FELIPE POLLERI
“AQUÍ LA MEDIOCRIDAD ES LA
VIRTUD POR EXCELENCIA”
por Natalia Berbelagua
Poco y nada se conoce en Chile sobre Literatura Uruguaya, menos aun del
grupo de los raros, asunto crítico que agrupó a autores tan diversos como
Marosa Di Giorgio, Felisberto Hernández y el mismísimo Felipe Polleri (Montevideo
1953). Autor de más de una decena de libros, entre ellos Carnaval (1990), El alma del
mundo (2005) y Gran ensayo sobre
Baudelaire (2007). En un mundo enajenado y hostil la escritura también es
una forma de resistencia. Son los gritos de este Cuestionario Salvaje donde conversa sobre aburrimiento, fracaso,
humor negro, absurdo y su amistad con Mario Levrero. Las cruces de un escritor
demasiado amargo.
¿Aun vives en la misma esquina? ¿En la que vivías hace más de treinta
años?, ¿Nunca te dieron ganas de moverte?
Hace 35 años que vivo en la misma
esquina. Los que tenemos una vida interior compleja y turbulenta (digamos,
atormentada) necesitamos una vida exterior muy estable.
Levrero da una particular visión sobre el aburrimiento, dice que
aburrirse es provocarse horror a sí mismo, aborrecerse. ¿Nunca te aburriste de
esa casa?
Me aburro y me aborrezco. Y me odio y
quisiera matarme. Como ser humano, quiero decir. Como monstruo, me amo
infinitamente.
Hay varios personajes de tus obras que están fuera de estas estructuras
o situaciones de confort, son desadaptados, se mueven por el mundo de manera
original o errática ¿Qué compartes con ellos?
Soy un inadaptado (un desclasado, un
paria, un loco) y no quiero adaptarme y comprarme un auto de tres pisos o una
licuadora atómica.
Pareciera ser que siempre lo autobiográfico se cruza con lo literario.
¿Crees que tus textos han ejercido en ti un efecto terapéutico?
Mis libros no son estrictamente
autobiográficos: están tan cerca como tan lejos… Pero sí: tengo la compulsión a
buscar en el inconsciente lo que no quiero saber de mí mismo. Amor a la verdad.
Y efecto terapéutico, sin duda, porque si no escribiera estaría con un hermoso
chaleco de fuerza.
Lo pesadillesco, el aislamiento y el fracaso se van colando en tu obra,
tres sombras inmensas que suelen atormentar a los escritores. ¿Cómo se trabaja
como un material tan crítico, tan al límite?
¿Fracaso? Tuve cierto éxito
literario, con muchos altibajos, a los 40 o 50 años. Fue después, a los 60, que
me tradujeron a otros idiomas o que una editorial importante se fijó en mi
trabajo. Escribí, es decir, viví en el fracaso casi toda mi vida. Los
escritores como yo vivimos aislados, entre la vida y la muerte, entre la espada
y la pared, entre las pesadillas diurnas y las nocturnas. No me gusta la sociedad
en que nos tocó vivir. ¿Y a vos?
Tampoco… Si en algo se pudieran parecer los raros, más allá de esta
obsesión crítica por agrupar a autores que trabajaron solos. ¿Qué hay en la
idiosincracia uruguaya que produce este tipo de literatura tan distinta, tan
original?
Los tales “raros” no nos parecemos en
nada. En que somos tan idiotas que nos dedicamos a escribir, tal vez. Resulta
que aquí la mediocridad es la virtud por excelencia, la más aplaudida y
financiada. En caso de que se te ocurra ser algo tan disparatado y despreciable
como un escritor, vas a sufrir un marginamiento riguroso. Nadie acepta
semejante castigo si su vocación no es más importante que todo lo demás. Y las
grandes vocaciones, siempre contrariadas, siempre duramente castigadas,
producen escritores originales y excéntricos y “malditos” y medio locos..
Tu obra tiene bastante humor negro, también hay un trabajo con la
exageración ¿Qué es para ti el absurdo? ¿Cómo convives con él?
Todo es absurdo. No veo a mi
alrededor más que estupideces y desaciertos, cobijados por el egoísmo
monstruoso del capitalismo salvaje, valga la redundancia. De esta bufonada
macabra, ya que no puedo cambiarla, sólo encuentro salida en el humor negro,
uno de cuyos recursos clásicos es la exageración. No necesito exagerar mucho,
por cierto. Todos contribuyen a facilitarme el trabajo.
Has escrito bastante, desde 1990 que sacás libros prácticamente cada dos
o tres años. ¿Escribes todos los días? ¿Cómo llevas el trabajo?
Escribir es una pasión… Cuando la
pierda… No quiero pensar en eso, ni en la muerte, ni en una silla de ruedas o
en un trompetín para la sordera.
A Levrero en el prólogo de Irrupciones, lo llamas «Padre y maestro
mágico» además de amigo. ¿Cuánto influyó en tu obra la corriente sensitiva que
era Levrero en sí mismo?, Ese autor que trabajó con grafología, que escribió un
manual de Parapsicología y elaboró una estética propia del sueño?
Mario fue, antes que nada, un amigo y
una especie de padre. Fue, además, el ejemplo vivo de escritor para varias
generaciones. El incorruptible. El escritor puro, por más defectos que tuviera
como persona. Era también el tipo que te exprimía hasta sacar lo mejor de vos,
lo que te era más propio, tu voz.
¿Cómo te llevás con estos temas?, ¿Cuál es el límite de trabajar con el
inconsciente?
Si no trabajás con tu inconsciente
dedicate a otra cosa. El que escribe es otro, ese que nadie vio, ni siquiera
vos mismo.
¿Qué es ser escritor para ti?
Es socializar mi experiencia, hacerla
pública. Y eso tal vez sea útil para alguien, tal vez encuentre cierto tipo de
belleza que lo conmueva. Es producir alguna clase de emoción en el lector,
alcanzar determinada profundidad emocional a la que el lector no pueda
sustraerse.
¿Cómo te gustaría ser recordado?
Como un escritor. Raro, quizás, o
demasiado amargo o demasiado violento, pero como un escritor que hizo todo lo
posible…
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