JOHN
COLTRANE: LA MÚSICA PERDIDA
por
Antonio Muñoz Molina
(El País / Bebelia / 14-6-2018)
Parece que ni la
muerte temprana puede interrumpir la obra en marcha de un artista. La posteridad
de John Coltrane ya empieza a durar más que su vida, porque murió a los 40
años, en 1967, pero le dio tiempo a crear tanta música que siempre estamos
descubriendo algo nuevo de él. Glenn Gould decía con malevolencia que Mozart no
había muerto joven, sino viejo, porque a los 35 años ya no le quedaba nada más
que decir. John Coltrane murió más prematuramente todavía
porque en sus últimos años su música estaba desplegando posibilidades
inauditas. Me recuerda a García Lorca, que fue asesinado justo cuando su poesía
y su teatro se encontraban en un estado de tránsito hacia algo completamente
nuevo, una originalidad en parte cuajada y en parte cargada de promesas que ya
no llegarían a cumplirse. Lorca murió en 1936: la onda expansiva de lo que
estaba escribiendo e imaginando se prolonga en un porvenir que él ya no pudo
ver, pero que siguió marcado por la novedad de su influencia. Poeta en Nueva York y La casa de Bernarda Alba vieron la luz fuera de
España y en los años cuarenta. El público seguía
siendo perturbadora y nueva cuando se estrenó en Madrid en 1986.
John Coltrane murió
joven, pero tuvo tiempo de alcanzar una plena madurez y un dilatado
reconocimiento. Con 38 años, en 1965, grabó A Love Supreme, que
es una afirmación simultánea de ruptura y de clasicismo, una de las obras más
altas de la música sagrada del siglo XX. Podía haberse instalado en su
maestría, que era la suya como intérprete y compositor y la de los músicos de
su cuarteto, pero nada más alcanzarla ya se estaba alejando de ella, y en sus últimos
años se dedicó a un riguroso despojamiento, a una ruptura incesante que para
muchos de quienes lo admiraban tenía algo de calamidad y de trastorno. Rompió
con lo que había hecho y con lo que le había asegurado el éxito, una libertad
de improvisación firmemente anclada en el blues y en una riqueza melódica
heredera de Duke Ellington y de los cantos de iglesia afroamericanos. Ese
equilibrio entre la libertad y el rigor, entre la efusión del arrebato y el
puro oficio infalible, lo habían sostenido los miembros fijos de su cuarteto
durante los mejores años, el batería Elvin Jones, el pianista McCoy Tyner, el
bajista Jimmy Garrison. Pero Coltrane también los fue dejando atrás, o ellos
lo dejaban a él, incapaces de seguirlo en una búsqueda que lo llevaba hacia
donde ellos creían que no podía llegarse, hacia lo que para muchos oídos era
pura confusión, chirridos, desorden. Lo que había sido un cuarteto se convertía
en una orquesta tumultuosa. La forma cerrada de una canción de tres minutos se
descomponía en las duraciones de la música religiosa musulmana o hindú o de las
celebraciones africanas. El sonido del saxo abandonaba no solo la tonalidad,
sino la noción misma de las notas, convertidas a veces en algo parecido a
gruñidos o a gritos. A veces Coltrane dejaba de tocar, ahíto o exhausto, y
murmuraba una salmodia, o se golpeaba rítmicamente el pecho, poseído como un
chamán, su caja torácica y su cuerpo entero convertidos en instrumento.
Me gusta escuchar
esta música no como el preludio de algo, sino como una culminación en sí misma,
dotada de esa libertad desenvuelta y sin énfasis que es propia de quien hace
bien su trabajo y sabe disfrutarlo
No paraba de
componer y de tocar en sus últimos años, de hacer giras agotadoras por todo el
mundo, de prolongar una actuación hasta que ni los músicos ni él parecía que
pudieran mantenerse en pie. Murió y siguieron apareciendo discos cada vez más
radicales. Interstellar Space, tocado mano a
mano con el batería Rashied Ali, se grabó sin ensayo ni partitura a lo largo de
un solo día de febrero, en 1967. La compañía de discos tardó siete años en
publicarlo. Pero en noviembre de 1966 se había grabado en directo un largo
concierto prodigioso en Temple University, un trance colectivo de música y de
misticismo en el que una sola canción, la inagotable ‘My Favourite Things’,
duraba casi media hora: se publicó en 2014, al cabo de 48 años.
La posteridad de
John Coltrane es tan fértil como lo fue su vida. Desde hace meses se venía
sabiendo que había vuelto a aparecer una grabación perdida. Para los
aficionados, el amor por la música se confundía con la fascinación de las
leyendas, la fábula de la obra maestra oculta, del manuscrito extraviado. Hubo
una sesión de estudio del cuarteto clásico el 6 de marzo de 1963, pero la cinta
se daba por perdida. Coltrane le regaló una copia a Naima, su primera mujer. Lo
que desapareció durante muchos años surge de pronto e irrumpe luminosamente en
el tiempo. En su reseña fervorosa del disco recién publicado, Both Directions at Once, Yahvé M. de la Cavada dice que su descubrimiento
equivale al de una novela inédita de Dostoievski. Sonny Rollins lo compara con
el hallazgo de una nueva cámara secreta en la Gran Pirámide. Yo escucho el
disco desde hace varios días y lo que siento sobre todo es el asombro y la
gratitud de que un tesoro así haya llegado intacto a nosotros, a través de la
lejanía de los años, con la inmediatez de lo que surge sobre la marcha en un
estudio, en el encuentro de cuatro músicos que se conocen muy bien y están en
la cima de sus facultades individuales y de la complicidad de cada uno con los
otros. Wayne Shorter explica el título aludiendo a un consejo que Coltrane
solía darle: arranca una pieza en torno a la mitad y a partir de ahí avanza al
mismo tiempo hacia atrás y hacia delante. Ese día, el 6 de marzo de 1963, John
Coltrane está justo en la mitad de su madurez, cosechando todo el esfuerzo y el
aprendizaje del pasado —el suyo personal y el de la tradición musical a la que
pertenece— y tanteando ya lo que vendrá después y no se le ha revelado todavía,
lo que ya lo empuja como una gran corriente sin que él sepa del todo hacia
dónde. Como sabemos lo que vino después, corremos el peligro de creer que
tenemos el don de la profecía. Pero a mí me gusta escuchar esta música no como
el preludio de algo, sino como una culminación en sí misma, dotada de esa
libertad desenvuelta y sin énfasis que es propia de quien hace bien su trabajo
y sabe disfrutarlo. Esa misma noche, después de pasarse el día entero grabando
en el estudio, los músicos se fueron a tocar en un club.
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