25/9/17

UN MISTERIO LLAMADO CLARICE LISPECTOR
por Tom C. Avendaño
(EL PAÍS / 22-9-2017)

A los 40 años de su muerte, la autora de 'Cerca del corazón salvaje' reina en la historia de la literatura brasileña tanto como en las redes sociales. Una biografía retrata su enigmática figura.


La biblioteca Clarice Lispector de São Paulo es un edificio público de hormigón situado en Lapa, un barrio de clase media relativamente cerca del centro de la ciudad. Tiene puertas amarillas y azules por fuera; por dentro, principalmente personas mayores sentadas en media docena de mesas redondas. Casi todo el mundo sabe que la tal Lispector que da nombre al edificio era alguien importante, aunque no todos acaban de ubicarla como la escritora brasileña más traducida y aclamada en décadas. Y nadie responde con la disposición de Lycia, una adolescente de 14 años y enormes gafas de pasta que estaba repasando las estanterías de metal que hay en las paredes. “Creo que la conozco”, dice. Y, tras una búsqueda en Google, muestra el móvil como un trofeo: en la pantalla, varias fotos en blanco y negro de una mujer bella y congelada en un gesto distante, como de estrella del cine de los cuarenta. En cada versión de la foto hay una frase diferente: “El verano está instalado en mi corazón”. “Todo silencio tiene un nombre”. “Mi problema es que nunca fui de gustar más o menos; o gusto mucho o no gusto”. Todas las frases se atribuyen a Lispector, la mujer de la foto, pero pocas lo son. Lycia remata: “Libros suyos aun no he leído, pero creo que me gusta”.


Cuarenta años después de su muerte, Clarice Lispector goza de una tremenda fama en las redes convertida en un icono de la autoayuda adolescente. Para sus lectores más serios, los que defienden que arrancar sus frases del delicado contexto al que pertenecen equivale a quitarles el alma, es solo una anécdota ignominiosa. Para algunos jóvenes es lo que Lispector siempre ha sido. Pero también es un síntoma del complicado legado que la propia escritora, que nunca mostró el menor interés en la vida pública, ha dejado en su país. “Clarice goza hoy de más culto a su imagen que a su obra”, matiza Yudith Rosenbaum, profesora de letras clásicas en la Universidad de São Paulo y autora de dos libros sobre la escritora. “Por no conceder entrevistas, por haberse aislado y haber rodeado su vida de misterio, por preferir el silencio a las charlas, se ha creado un aura de inaccesibilidad de cara a una legión de fans idólatras”. Lispector se ha convertido a lo largo de las décadas en un fenómeno muy difícil de ignorar, pero eso solo ha ido empeorando el problema de la huella que dejó en la literatura brasileña alguien tan difícil de clasificar.


Resulta complicado hablar de Lispector incluso como autora brasileña, porque sus escritos parecen pasar por encima de la realidad terrenal. Una vez en 1969 dedicó unas de las crónicas que escribía en el periódico Jornal do Brasil al tema de la violencia policial (porque unos agentes habían disparado 13 veces sobre un famoso bandido). Su última novela, La hora de la estrella, habla de una chica que, al igual que ella hacía años, viaja del noreste a Río de Janeiro. Y ya. En casi 40 años de producción no hay más referencias explícitas al lugar ni la época que la rodeaban. Solo hay, defiende Rosenbaum, una referencia implícita en algunos textos. “Brasil aún es un país en el que la empleada doméstica ocupa un lugar importante en las familias de clase media y alta. Es un resquicio de nuestra triste herencia colonial”. Y hay varias crónicas de Clarice, publicadas en el Jornal do Brasil entre 1967 y 1973, que hablan de la experiencia de la escritora con sus empleadas: “Los momentos de semejanza y de diferenciación entre ellas revelan unos conflictos de clase que la sociedad brasileña había mantenido ocultos”. La académica recuerda que en la novela La pasión según GH el enredo central ocurre en la habitación de la empleada.


Casi tan inútil como intentar etiquetarla por el contenido de sus textos es estudiar su forma. Su estilo, entre la poesía y la prosa, de pintar de espiritualidad los detalles cotidianos y usar la primera persona en relatos en los que ella no es un personaje la distancia más que acercarla a sus coetáneos: no se parece a nadie y su visión no recuerda a ningún movimiento. “Ya desde el principio se diferenció del neorregionalismo de los años treinta que dominaba el panorama brasileño del que surgió. Era más cercana a la novela introspectiva e intimista, heredera de la prosa de la ficción católica francesa, pero aun así no se aproxima a ninguna de esas dos vertientes”, sopesa Rosenbaum. Benjamin Moser, autor de la biografía Por qué este mundo, que se publica ahora en España y que en 2009 galvanizó la fama internacional de la autora, se resiste también a la clasificación: “Leer a Clarice es una experiencia muy personal. Hablar de ella en clave nacional o académica es una idea pésima, es permitir que una camarilla sin imaginación entierre a una artista en una tumba polvorienta”, sostiene. “Clarice se describe mejor como una amante con la que uno tiene momentos de luz, de amor, de sexo y de muerte. Esto le sonará exagerado a quienes no la hayan leído, pero a los que sí, les parecerá obvio y hasta un poco limitado”.


Lispector murió en 1977. Su influencia en los futuros escritores del país resultó ser más problemática de lo esperado. Muchos intentaron ocupar su hueco y durante años han proliferado imitaciones de su estilo: algunas excesivamente místicas, otras simplemente impenetrables. Otros escritores huyeron de su temible sombra. Caio Fernando Abreu, un autor de los años setenta y ochenta que hoy también está de revival 20 años después de su muerte, se negó a leer su obra para no contaminarse. No fue el único. “Un joven escritor de São Paulo me dijo que, tras Clarice, muchos brasileños sintieron que no tenían nada que decir”, recuerda Moser.


A la vez, la visión universal de Lispector ayudó a que su obra medrase en el extranjero. En 1954 se publicó en Francia la primera traducción de una novela suya. En Nueva York la primera se lanzó en 1964: para los años ochenta los títulos en inglés se habían multiplicado. La editorial alemana Schöffling & Co. compró los derechos en alemán y Siruela hizo lo propio en español. “Ella siempre fue una figura de culto, pero solo entre los expertos, como un secreto bien guardado. Fueron las traducciones y el interés que empezó a generar fuera lo que la convirtió en un fenómeno brasileño”, opina el editor y escritor Pedro Corrêa do Lago. El prestigio de otros países completó la ecuación. Entre que su estilo era tan peculiar que se limitaba a su obra; entre que apenas había cultivado su faceta pública y que era un nombre más avalado por el extranjero que por el propio país, Clarice Lispector pasó a ser una figura de culto. Unas décadas más en ese camino y estaría protagonizando memes para la próxima generación.


Al menos por ahora, mientras su presencia siga relativamente cercana en el tiempo. Su valor para el país está claro: “Es, junto con Guimarães Rosa, la gran escritora de la segunda mitad de nuestro siglo XX”, sentencia Corrêa do Lago. Quizá sea cuestión de que, con el tiempo, se le acabe encontrando un hueco que no dependa de si representaba o no la mentalidad brasileña. “Y Shakespeare ¿representa la mentalidad inglesa? O Cervantes, ¿la española? Al principio desde luego que no: eran simples escritores, y el Quijote se pudo haber escrito en Francia tanto como Hamlet se pudo haber escrito en Italia”, protesta Moser. “Pero los grandes artistas saben proyectar, de una manera muy extraña, una visión muy excéntrica y personal sobre los hablantes de todo un idioma, y también saben hacerles creer que esa visión es la suya. Así, es imposible imaginar el español sin Cervantes, el inglés sin Shakespeare y el portugués sin Clarice”.



‘Por qué este mundo. Una biografía de Clarice Lispector’. Benjamin Moser. Traducción de Cristina Sánchez-Andrade. Siruela, 2017. 492 páginas. 

ANNA RHOGIO

UNA PEQUE PENSADORA



Peque tiene diez años, es inquieta como una ardilla, inteligentísima y la atraen, como la luz de un farol a una mariposa nocturna, los misterios del universo.


Las ideas giran a  mil por hora en su cabeza y vive dialogando consigo misma, haciéndose preguntas continuamente: ¿y por qué esto? ¿y por qué  lo otro? ¿y aquello?


Entonces,  ahora la sorprendemos hablando consigo misma mientras se hamaca en la placita  y mira el cielo añil y el camino verde de las hormigas que llevan hojitas en la espalda:


-Pobrecitas, dele y dele trabajar. Che, Peque, ¿podrías decirme por qué la maestra nos enseñó palabras tan impertinentes como aumentativo y diminutivo, si hay otras más simpáticas  que  los  peques recordaríamos  con facilidad? Yo reformaría el diccionario y las cambiaría por agrandativo y achicativvo. ¿No te parece genial?


-Me parece. 


Y se siente feliz  porque  siempre tiene  razón y nadie  le lleva  la  contra.              


-¿No es  aburridor que las personas respondan una  pregunta con:  en realidad...


-¡Aburridísimo!


-Por ejemplo ayer, le pregunté al almacenero de la esquina: Don José, ¿tiene esos deliciosos caramelos de miel? Ando con tos.


Me contestó:


-En realidad  tuve, pero se terminaron ayer. Los días otoñales llegaron muy  fríos, neblinosos, todo el mundo anda resfriado y  tosiendo. Espero que además no te duela la garganta.


-No me duele. Muchas gracias. Deme  unos  de menta.


-¿Ya  juntaste esas  hermosas crujientes y doradas, para el collage del Señor Otoño? -me preguntó mientras llenaba una bolsita con los caramelos.


-No, don José, esos trabajos son para la clase jardinera y la de primer año. ¡Y YO ESTOY EN QUINTOOO!- me fui media entrompada y olvidé  los caramelos en el mostrador.


-¡Qué macana! ¡Necesitábamos comer unos cuantos!


La hamaca la trajo a la  realidad cantando su chirí-chiró-chirirí-chiriró, y los ruidos de su panza  le avisaron: ¡hora de almorzar!


-Vámonos, Peque. Tengo un hambre...


-En realidad, yo tengo dos.


-¡Que no se te contagie la estupidez humana, por favor!


-En realidad, a veces sucede de tanto escucharla, igual que cuando se te pega una musiquita. Dale, vamos.


Por ahí se enteró de que esas frases hechas se llaman  "muletillas" y  se repiten por vicio  o para darle tiempo de pensar al que  le falla la sesera cuando habla. Una graciosa idea le iluminó el corazón: mirá si las palabras rengas o chuecas  tuvieran que caminar con  "muletillas", ¿dónde las comprarían? ¿En la farmacia?


-Hay que ser buena lectora para que nunca te  falten excelentes palabras e inteligentes pensamientos, así jamás  pronunciarás barbaridades. 


-¿Te fijaste que hasta los conductores de programas, periodistas, entrevistados, etc.  dicen  "en realidad" con tanta frecuencia y  frescura  que me dan escalofríos?


-Me fijé y si pudieran oírme les gritaría: ¡CHEEE! ¡AMPLIÁ TU VOCABULARIO QUE ESTÁS EN TELEVISIÓN!


-¿Mamá habrá hecho milanesas con papas fritas como prometió?


-¡Ojalá, Peque! Y si no, le retiraré el saludo por varios días. ¿Sabés  lo que  sería soñar con milanesas y que  al llegar a casa sólo hubiera guiso de arroz?


-Sí, sé. Pero ese guiso es riquísimo. Muchos hambrientos del mundo quisieran un plato.


-Sip.


-¡Llegué, ma! -gritó Peque cerrando la puerta con un golpe y saboreándolas de antemano,  al oler el apetitoso aroma a frituras. -¿Hay  milanesas?


-Hay.


En la cocina-comedor, la tele estaba encendida y una bella  muchacha caribeña, cantante ella, respondía  las preguntas de la locutora:


-En realidad...


Cambió de canal y en la telenovela, un apuesto galán, porteño de mi flor, le declaraba su amor a la damita:


-¡Creeme, mi clavel del aire! ¡En realidad te amo!


Volvió a cambiar.


Y allá lejos, cruzando el Atlántico, en un juego de preguntas y respuestas, adornado con castañuelas, alguien también respondía para ganar euros:


-En realidad...


Más al norte, en su amado Londres, ¡LA REINA LO DECÍA EN UN DISCURSO!


Peque no escuchó nada más, se le nublaron los ojos y vio todo  rojo.


Apagó el televisor.


-Dame, ma, que estoy hambrienta.


-No llegaste a las doce en punto como te pedí, nena. En realidad tendría que...


Ignoró el resto de la frase y se quedó embobada mirando el humeante manjar en el plato, tapándose  las orejas, intentando prestar atención a su voz interior:


-¿Viste qué  suerte? ¡Al final,  sí, había  milanesas!


-Había.


-¡Comé de  una vez que  me  muero de hambre y olvidate del "en realidad"!



-¿Cómo olvidarlo si hasta mamá lo dice? ¿Cómo, si también lo dicen en inglés? ¡Y lo dirán en italiano, francés y chino! ¿Cómo olvidarlo si es una epidemia  mundial?
MARCOS DURAÑONA

LÍRICA PARA PERDEDORES

(primera edición WEB elMontevideano Laboratorio de Artes / 1017)


PRIMERA ENTREGA



POESÍA ACORRALADA


La publicación de este poemario iniciático de Marcos Durañona (Uruguay, 1992) marca la irrupción de un joven en tránsito hacia la adultez lírica y vital, a partir de un talento salvaje que empezó a ser desembuchado desde que lo acorralaron no sólo los primeros llantos sino las precoces pérdidas (golpes como del odio de Dios, dramatizó blasfematoriamente Vallejo) que nos interpelan tarde o temprano como tsunamis shakespeareanos destinados a que nos responsabilicemos de elegir el to be o la deserción sin remedio de la batalla básica.

En el último texto de este libro, titulado Libertador, el poeta resume con menos angustia que atrevimiento, su última decisión:


La espera de la raíz es de oro / pero se llega por el camino del horror / y entre el silencio que nace tras las montañas. // A vísperas de doblarte las rodillas por Él.

Y si el lector no se distrae, captará que se ha cumplido con el salto de garrocha prometido en Cigarra de once años, el poema inaugural de Lírica para perdedores:

Once años atascados en mis cejas. Dando gritos a la nada. // Lento el tiempo pero miento al viento que no pasa nada. / Cuando sudo para escarbar en mis amplias fantasías te veo vivo pero lejos y de arriba / como si yo fuera el muerto que habla. / Pero vi tu cara en una cara persiguiéndome en la calle. / No le pidas que se calle al torbellino de alegría.

Y tampoco puede asombrar que los 53 puzzles reunidos en el libro consigan un parejísimo rendimiento poético (y respondan, sin la menor duda, a una voz incanjeable) aunque los recursos utilizados para obtener el clic sean tan diferentes en cada uno de los items y denuncien que acá se utilizaron tallereos emperradamente desesperados (que por momentos se emparentan con el tambaleo hiperlúcido y al mismo tiempo semiciego de las borracheras bukowskianas) para que una torpe banda de apuntes emergidos de infelices arcadas de desahogo se transformaran en golpes energizados para noquear a la caoticidad del mundo.

Cerveza, por ejemplo, que fue garabateado realampagueantemente mientras el poeta tocaba el timbre del cuartelito artiguista donde transcurren los talleres de elMontevideano Laboratorio de Artes, pauta la vertiginosidad que irradian las tempestuosidades psíquicas de Durañona:


Gato negro y gato blanco en la calle Lepanto. / Hoy voy a embestir la noche con las coronas de mis manos. / No voy a usar palabras que no uso ni mirar una luna que no es mía. / Hoy voy a bailar con la estrella que me quede más cerca / y rezar para ser usado en lo que quiero ser usado / para no ser tirado en la volqueta de la calle Lepanto.


Lo que demuestra que este novísimo plumífero no se conforma con menos del rompimiento de la piñata cósmica que nos ayuda a glorificar la cruz y por lo tanto está, literalmente, en el horno.


Porque lo suyo no es lucirse en las rondas de pajetas (Juan Pablo Pedemonte dixit) sino agonizar lorquianamente para tratar de repartir el pan de la vita nova.


Hugo Giovanetti Viola


Cuartel artiguista de la calle Lepanto / 2017.



I


Cigarra de once años


Once años atascados en mis cejas. Dando gritos a la nada.

Lento el tiempo pero miento al viento que no pasa nada.
Cuando sudo para escarbar en mis amplias fantasías te veo vivo pero lejos y de arriba
como si yo fuera el muerto que habla.
Pero vi tu cara en una cara persiguiéndome en la calle.
No le pidas que se calle al torbellino de alegría.



II



Manto de estrellas


Girando como rombo
ordené el silencio en el espacio plateado.
Puse y pongo la eternidad sobre cada antorcha
piedra sobre piedra ignorando su polvo
bajo este manto de estrellas
te dormiste.



III



Tres cruces en la nuca



Turbia la noche vendida a mis hermanos.
Locos los hombres que dan vuelta de un golpe la luna en tu linda cara.
Vendaval enigmático. Solo has traído triunfo eterno sobre nuestros muertos.



IV



Cerveza


Gato negro y gato blanco en la calle Lepanto. 
Hoy voy a embestir la noche con las coronas de mis manos. 
No voy a usar palabras que no uso ni mirar una luna que no es mía.
Hoy voy a bailar con la estrella que me quede más cerca
y rezar para ser usado en lo que quiero ser usado
para no ser tirado en la volqueta de la calle Lepanto.



V



Dos alces



En lo profundo del nudo se encuentran dos alces desnudos.
Uno encima del otro. Cerca del rio y los árboles.
Las tupidas lupas de las enramadas

se abrieron para que nos alcen las estrellas.

Quieren que entremos al nudo con ellas. Pero siempre desnudos.




VI


A Montevideo



Me he enterado que has vuelto
a esta ciudad de piedra dorada. Fortaleza
o callejón de matorral donde matamos indios.
Me he enterado que has vuelto
al jardín secreto y a la plaza con el sol apenas quemándote los hombros.
Me he enterado que has vuelto.
A la patria del salitre y a la madre de las ratas.




VII



El plenilunio



La uva del sol que hace sombra a las tres sillas agrietadas.
En el mismo lugar de la botella enterrada
sin mensaje ni barquito.
Pero entonces la luna cae del cielo
y en cinco horas eternas es tuya y te cambia el alma.
El plenilunio te ama y no importa lo que hagas.




VIII



Decir que no



Veo la cara desde mi hermano traicionado.
El mundo no sería mi verdugo
con los pilares de la tierra en pie.

Pero nace de mí una pena con el nombre de hermano.
Uno no nacido y con tres cabezas al cielo más que vos.
Pero te enseñó el nunca.



IX



El rayo


Para salir del abatimiento se debe ser conductor del rayo.
En el momento que golpea se declara y se hace consciente la postración.
Pero si el momento pasa y no fuiste capaz de pararte y seguir cumpliendo
el as del rayo se guarda automáticamente bajo la manga.
Y el mundo se detiene a la espera de tu elección.



X



Bajo el salitre



Frente a mi sombra de luna el viento golpea como un colibrí.
El dulce dolor surge en mis entrañas pero la culpa fría lo aplana.
Despojado ya de herrumbre donde me fumo la vida escupiendo pulmón
voy a renacer bajo el salitre de mi propia casa. Donde no soy blanco fácil para dioses.
Me quito la camisa de fuerza que una vez fue chaleco antibala.
Perdí mi alma muy adentro mío.
El sol no brilla y el viento no sopla cuando me escondo del amor.

Pero el salitre llega y como humo me filtro por las chicas rejas de la libertad.