19/1/18


CIENTOCUADRAGESIMOSEXTA ENTREGA

(Barral Editores / Barcelona 1970)


CANTO SEXTO


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5 (2)



Sus profesores notaron que ese día no parecía el mismo; sus ojos estaban demasiado ensombrecidos, y el velo de la reflexión excesiva descendía sobre su región periorbitaria. Cada uno de los profesores enrojeció, temeroso de no estar a la altura intelectual de su discípulo, y, sin embargo, este por primera vez descuidó sus deberes y no trabajó. Al anochecer, la familia se reunió en el comedor, decorado con retratos antiguos. Mervyn admira las fuentes repletas de viandas suculentas y las olorosas frutas, pero no come; los chorros policromos de los vinos del Rhin y el espumoso rubí del champaña, que se engastan en las estrechas y altas copas de Bohemia, ni siquiera le despiertan un interés visual. Apoya el codo sobre la mesa y se queda absorto en sus pensamientos como un sonámbulo. El comodoro, de rostro curtido por la espuma de mar, se inclina al oído de su esposa: “El mayor ha cambiado de carácter desde el día de la crisis; ya era excesivamente aficionado a las ideas absurdas; hoy está más ensimismado que de costumbre. Después de todo, yo no era así cuando tenía su edad. Haz como si no te dieras cuenta de nada. Este es el momento en que un remedio eficaz, material o moral, sería oportuno. Mervyn, tú que gustas de la lectura de libros de viajes y de historia natural, voy a leerte un relato que no te desagradará. Que se me escuche con atención y todos obtendrán su provecho, yo el primero. Y vosotros, niños, aprended, por la atención que sabréis prestar a mis palabras, a perfeccionar los lineamientos de vuestro estilo, y a percibir las menores intenciones de un autor.” ¡Como si aquella nidada de adorables granujas pudiera entender lo que era la retórica! Dijo; y a un ademán suyo, uno de los hermanos se dirigió a la biblioteca paterna, para retornar con un volumen bajo el brazo. Entre tanto quitaron los cubiertos y la platería, y el padre tomó el libro. Al oír la electrizante palabra “viajes”, Mervyn levantó la cabeza y se esforzó en poner término a sus meditaciones intempestivas. El libro es abierto hacia la mitad, y la voz metálica del comodoro prueba que sigue siendo capaz, como en los días de su gloriosa juventud, de dominar el furor de los hombres y de las tempestades. Bastante antes de que terminara la lectura, Mervyn se dejó caer sobre el codo, en la imposibilidad de seguir por más tiempo el desarrollo lógico de las frases pasadas por la hilera, y la saponificación de las consabidas metáforas. El padre exclama: “Esto no le interesa, leamos otra cosa. Lee, mujer; tendrás más suerte que yo, para alejar la tristeza de la vida de nuestro hijo.”


EL TEATRO Y SU DOBLE

Traducción de Enrique Alonso y Francisco Abelenda


VIGESIMOCUARTA ENTREGA


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LA PUESTA EN ESCENA Y LA METAFÍSICA (8)


En un film de los hermanos Marx un hombre que va a abrazar a una mujer, y abraza en cambio a una vaca, que lanza un mugido. Y por un concurso de circunstancias que sería muy largo enumerar, ese mugido, en ese momento, adquiere una dignidad intelectual semejante a la de cualquier grito de mujer.


Una situación parecida, posible en el cine, no es menos posible en el teatro (bastaría muy poco), por ejemplo, reemplazar a la vaca por un maniquí animado, una especie de monstruo parlante o de hombre disfrazado de animal, para redescubrir el secreto de una poesía objetiva basada en el humor que el teatro cedió al music-hall y que el cine adoptó más tarde.


Hablé hace un momento de peligro. El mejor modo, me parece, de mostrar en escena esta idea de peligro es recurrir a lo imprevisto no en las situaciones sino en las cosas, la transición intempestiva, brusca, de una imagen pensada a una imagen verdadera; por ejemplo: un hombre blasfema y ve materializarse ante él la imagen de su blasfemia (a condición, sin embargo, agregaré, de que esa imagen no sea enteramente gratuita, que dé nacimiento a su vez a otras imágenes en la misma vena espiritual, etcétera).


Otro ejemplo: la aparición repentina de un ser fabricado, de trapo y madera, inventado enteramente, que no correspondiese a nada, y sin embargo perturbador por naturaleza, capaz de devolver a la escena un pequeño soplo de ese gran miedo metafísico que es la raíz de todo el teatro antiguo.


Los balineses con su dragón imaginario, y todos los orientales, no han perdido el sentido de este miedo misterioso, en el que reconocen uno de los elementos más conmovedores del teatro (y en verdad el elemento esencial) cuando se lo sitúa en su verdadero nivel.


La verdadera poesía es metafísica, quiéraselo o no, y yo aun diría que su valor depende de su alcance metafísico, de su grado de eficacia metafísica.


Por segundo o tercera vez invoco aquí a la metafísica. Hablaba hace un momento, a propósito de psicología, de ideas muertas, y entiendo que muchos querrían decirme que si hay en el mundo una idea inhumana, una idea ineficaz y muerta, inexpresiva, es precisamente la idea de metafísica.


Esto se debe, como decía René Guénon, “a nuestra manera puramente occidental, a nuestra manera antipoética y trincada de considerar los principios (independientemente del estado espiritual energético y masivo que les corresponde)”.


En el teatro oriental de tendencias metafísicas, opuesto al teatro occidental de tendencias psicológicas, todo ese complejo de gestos, signos, actitudes, sonoridades, que son el lenguaje de la realización y la escena, ese lenguaje que ejerce plenamente sus efectos físicos y poéticos en todos los niveles de conciencia y en todos los sentidos, introduce necesariamente al pensamiento a adoptar actitudes profundas que podrían llamarse metafísica-en-acción.



Retomaré pronto este punto. Volvamos por ahora al teatro conocido.
CARLOS CASTANEDA

LAS ENSEÑANZAS DE DON JUAN
                                                                                              
(Una forma yaqui de conocimiento)


QUINCUAGESIMOCUARTA ENTREGA


PRIMERA PARTE
“LAS ENSEÑANZAS”


VI (2)

Sábado, 6 de julio, 1963 (1)


El lunes 1º de julio corté las daturas que don Juan había pedido. Esperé a que estuviera bastante oscuro antes de bailar alrededor de las plantas, pues no quería que nadie me viera. Me sentía lleno de aprensión. Estaba seguro de que alguien iba a presenciar mis extrañas acciones. Previamente había yo elegido dos plantas que me parecieron macho y hembra. Tenía que cortar cuarenta centímetros de la raíz de cada una, y no fue tarea fácil cavar a esa profundidad con un palo. Requirió horas. Tuve que terminar el trabajo en la oscuridad completa, y ya listo para cortarlas debí usar una lámpara de mano. Mi aprensión original de que alguien fuera a verme resultó mínima en comparación con el miedo de que alguien notara la luz en los matorrales.


Llevé las plantas a casa de don Juan el martes 2 de julio. Él abrió los bultos y examinó los trozos. Dijo que aun tenía que darme semillas de sus plantas. Empujó un mortero frente a mí. Tomó un frasco de vidrio y vació su contenido -semillas secas aglomeradas- en el mortero.


Le pregunté qué eran, y repuso que semillas comidas de gorgojo. Había entre ellas bastantes bichos: pequeños gorgojos negros. Dijo que eran bichos especiales, que debíamos sacarlos y ponerlos en un frasco aparte. Me entregó otro frasco, lleno hasta la tercera parte del mismo tipo de gorgojos. Un trozo de papel metido en el frasco les impedía escapar.


-La próxima vez tendrás que usar los bichos de tus propias plantas -dijo don Juan-. Lo que haces es cortar las vainas que tengan agujeritos: están llenas de gorgojos. Abres la vaina y raspas todo y lo echas en un frasco. Junta un puñado de gorgojos y guárdalos aparte. Trátalos mal. No les tengas miramientos ni consideraciones. Mide un puño de semillas apelmazadas comidas de gorgojo y un puño del polvo de los bichos, y entierra lo demás en cualquier sitio en esa dirección (señaló el sureste) de tu planta. Luego juntas semillas buenas, secas, y las guardas por separado. Junta todas las que quieras. Siempre puedes usarlas. Es buena idea sacar allí las semillas de las vainas, para poder enterrar todo de una vez.


Luego, don Juan me dijo que moliera primero las semillas apelmazadas, después los huevos de gorgojo, después los bichos y finalmente las semillas buenas y secas.


Cuando todo estuvo bien pulverizado, don Juan tomó los pedazos de datura que yo había cortado y amontonado. Separó la raíz macho y la envolvió con delicadeza en un trozo de tela. Me entregó lo demás y me dijo que cortara los pedacitos, lo moliera bien y pusiera en una olla hasta la última gota de jugo. Dijo que yo debía macerar las partes en el mismo orden en que las había amontonado.


Después de que terminé, me hizo medir una taza de agua hirviendo y agitarla con todo en la olla, y luego añadir otras dos tazas. Me entregó una barra de hueso de acabado pulido. Agité con ella la papilla y puse la olla en el fuego. Don Juan dijo entonces que debíamos preparar la raíz, usando para ello el mortero grande porque la raíz macho no podía cortarse para nada. Fuimos atrás de la casa. Don Juan tenía listo el mortero, y procedía machacar la raíz como había hecho antes. La dejamos remojando, al sereno, y entramos en la casa.



Me indicó vigilar la mezcla en la olla. Debía dejarse hervir hasta que tuviera cuerpo: hasta que fuese difícil de agitar. Luego se acostó en su petate y se durmió. La papilla llevaba al menos una hora hirviendo cuando noté que cada vez era más difícil agitarla. Juzgué que debía estar lista y la quité del fuego. La puse en la red bajo las tejas y me dormí.

18/1/18


LA VUELTA DE DON VERÍDICO


DECIMOSEPTIMA ENTREGA


EL DEL TOMATE


Hombre que supo ser asunto serio para la tierra, aura que dice, Numeraldo Genuino, el casau con Trémula Regada, mujer más difícil que fumar abajo e la ducha.


Numeraldo era loco por la tierra, y por los tomates. Primero había sido loco por las espinacas, porque le habían dicho que las espinacas tienen mucho fierro. Un año plantó un campo de espinacas pa ver si el fierro le daba pa hacerse un tractor. Pero no hubo caso. Como la espinaca merma mucho, apenas si le dio pa una carretilla. Bonita carretilla, pero pa nada más.


Por ahí fue que descubrió el tomate. En un baile lo descubrió. Taba bailando de lo más acaramelado con una moza, cuando el tomate le pasó zumbando una oreja y se le fue a estrellar en la nuca a un pelau que estaba por decir un discurso. Nunca se supo quién lo tiró, pero por la puntería tiene que haber sido un especialista en el tiro del tomate. No le desperdició ni una semilla.


¡Se ha reído tanto la gente de aquel tomatazo, que Numeraldo se enamoró del tomate porque nunca había visto nada tan divertido!


Al otro día se lo dijo a la mujer; sin parar de reírse fue que se lo dijo:


-Mirá Trémula -le dijo-, pa mí, si hay algo que alegra la vida es el tomate. Así que vamo a plantar.


¡Ha plantau tanto tomate aquel crestiano, que era una tremendidá! El campo, todo tomatera, alrededor del rancho todo tomatera, abajo del catre todo tomatera. Y pa sostener las tomateras, terminó con todos los cañaverales del pago. Cada tomatera con su caña y su cintita de trapo, con una moñita, porque además de prolijo era vistoso pal tomate.


Pa la cosecha de tomates vino gente de lejos pa darle una mano. ¡Levantaron las montañas de cajones de tomates! Miraba las pilas de cajones, y se doblaba de risa porque se acordaba del tomatazo como si lo estuviera viendo.


Sábado a la noche, salió con diez cajones pa vender en la puerta de los bailes, cosa de hacerse la panzada viendo tirar tomates.


El único tomate que vendió, fue a una vieja que lo precisaba pa curar una picadura de bicho peludo. Como naides le compraba, empezó a regalar. Como naides tiraba ni regalado, tiró él. El primero y único tomate que tiró, se lo embocó justito en la frente a un sargento que había dentrau al baile a tomarse una copita. Eso sí; no le desperdició una semillla. Se lo colocó abajo e la visera de la gorra, y si no le chorreó hasta el ombligo fue por culpa del bigote que rejuntó mucho.


Cuando lo largaron, como a la semana, cayó por el boliche El Resorte.


El tape Olmedo fue el que le preguntó cómo andaban esos tomates.


-¿Cómo andan esos tomates don Numeraldo? -le dijo.


El otro precisó varias cañitas pa contar toda su desgracia. Contó lo de las tomateras, lo del tomatazo, lo de la vieja del bicho peludo, lo del sargento bigotudo, y casi en un llanto terminó diciendo:


-¡Pa pior… no sé qué hacer con tanto tomate!


El tape Olmedo lo aconsejó:


-Y… si no están muy maduros, lo que puede hacer es ensalada de tomate.


Numeraldo Genuino dijo que tenía cuatrocientos cajones de tomates, y que el tomate en ensalada le pateaba el hígado, y que ya estaban muy maduros.


-Si están muy maduros -aconsejó de nuevo el tape-, lo mejor que puede hacer es salsa de tomate. Hace salsa e tomate y se caga e risa.


-Sí… pero es mucho tomate pa hacerlo todo salsa e tomate!


-¡Y bueno… haga nada más que la mitá!


Numeraldo se quedó pensando, le pegó un buche a su vasito de caña, y negando con la cabeza contestó:


-Sí, pero… con la otra mitá e los tomates, ¿qué hago?


Ya fastidiado el tape lo aconsejó por última vez:



-¡Y con la otra mitá e los tomates haga zapallo en almíbar!
SANDINO NÚÑEZ

EL DESENCUENTRO / LA DIALÉCTICA, EL VIRUS RESIDENTE DEL CAPITALISMO Y EL FANTASMA DE LENIN

(CRISE E CRITICA / revista latinoamericana de filosofía e política / volumen 1, número 1, 2017)



OCTAVA ENTREGA



6 (2)



Entonces, una vez más: ¿cómo (y, sobre todo, por qué) resistir la tentación de ver en aquel retiro de Lenin de 1914 una objeción y una advertencia, un “aviso de incendio”, una sospecha de que el corte emancipatorio debía situarse en una “profundidad interna” casi inaccesible, en la operación teórica de resituar completamente a la dialéctica extrayendo de ella el verdadero Amo, el virus residente del capitalismo: la objetividad neutra de la lógica económica del capital, la lógica enactiva, las prácticas cotidianas de la vida y el cuerpo capitalistas, la abstracción tecnológica-productiva, en fin? Quizás ahí esté la clave de la famosa “lectura materialista de Hegel”. No en la inversión de Hegel en una forma simétrica y oponible, sino en no perder de vista que el materialismo representa, para el caso, el algo más, la negatividad subjetiva del acto mismo de “invertir”. Y que por tanto materialismo no puede indicar el asunto epistemológico simple del predominio de la materia sobre la idea, sino, más profundamente, el de la “materialidad” (la irreductibilidad) del daño mismo entre materia e idea. Debemos postular el carácter significante, social e histórico de la realidad, pero también debemos entender la objetalidad-objetividad misma de las prácticas significantes. Es decir, postulamos que lo objetivo es, siempre ya, un saber, pero también entendemos que ese saber es objetivo. Pero este, precisamente, es lo que Hegel sabía. Así, entonces, se puede jugar bonitamente con las palabras: Lenin emprende una lectura materialista de Hegel y no tarda en entender que esa lectura también será, por fuerza, una lectura hegeliana del materialismo. Así lo dice Stathis Kouvelakis:


El resultado al que llega Lenin, anticipando un poco las cosas, es que la genuina “inversión materialista” de Hegel no se encuentra, como el último Engels pensaba y Plejanov y los demás guardianes de la Segunda Internacional repetían hasta la saciedad, es afirmar la primacía del ser sobre el pensamiento, sino en entender la actividad subjetiva expuesta en la “lógica del concepto” como el “reflejo” idealista y por ello invertido de la práctica revolucionaria, que transforma la realidad revelando así el resultado de la intervención del sujeto. Y en esto es en lo que Hegel estaba infinitamente más cerca del materialismo que los “materialistas” ortodoxos (o las primeras versiones premarxistas del materialismo) ya que estaba más cerca del nuevo materialismo, el de Marx, que afirmaba la primacía no de la “materia” sino de la actividad de la transformación material como práctica revolucionaria. Se mantenía la promesa de una “lectura materialista de Hegel”, pero de una manera muy alejada de la que su autor concebía inicialmente.



Es necesario entonces entender la fórmula también al revés: una lectura hegeliana del materialismo será necesariamente una lectura materialista de Hegel. Lo que le mostraría a Lenin la lectura materialista de Hegel es la insuficiencia, digamos, del materialismo de Engels, Kautsky y Plejanov, y de todo el “materialismo científico” en suma: la historia oficial del socialismo real. Irónicamente, la cientificidad es aquella que ha cubierto perfectamente el campo de una profunda neutralidad capitalista reprimida (o forcluida) que retorna como una incuestionable positividad real en forma de objetos y leyes objetivas (el funcionamiento de la gran máquina productiva, sin relaciones y sin modos de ser). O, como reprocha Benjamin al marxismo: “algo similar (a lo que ocurre con Nietzsche) ocurre con Marx; el capitalismo se convertirá, con intereses simples y compuestos, cuya función es la deuda (schuld), en socialismo”. Sin corte, sin milagro, sin trascendencia, sin redención, sin teología, sin sujeto, mero incremento científico-técnico de lo humano, sin haber tocado el motor capitalista inherente de la deuda, el capitalismo se convertirá en socialismo, en socialismo científico (y real).