ROBERTO BOLAÑO: “ESCRIBIR PROSA ES DE UN MAL GUSTO
BESTIAL”
por Antonio Lucas
(El Mundo / 13-7-2018)
Alfaguara recopila en un volumen los versos del
escritor, tanto los poemas conocidos como otros 'olvidados' en publicaciones
hoy inencontrables.
Para Roberto
Bolaño la poesía era el territorio del sueño. "Había
perdido un país/ pero había ganado un sueño". El poema fue el principio de
su escritura. El abordaje de su pasión literaria. El lugar donde reconciliar la
vida y las letras. El espacio de la fiesta y la agonía. La tentación del
vértigo y la locura. En Chile, de donde era, todo lo presidía la vasta estela
de Pablo Neruda. Pero Bolaño estaba más en línea con el
incalculable Nicanor Parra y los antipoemas (consideraba Soliloquio del individuo el momento de quiebra de la poesía
latinoamericana, sin vuelta atrás). El domingo se cumplen 15 años
de la muerte de Bolaño. Sucedió el 15 de julio de 2013. A los 50. Al
final de su vida acumuló éxito como novelista y autor de relatos, aunque se
estrenó publicando prosa a los 43. Él quería estar principalmente en la poesía,
donde había empezado como se empieza la vida. La poesía era cobijo, lo
contrario de un aula de agravios.
Carolina López, su viuda,
recuerda cómo la poesía fue su principio y fin de la nieve: "Roberto se
describe a sí mismo como poeta y hasta el final de sus días escribió poemas.
Cuando le preguntaban sobre la relación entre el narrador y el poeta, se
reconoce poeta y esto se lo indicaba el menor rubor que le provocaba la
relectura de su poesía en relación a su narrativa. La poesía atraviesa toda su
obra y su poesía es muy prosística".
Muchos de los versos que escribió
Bolaño quedaron dispersos en revistas desaparecidas, de difícil acceso, casi
perdidos. Pero no fueron descartados, sencillamente quedaron casi perdidos en distintas publicaciones de uso
restringido. Alfaguara reúne
en el volumen Poesía reunida (previsto
para septiembre) todo lo conocido y tanto de lo olvidado.
¿Queda algo inédito de Bolaño?
Libretas por estudiar y valorar: de
viajes, de notas de vida y de textos incomprensibles corregidos y recorregidos.
También un puñado de cuentos escritos a mano, pasados a limpio y posteriormente
transcritos por Roberto a máquina de escribir o al ordenador.
En 1976 publicó su primer
libro, Reinventar el amor, un largo
poema dividido en nueve movimientos nacido al calor del Taller Martín Pescador, que dirigía Juan Pascoe. Era un cuadernillo modesto y celeste.
Veinte páginas en papel Ingres-Fabriano y del que se imprimieron 225 ejemplares.
Poemas de una vanguardia inflamable, con ráfagas de Rimbaud, entre el desorden, el destello, el desafío y
una cierta velocidad anfetamínica. De la infrarrealidad venimos. ¿A dónde
vamos? Bolaño fue uno de los fundadores del grupo Infrarrealista, como sus compadres Bruno Montané y Mario Santiago Papasquiaro.
Los llamaban 'Los infras', como si fuesen una mara de la poesía. Armaron el
movimiento en 1975, en México D.F., al calor de la amistad y los excesos.
Tomaron por lema una frase del pintor Roberto Matta:
"Volarle la tapa de los sesos a la cultura oficial". Y se empeñaron
en cumplirla. Tenían pulsión dadaísta y apetito de sabotaje. Reventaron actos
culturales y lecturas de poemas de otros autores que consideraban parte
del establishment literario, como Octavio Paz.
Poco después, Roberto Bolaño cambió
México por Europa. Era 1977. Mario Santiago hizo el mismo recorrido. Y el
Infrarrealismo perdió gas: "Básicamente el movimiento era la locura de
Mario y la mía". Así zanjó el chileno su expedición infrarrealista. Pero
no abandonó la poesía. Tardó 16 años en volver a publicar un libro de poemas.
De 1976 a 1992, cuando en la colección Melibea de Talavera de la Reina apareció
Fragmentos de la Universidad desconocida. "Creo que en la formación de todo
escritor hay una universidad desconocida que guía sus pasos, la cual,
evidentemente, no tiene sede fija, es una universidad móvil, pero común a
todos", dijo. Este volumen reúne buena parte de la poesía que Bolaño
escribió desde su llegada a España. Y hace palanca en la idea de testamento
literario, pues aquí está la semilla del escritor y algunos de sus
experimentos.
Aunque fue un autor de inteligente
ironía, deja asomar un desengaño casi constante.
Ese desengaño está directamente relacionado con el hecho de ser latinoamericano,
de vivir y sentir las trayectorias de las revoluciones que protagonizó su
generación: el contacto en México con el exilio de la izquierda chilena; por no
hablar de Venezuela, con la que mantuvo un agrio enfrentamiento en su papel de
jurado del premio Rómulo Gallegos, a los que
describió como "funcionarios seudoestalinistas". Pero su decepción ya
se produjo siendo mucho más joven, cuando describe la muerte de Roque Dalton a manos de la guerrilla salvadoreña.
Roberto siempre fue un hombre de izquierdas, pero eso no le impedía ser muy
crítico. También es importante saber de dónde partía Roberto para entender esa
decepción.
De dónde.
Me parece interesante recordar lo que
dijo a los 24 años, en 1975, en una entrevista para El Día de México: "La obligación o el deber de un
poeta joven chileno es primeramente ser un hombre joven chileno; el deber del
proletariado es hacer la revolución, el deber del joven poeta chileno -no hablo
de los derechistas o centristas que nada tienen que hacer en la poesía- es
plegarse en la lucha de su pueblo, y cantarla críticamente, testimonialmente,
iluminadoramente: el deber del poeta joven chileno es proponer y crear, y todo
con vistas a la revolución". Así era en su juventud, señala Carolina López.
Los perros románticos fue su tercer
libro de poemas, publicado en 1993 por la Fundación Social y Cultural
Kutxa, y salió a la vez que su novela La pista de hielo. Aunque la intensidad de publicación
de poemas es cada vez menor, no deja de escribir. En su poesía cabe el
desconcierto que aloja su narrativa. También la gracia y una propensión a hacer
del poema un destino fragmentado y fragmentario, pedazos de realidad repartidos
entre la meditación, la broma, la erudición y la voluntad de disponer las
palabras con una voracidad frenética. "Hay momentos para leer poesía y
momentos para boxear", decía. Él prefirió mezclarlos.
En el diario Primera línea dejó caer esta certeza: "Casi
siempre he creído, y aún sigo creyéndolo, que escribir prosa es de un mal
gusto bestial. Y lo digo en serio (...) En algún sentido creo que
escribir prosa es volver a las labores de mi abuelo analfabeto. Es mucho más
difícil la poesía. Las escenografías que te proporciona la poesía son de una
pureza y de una desolación muy grande. Cuando juntas pureza y desolación el
escenario se agranda automáticamente hasta el infinito y lo lógico es que tú
desaparezcas en ese escenario y, sin embargo, no desapareces. Te haces
infinitamente pequeño, pero no desapareces".
En hojas sueltas, en cartas, en
postales, en trozos de papel, en los márgenes del folio dejó también algunas
sospechas de lo que la poesía significaba en su proyecto de lector, en su aventura
de escritor: "¿Qué virtudes buscamos en los libros de poesía? Ciertamente
no la transparencia a través de la cual reposa una vida sin convulsiones;
tampoco los problemas (las postales) personales del poeta. Sí la transparencia como signo en el vacío, la transparencia como señal
dentro de la transparencia". Esto sale de unas notas sobre la
obra del chileno Raúl Zurita.
En 1995 publica El último salvaje en México. Y en 2000, poco
antes de morir, Tres. Una serie de poemas
desconcertante. Conjunta poesía y lo otro (una prosa incrustada en el poema).
"Lo que más puedo decir de Tres es que, si
me ataran a una silla y me obligaran a leerlo otra vez, la cara no se me caería
del todo de vergüenza, que ya es bastante. A veces incluso llego a pensar,
llevado por un entusiasmo sin duda irracional, que es uno de mis dos mejores
libros". Recuerda Carolina López que Bolaño pasó sus últimos meses
trabajando en la novela 2666 y para
descansar escribía cuentos. "En ese tiempo armaba El gaucho insufrible. Y,
creo recordar, leía sobre todo poesía". Fue lo primero y lo último de su
residencia en la tierra.
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