse por separado. Una
anécdota.
Kris Kelvin (Donatan Banionis) es psicólogo. Ha de viajar a un planeta
lejano llamado Solaris para decidir si la misión espacial instalada en ese
planeta es viable o no. Los tres tripulantes que habitan la estación (aunque su
capacidad es mucho mayor sólo quedan ellos) envían mensajes confusos y
alarmantes. Cuando Kelvin llega se encuentra con un panorama desolador. Uno de
los tres tripulantes, su amigo Guibarián, ha muerto. Encuentra a Snawt (Anatoli
Solonitsin) y a Sartorius (Yuri Yavet). Ambos intentan ocultar lo que tienen en
sus habitaciones, tienen un comportamiento alterado y casi violento. Kelvin
descubre que Snawt tiene un bebé en su habitación y Sartorius un enano. No
entiende nada, claro. Pero él mismo recibe la visita de su esposa Hary (Natalia
Bondarchuck), que murió diez años antes, después de ingerir veneno por no
sentirse querida (por Kelvin). A cada uno se le aparecen recuerdos, sueños o
cualquier fragmento de su mente. La tesis que manejan los científicos es que el
océano del planeta Solaris es un ente vivo y pensante que puede influir en la
mente de los tripulantes. Las materializaciones se componen de neutrinos (no de
átomos) que se estabilizan por la influencia del planeta. Pues, sin entrar en
detalles, eso es, más o menos, lo que cuenta esta película. Me refiero a la
trama, claro, porque la película de Tarkovski va mucho más allá.
La estética de la película no se parece a la habitual de este género. Ni
vemos efectos especiales maravillosos (en realidad no los hay ni buenos ni
malos), ni los trajes espaciales son sofisticados (en realidad los personajes
visten del mismo modo que podrían hacerlo para comprar en unos grandes
almacenes) y el mobiliario llega a ser clásico en algún momento (candelabros en
las mesas, obras de arte en las paredes, libros…). Sirvan estos apuntes para
que imaginen esa estética de la película.
Pero Tarkovski es Tarkovski y conviene mirar despacio y con cuidado lo
que enseña en pantalla. Por ejemplo, la geometría tiene una importancia
notable. El círculo; eso que hace del hombre un ser en constante movimiento,
eso que puede convertir el mito de Sísifo en nuestro día a día si no le ponemos
remedio, si no vamos más allá de lo material; se dibuja constantemente en el
espacio en el que se desenvuelven los personajes (ventanas, la propia estación
espacial). Si sumamos el encuadre de la pantalla podríamos ver un intento de
representación de lo que conocemos como cuadratura del círculo. Son frecuentes,
por ejemplo, las tomas en las que la figura humana aparece con el círculo
detrás. Sin entrar en más profundidades, lo que quiero decir es que el espacio
acompaña al mensaje. Lo evoca y de esa zona debería llegar la reflexión del que
mira. Ya sé que esto es difícil de ver. Por eso, pasados treinta minutos de
proyección un quince por ciento del aforo, duerme plácidamente y se pierden el
resto de la película.
Estamos frente a una película de ciencia ficción con
personajes que caminan en calzoncillos, vestidos con ropa convencional, mesas
de comedor adornadas con candelabros. Nos explican el mundo desde un lugar
lejano y perdido en el cosmos. Un lugar que no podemos entender sin entender el
entorno más cercano, nuestro pequeño mundo, el personal. Y es que, en realidad,
eso es lo que significa el género de la ciencia ficción. Y todo esto aderezado,
bien con el preludio coral en Fa menor de J. S. Bach, bien con los sonidos electrónicos
de Eduard Artemiev. Los espectadores van cayendo como moscas. Duermen o se
aburren terriblemente. Todo es tremendamente lento, evocador, reflexivo,
difícil de comprender. Para muchos un auténtico aburrimiento. Si no van más
allá de lo que se ve en la pantalla no hay nada que hacer. Esa es la propuesta
de Tarkovski.
¿Qué es eso que quiere contar el director de la película? ¿Qué esconde
tanto rectángulo y tanto círculo? ¿A qué viene tanta melancolía en los
personajes? ¿Por que Tarkovski añade un prólogo y un epílogo en su película si
en la novela no parece? ¿Qué es Solaris? ¿Es necesario ser tan lento al narrar?
¿O es que no es tan lento ni tan insoportable.
Voy a elegir algunas secuencias que creo que pueden servir de resumen
(imperfecto) de la película y, por tanto, del tema que trata.
Vuelvo a insistir en algo muy importante. Hablo de una película y no de
la novela.
Primeras escenas que se desarrollan en casa del padre de Kris Kelvin.
Antes del viaje espacial. Tarkovski se recrea en mostrar la relación del
protagonista con la naturaleza, con su planeta, se recrea en su pequeñez y en
su incapacidad para comprender lo que oye o lo que ve. También en la falta de
comunicación con su familia. Me gusta, especialmente, una escena que no parece
importante y, sin embargo, es una de las claves para entender todo lo demás.
Dos niños se encuentran. Se saludan y comienzan a jugar. Sin más. No hay
prejuicios. Los adultos, sin embargo, huyen unos de otros, no logran entenderse
entre ellos. La conexión de los seres humanos con su entorno y entre ellos se
ha perdido. ¿Se puede progresar como persona en esas condiciones? Los niños se
comunican entre ellos, quieren saber de los animales, reaccionan ante algo
inesperado (una tormenta hace que corran divertidos junto a su perro mientras
Kelvin ni se mueve, ni entiende lo que le pasa). La soledad del ser humano
dibujada con una categoría fuera de serie.
Un personaje que ya ha estado en Solaris le pregunta a Kelvin si quiere
destruir lo que todavía no comprenden anulando la misión. Kelvin dice que tiene
muy claro su objetivo y para ello ha realizado un estudio técnico mastodóntico.
Sólo cree lo que ve, no le interesa nada más. El problema de lo trascendente,
la mística de Tarkovski que se acompaña de música sacra, de la música de Bach.
¿Qué es conocer? ¿Hay algo más allá del objeto, es importante lo simbólico o
sólo cuenta lo científico? Tarkovski no ofrece respuestas. Eso es mucho más
apetecible que un afán por enseñar. Llega la reflexión del espectador. O una siesta
monumental.
Kelvin llega a la estación espacial y escucha un mensaje grabado para él
de parte de su compañero Guibarián (muerto). En el mensaje se deja entrever la
causa de la muerte. No ha sido por miedo. Eso es lo que sabemos. Da igual cómo
sucedió. Lo importante es la razón. Sabremos junto a Kelvin que la muerte se
produjo por vergüenza. Esta vez alguien acaba con su vida por vergüenza. La que
le causa ser de ese modo, sus recuerdos, los conflictos sin resolver, la
cobardía para afrontar su propia vida, por no entender, la incapacidad de amar,
de cuidar el entorno; en definitiva, la falta de humanidad. Otro de los
conflictos que plantea Tarkovski. La solución en la mente del individuo. Sólo.
El hombre ha de sentirse estafado por sí mismo. Durante la película, el propio
Kelvin experimenta esa vergüenza, pero descubre que es a través del amor, del
no renunciar a sí mismo, la única forma de remediar el desastre. El camino es
el arrepentimiento, la búsqueda dentro y la proyección sobre otros es la única
solución. Amar.
Kelvin regresa a la Tierra. Y este es el final que presenta Tarkovski,
el culmen de esa expiación desde el yo. Kelvin vuelve al mismo escenario del
que partió hacia Solaris. Ahora escucha, entiende. En la casa ve a su padre.
Dentro de la casa llueve. Ahora comprende que todo es lo mismo, la lluvia, el
padre, el paisaje. Agua cargada de simbología que cae sobre el padre. El agua
tan necesaria para que la vida se produzca, para que pueda seguir su curso. Él
se reconoce en ese microcosmos en movimiento, donde creó dolor y quiere que
desaparezca. Arrepentimiento. Esta escena es una de las escenas más emotivas e
intensas que recuerdo.
Kelvin, enfermo, fuera de sí, vestido con la ropa interior y poco más,
habla con su compañero en el pasillo de la estación espacial. Le dice «Al
mostrar piedad nos vaciamos. Quizás sea cierto que el sufrimiento da a la vida
un aire sombrío, lleno de sospechas. Pero yo no lo reconozco». Aquí está la
clave de toda la propuesta de Tarkovski. Piedad, amor, entrega. De ese modo la
plenitud del hombre es total. Para eso nace un ser humano. Sin ello todo es
puro trámite, deja de tener sentido. A través del arte, de la literatura, del
conocimiento del cosmos individual, de todo lo material, sabiendo que hay algo
más de lo que vemos. Todo es simbólico. Detrás de lo que se ve está la
realidad. Detrás de lo que queremos ver de nosotros mismos está el yo
auténtico. Ya sé que esta lectura es muy antropológica y cargada de mística.
Esto es lo que le molestaba a Lem. Tarkovsky se aleja mucho de la ciencia para
adaptar la novela.
Una escena más. Kelvin flota en el comedor de la estación espacial junto
a la materialización de Hary. La falta de gravedad hace que floten entre
candelabros con sus velas encendidas, entre libros. Un baile armonioso, casi
perfecto. Kelvin ha comprendido cuál es el camino. Hary, también, el suyo. Todo
sufrimiento es inútil. Se cierra el ciclo. Poco después, el océano de Solaris
deja de materializar esos fragmentos de pensamiento de las personas. Sólo falta
que Kelvin asimile que ese amor debe ser proyectado sobre la realidad. Por eso
regresa a su casa.
Muchos se duermen viendo la película. Es lenta, muy exigente. Los que no
ceden y aguantan hasta el final hacen un viaje, un viaje parecido a esos que
alguna vez hemos realizado pasando calamidades, a un lugar extraño y lejano,
queriendo volver a casa de inmediato, de esos que, una vez digeridos, nos
parecen fascinantes porque sabemos que ningún otro nos aportará nada semejante.
Así es el cine de Tarkovski. Una maravilla. Pura reflexión. Una invitación a
ella.
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