17/12/18


JUDITH BUTLER
“MATAR ES LA CULMINACIÓN DE LA DESIGUALDAD SOCIAL”
por Marién Kadner

(Guadalajara / 27-11-2018)


La filósofa estadounidense, que prepara una nueva obra sobre la ética de la no violencia, critica el auge de los "fascismos" en el mundo


Judith Butler (Cleveland, 1956) no es solo una de las filósofas más influyentes en los estudios de género, sino también, quizás a su pesar, una activista. Es profundamente académica en su discurso, pero no necesita pancartas para hacer llegar su mensaje, porque mide cada palabra que pronuncia y así logra incendiar los corazones. "Aceptamos que todos aquellos que son privados de la vida a través de la violencia sufren una injusticia radical", explica sobre su nueva teoría en ciernes sobre la no violencia. "¿Es posible que algunas vidas sean consideradas merecedoras de luto y otras no?", continúa. Cobra especial relevancia su reflexión en un país como México, donde casos como el de Ayotzinapa, las decenas de miles de desapariciones forzadas o las fosas comunes clandestinas, se revelan como terroríficas pruebas de su análisis, donde ni las víctimas ni sus allegados pueden aún estar en paz. "Matar es la culminación de la desigualdad social", sentencia con frialdad en Guadalajara (México), en una conferencia inscrita en la Feria Internacional del Libro.


Butler ha sido recibida este martes como una estrella del rock en el paraninfo de la Universidad de Guadalajara, pintado en 1936 por el muralista mexicano José Clemente Orozco. La feminista estadounidense irrumpe, menuda, entre aplausos y vítores. Su público, en su mayoría mujeres jóvenes, está expectante. Los más desafortunados aún hacen fila, en vano. "Muchas gracias", arranca en un español con un marcado acento estadounidense. Tras escribir una de las obras fundadoras de la teoría queerEl género en disputa (Paidós, 1990), que defiende que ni el género ni el sexo ni las orientaciones sexuales son naturales, sino una construcción social, ahora prepara un libro sobre la no violencia que verá la luz el año que viene.


La conferencia de este martes es un adelanto de esa teoría. "La no violencia debe ser una posición activa y apasionadamente perseguida", explica la doctora por la Universidad de Yale y hoy profesora en Berkeley. Su análisis parte de la idea de que las sociedades están divididas en dos grupos de personas: aquellos cuyas vidas han de ser salvaguardadas y aquellos que son dispensables y esto depende de su raza, su género y su posición económica. "Las mujeres son asesinadas no por lo que hacen, sino por lo que son", pone negro sobre blanco, "[...] por el hecho de ser femeninas y esto incluye a las mujeres trans. Como las mujeres son consideradas pertenecientes al hombre", prosigue Butler, "su vida y su muerte son mantenidas por el hombre".


Orgullosa del movimiento Ni una menos, que ha logrado expandirse por América Latina, la profesora resalta la importancia de haber conseguido transformar la categoría de mujeres en la de colectivo. "En EE UU solo acumulamos historias individuales porque estamos entregados al individualismo", critica. Inserta en la filosofía postestructuralista, insiste en la importancia de la utilización del lenguaje, que estructura nuestro mundo: "Ni una menos quiere decir que seguirán viviendo y que no van a perder a ninguna otra de ellas".


Butler, de origen judío, cree que todo lo malo empieza con un muro como defensa entre identidades y critica con dureza la visión del "régimen de Trump" de que la caravana migrante solo llevará muerte a su "pacífico" país, señala con ironía. Este miedo es para ella una fantasmagoría, una mera ilusión. "Debemos estar alerta ante aquellos que ven amenazas fantasmagóricas en identidades distintas, que detienen o directamente dejan matar al migrante", advierte la pensadora. "Nuevas formas de fascismo están apareciendo en Brasil y en Estados Unidos, pero también en Hungría. Y amenazan con lograr mayor poder en Alemania. Todas ellas reaniman el concepto de nación, en nombre de la pureza étnica y un pernicioso rechazo a reconocer la igualdad de los seres humanos". El aviso está enviado.


CONCEIÇÂO EVARISTO

MUJERES Y NEGRAS: ¡FUERA DE LA ACADEMIA!

por Soledad Domínguez

(Revista Ñ)

Candidata a ocupar un lugar en la Academia Brasileña de Letras donde de 40 miembros, cinco son mujeres y un hombre es negro.

Este año el nombre de Conceição Evaristo resonó muy fuerte: hubo dos campañas espontáneas de movimientos negros y feministas que reunieron 40.000 firmas en las redes para que fuera ella quien ocupara una vacante en la Academia Brasileña de Letras tras la muerte del cineasta Nelson Pereira dos Santos. En esa institución, que tiene por objetivo conservar la literatura brasileña, de 40 miembros, 5 son mujeres y 1 hombre es negro. Su postulación recibió solo 1 voto.

Esta escritora negra brasileña ganó, a sus 68 años, el máximo galardón de la literatura de ese país, el Premio Jabuti 2015, por su libro de cuentos Olhos D´Água. Cada uno retrata la condición humana más vulnerable de la sociedad brasileña como la violencia urbana, pobreza y favelas. “Cuando creo una ficción, lo hago desde una realidad que conozco”, dice. Nació y creció en una favela de Belo Horizonte y trabajó como empleada doméstica hasta que se mudó a Río de Janeiro en los 70 donde se hizo eco de la moda black power y obtuvo el doctorado en Literatura Comparada a los 60 años. Escribió seis libros y entre ellos, la novela Becos da memoria, que muestra los sentimientos de quienes enfrentan cotidianamente el prejuicio, el hambre y la miseria. La obra esperó 20 años hasta ser publicada. Ahora, Conceicão trabaja en el altillo de su casa, frente al mar de Maricá, Río de Janeiro, en su próximo libro Cancão para ninar menino grande. Es una historia de amor entre un hombre y una mujer y, a pesar del machismo de él, muestra la fragilidad y debilidad de todo ser humano frente al amor. Lleva aros grandes y coloridos como su ropa. Su cabello crespo y canoso y el lunar entre sus ojos le da un marco a su rostro.

¿Por qué no hay presencias negras en la Academia Brasileña de Letras?

La sociedad brasileña, así como sus instituciones de poder y saber, es racista. En este sentido, esta Academia, como institución brasileña, no es diferente. Difícilmente se vean negros en cargos ejecutivos. En los espacios académicos, ¿quiénes son los rectores? En el Poder Judicial, por ejemplo, Joaquim Barbosa (negro) fue una excepción como ministro del Supremo Tribunal Federal. Mi candidatura para la Academia Brasileña de Letras puede haber representado una suerte de herida a esa representatividad negada a los negros, así como a los indios o a las mujeres. Y pensar que fue fundada en 1897 por Machado de Assis, nieto de esclavos y escritor negro y la primera mujer, Rachel de Queiroz, entró en 1977.

¿En quiénes se inspiró para retratar a las mujeres del libro de cuentos Olhos D´Água?

Mis textos críticos, novelas e investigaciones están marcadas por mi subjetividad de mujer negra y brasileña; eso implica colocarse en lugares sociales subalternos. En el cuento “María”, la protagonista es una empleada doméstica, inspirada en las mujeres que me antecedieron y las que me rodean: vecinas, sobrinas y tías. Esa historia y la de “Ana Davenga”, una mujer que se mudó a una favela por un gran amor, las construí a partir de un diálogo de dos mujeres empleadas en casas de familias que escuché viajando en un ómnibus. Mi proyecto literario es contar sus angustias y dramas existenciales.

¿Cómo aparecen los personajes negros en la literatura brasileña?

En las obras clásicas somos estereotipados. Por ejemplo, en Gabriela Cravo e Canela, Jorge Amado describe a la mujer negra por su cuerpo y sexualidad. En São Bernardo, escrita por Graciliano Ramos en los años 30, existe un personaje que por su descripción parece un esclavo, tiene un comportamiento de un “negro fiel”. Se llama Casimiro y es un “perro guardián”, “manso”, que se transforma en un animal si atacan al pequeño niño, frágil, hijo de Paulo Honório a quien responde y obedece.

¿Cuándo tuvo estas observaciones críticas en los clásicos de la literatura brasileña?

Al principio, no me daba cuenta porque mi formación literaria viene de autores blancos, de espacios sociales privilegiados. En los años 70, que fue un momento histórico en que surgieron líderes negras como Lélia González; el movimiento negro americano y las luchas de independencia de colonias portuguesas comienzo a leer las obras más críticamente, influenciada por esos movimientos. En los años 80 ya hacíamos activismo negro y le poníamos nombres africanos a nuestros hijos. Mi hija tiene 37 años y se llama Ainhá que en lengua nagô de Nigeria significa “fuego”.

¿Con qué corriente literaria se identifica en nuestro continente?

Me identifico con el movimiento negro de Estados Unidos. Por la activista e integrante del grupo Panteras Negras, Angela Davis. Y en literatura, por Alice Walker, autora de El color púrpura y Nadine Gordimer, la sudafricana ganadora del Premio Nobel de Literatura, comprometida contra el apartheid.

¿Va a volver a presentar su candidatura a la Academia?

Por ahora, mantengo silencio. Rescato el silencio como en la capoeira: cuando el cuerpo se tira para atrás, no está saliendo de la lucha, sino preparando su contra-golpe.


NONA FERNÁNDEZ
EL TERROR Y LA PARADOJA
(El País / 24-11-2018)

Ser escritor y no ser revolucionario, debiera ser también una contradicción hasta biológica. Vivimos tiempos oscuros, ya lo sabe Europa

De niña, en el Chile de los setenta y los ochenta, padecí tres grandes terrores nocturnos. El primero era el ruido de los helicópteros que sobrevolaban mi barrio. Los milicos se paseaban para ir a allanar la villa que estaba cerca de mi casa. Nunca vi lo que ocurría, pero mi imaginación infantil se desataba entre las sábanas de mi cama recreando persecuciones y detenciones, con golpes, gritos y balaceras. Desgraciadamente mi imaginación no estaba tan errada.

El segundo terror que padecí fue el de los apagones. Una vez cada tanto explotaba una torre de alta tensión en algún lugar de la ciudad y todo quedaba a oscuras. En ese escenario encendíamos un par de velas y pasábamos la noche así, con el peso de la oscuridad sobre la espalda, escuchando una radio a baterías que intentaba rastrear las noticias del apagón.

El tercer terror, y el que más me interesa revelar, es ese miedo atávico que siempre tuve a las monjas. Estudié en un colegio religioso. Había una de ellas en cada rincón. Eran amables, estaban lejos de ser la caricatura de la rigidez y lo estricto, pero sus hábitos oscuros y sus tocas me ponían muy nerviosa. Sus cabezas cubiertas levantaban mis sospechas, me hacían imaginar que escondían algo. Quizá una calvicie o una gran cicatriz o un tercer ojo en la nuca o algún otro rasgo inquietante y peligroso.

Cuando hace un año me anunciaron al teléfono que mi novela La Dimensión Desconocida me hacía ganadora del Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2017, un carrusel de instantáneas insospechadas apareció en mi cabeza. Entre ellas resucitó una escena en la biblioteca de mi colegio, en la que alguna de aquellas monjas, Sor Dora, para ser justa, me habló de una antigua hermana mexicana que escribía poemas. Debo haber tenido ocho años cuando leí con ella uno de esos poemas. Mentiría si dijera que recuerdo cuál, pero debe haber sido la lectura de mis primeros versos. Y en la felicidad del anuncio, pensé que quizá ahí había partido todo para mí, en esa escena inaugural, en la inoculación de esos versos, y que finalmente todo era una paradoja porque mis terrores de niña estaban secretamente emparentados a este reconocimiento a mi escritura. Qué enigma escondían aquellas monjas de mi infancia bajo sus velos, nunca lo supe. Pero debajo del velo de Sor Juana se escondía un poema. Mis sospechas no estaban erradas. Sin duda había que temerles. Qué más inquietante y peligroso puede haber que un poema.

Siempre imaginé a Sor Juana encerrada en la tranquilidad de su claustro, con un espacio sagrado para escribir y leer. En ese paraíso su genialidad no podía más que robustecerse como lo hizo. Cuánto hemos fantaseado las mujeres con la idea de un espacio permanente y profesional para la escritura, una celda silenciosa donde ejercer a tiempo completo el oficio, sin el agobio del “Ángel de la casa”, como lo llamaba Virginia Wolf, ese agobio de lo doméstico, también de lo familiar, lo profesional, lo económico, incluso de lo estético. Un paraíso de escritura sin costos ni culpas. Pero también imagino el infierno del encierro en el claustro, la incomodidad del disfraz de la monja, la molestia de ese velo sobre la cabeza. Y entonces vuelve el terror de mi infancia. Y vuelve la paradoja. Porque la gozosa escritura fue, y sigue siendo para las mujeres, una zona incómoda. Aún escribimos reclamando visibilidad, exigiendo que no se nos catalogue, que no se nos rotule, que no se nos deje fuera de las grandes discusiones, de los grandes anaqueles. Aún nos castigamos con el cilicio por todas las ausencias domésticas y familiares que cometemos cuando escribimos. Y pagamos los costos de tirarnos al vacío en este ejercicio tan peligroso como ese poema que escondía Sor Juana bajo su velo. Por eso un premio como este, que lleva su nombre, y que enfoca la escritura hecha por mujeres, ha tenido y sigue teniendo tanta relevancia. En él se premia el terror y la paradoja. Porque a eso se resume la escritura. De qué se trata finalmente si no es de meter la pluma en los miedos antiguos, presentes y futuros, pagar el precio que la vida nos cobra por hacerlo y correrles el velo, mirarlos a la cara, intentar descubrir el enigma, la cicatriz, el tercer ojo. Hacerle frente a la oscuridad del apagón y escribir, aunque nos cueste.

Nací el año 1971. Crecí en ese tiempo oscuro y extraño que fue la dictadura chilena, y salí al mundo entre marchas, helicópteros y funerales. Soy parte de una generación medio perdida, que no fue protagonista de nada, pero que observó con ojos adolescentes e intentó movilizarse. Creo que estamos un poco condenados al recuerdo. Quizá por eso, sin plan, como un acto orgánico, cada libro que he escrito lo he hecho resucitando historias que viví, que escuché, que se cruzaron en mi camino. Hago el intento de darles un espacio en el ahora porque creo firmemente en la posta de la memoria. Me interesa construir una memoria colectiva. No oficial, no anquilosada en museos. No la de los buenos y los malos. No la que tranquiliza y apacigua. Creo en la memoria viva, esa que asalta, que golpea, que se sale de libreto y nos ilumina para entender que el pasado no existe, que es tan sólo una inquietante dimensión del presente.

El 2 de diciembre de 1972, hace casi cuarenta y seis años, el presidente chileno Salvador Allende, en la Universidad de Guadalajara, tan cerca del lugar donde fui premiada, dio uno de los discursos más sólidos de su interrumpida carrera. En él se dirigió a los jóvenes estudiantes, y lanzó aquella frase tremenda, y a estas alturas tan manoseada, de que ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica. Habló, entre otras cosas, de los privilegios del estudiante universitario, de su responsabilidad histórica, de su necesario compromiso con su época. Y yo, que ando convocando muertos y escenas pasadas en mi escritura, cité en el auditorio de la Feria del Libro esas palabras, porque tuve la fantasía de que alguno de esos jóvenes estudiantes estuviera ahí esa noche. Y estaban. Varias manos se levantaron. Esos jóvenes envejecidos recordaron conmigo el discurso y me ayudaron a lanzarlo al presente. Jugué a ser Allende desde ese podio de premiación, e invité a los jóvenes escritores y escritoras a escribir bien. Muy, pero muy, bien. Pero a hacerlo con responsabilidad histórica. Abriendo la ventana a esta época delirante que es nuestro presente. Tenemos el privilegio del manejo de la pluma, hagamos con él algo que dinamite, que nos explote en la cara y nos haga reaccionar. Ser escritor y no ser revolucionario, debiera ser también una contradicción hasta biológica. Vivimos tiempos oscuros, ya lo sabe Europa. Ya lo sabe América Latina. Y cómo lo sabe Chile. Los nuevos fascismos avanzan y otra vez se escuchan los temidos helicópteros sobre el techo de nuestras casas. Otra vez los gritos, las balaceras y el apagón. El pasado no existe, lo repito, es tan sólo una inquietante dimensión del presente. Entonces cómo no meter la pluma en ese terror antiguo y nuevo. Es un deber dinamitar con un poema, como los que escondía sor Juana bajo su velo, esa extrañeza y esa oscuridad que nos cubre como en un déjà vu.


Nona Fernández, escritora chilena, ganó en 2017 el premio Sor Juana Inés de la Cruz de la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara por la novela La dimensión desconocida.


CLARICE LISPECTOR

SOBRE LAS DULZURAS DE DIOS


Ustedes ya se olvidaron de mi empleada Aninha, mi minera callada, la que quería leer un libro aunque fuese complicado porque no le gustaban las cosas fáciles. Y probablemente ya se olvidaron de que, sin saber por qué, yo la llamaba Aparecida, y que ella me había explicado: "Es porque yo aparecí". Lo que no les dije tal vez fue que, para que ella existiera como persona, dependía mucho de que la quisieran.


Ustedes la olvidaron. Yo nunca la olvidaré. Ni a su voz apagada, ni los dientes que le faltaban adelante y que por nuestra insistencia se colocó, en vano; no se veían porque ella hablaba para adentro y su sonrisa era también para adentro. Olvidé decir que Aninha era muy fea.


Una mañana se demoró mucho en la calle haciendo compras. Al final apareció y tenía una sonrisa tan suave como si sólo tuviera encías. El dinero que había llevado para las compras estaba todo arrugado en su mano derecha, y del puño de la izquierda le colgaba la bolsa de las compras.


Había algo nuevo en ella. Qué, no se adivinaba. Tal vez una dulzura mayor. Y estaba un poco más "aparecida", como si hubiese dado un paso adelante. Ese algo nuevo hizo que le preguntáramos con desconfianza: ¿y las compras? Respondió: yo no tenía dinero. Sorprendidas, le mostramos el dinero en su mano. Miró y dijo simplemente: ah. Algo en ella hizo que miráramos dentro de la bolsa de compras. Estaba llena de tapitas de botellas de leche y de otras, además de pedazos de papeles sucios.


Entonces ella dijo: voy a acostarme porque estoy con mucho dolor aquí -y señaló como una criatura a su cabeza. No se quejó, sólo habló. Allí se quedó en la cama, por horas. No hablaba. Ella que me había dicho que no le gustaba el libro "pueril", estaba con una expresión pueril y límpida. Si hablábamos con ella, respondía que no lograba levantarse.
Cuando me di cuenta, Jandira, la cocinera vidente, había llamado a la ambulancia del Rocha Maia "porque ella está loca". Fui a ver. Estaba callada, loca. Y dulzura mayor nunca vi.


Le expliqué a la cocinera que la ambulancia que había que llamar era la de Emergencias Psiquiátricas del Instituto Pinel. Un poco mareada, un poco automáticamente, telefoneé allí. También yo sentía una dulzura en mí, que no sé explicar. Sé, sí. Era por tanto amor a Aninha.


Mientras tanto llegaba la ambulancia del Rocha Maia. Fue examinada, ya sentada en la cama. El médico dijo que clínicamente no tenía nada. Y empezó a hacer preguntas: ¿para qué había juntado las tapitas y el papel? Respondió suave: para decorar mi cuarto. Hizo otras preguntas. Aninha con paciencia, fea, loca y mansa, daba las respuestas correctas, como aprendidas. Le expliqué al médico que ya había llamado a otra ambulancia, la apropiada. Él dijo: es realmente un caso para un colega psiquiatra.


Esperamos la otra ambulancia. Mientras esperábamos, estábamos pasmadas, mudas, pensativas. Vino la ambulancia. Al médico no le costó dar el diagnóstico. Sólo que internada no podía quedar, apenas en la guardia. Pero ella no tendría dónde estar. Entonces telefoneé a un médico amigo mío que habló con el colega del Pinel, y quedó decidido que se quedaría internada hasta que mi amigo la examinara. "¿Usted es escritora?" -me preguntó de repente aquél de quien me enteré era el académico Artur. Balbuceé: "Yo...". Y él: "Es porque su rostro me resulta familiar y su amigo dijo por teléfono su primer nombre". Y en aquella situación en que ni me acordaba de mi nombre, agregó simpático, efusivo, más emocionado conmigo que con Aninha: "Pues tengo mucho gusto en conocerla personalmente". Y yo, tonta y mecánicamente: "Igualmente".


Y allá fue Aninha, suave, mansa, minera, con sus nuevos dientes blanquísimos, blandamente despierta. Sólo un punto en ella dormía: aquel que, al despertar, provoca el dolor. Voy a resumir: mi amigo médico la examinó y el caso era muy grave, la internaron.
Esa noche la pasé en la sala hasta la madrugada, fumando. La casa estaba toda impregnada con una dulzura loca como sólo la desaparecida podía dejar.


Aninha, mi bien, tengo saudade de ti, de tu modo gauche de marchar. Voy a escribir a tu madre en Minas para que venga a buscarte. Lo que te suceda, no lo sé. Sé que seguirás dulce y loca para el resto de la vida, con intervalos de lucidez. Tapitas de botellas de leche son capaces de adornar un cuarto. Y papeles arrugados, hay que darse maña, ¿por qué no? No le gustaban las cosas fáciles, y no lo era. El mundo no lo es. Lo supe de nuevo la noche en que ásperamente fumé. ¡Ah!, con qué aspereza fumé. La cólera a veces me dominaba, o el espanto, o la resignación. Dios hace dulzuras muy tristes. ¿Será bueno ser así de dulce? Todavía tenía un pollera roja estampada que alguien le había dado, mucho más larga de lo que correspondía a su talla. Los días de franco usaba pollera con una blusa marrón. Era una dulzura suya más la falta de gusto.


- Necesitas un novio, Aninha.


- Ya tuve uno.


Pero ¿cómo? ¿Querida por quién, por Dios? La respuesta es: por Dios,



EL TALLER DE LA VIDA / confesiones

HUGO GIOVANETTI VIOLA


Primera edición: Caracol al Galope / elMontevideano Laboratorio de Artes (2009)
Primera edición WEB: elMontevideano Laboratorio de Artes (2018)
Retrato de portada: Horacio Herrera.


DECIMOSÉPTIMA ENTREGA



DOS: EL AMOR DEL PURGATORIO



16 / MICAELA



El 31 de julio de 1977 mi esposa estaba a término y ese domingo casi primaveral nos fuimos caminando ida y vuelta hasta el Carrasco profundo y al volver comimos ravioles y mucho postre con mis padres y cerca de la medianoche Rosina me avisó que tenía contracciones desde el mediodía y tomamos el tiempo y ya eran cada seis minutos y yo me preparé el mate como indicaba Sacchi en El parto sin dolor y recién a las tres de la mañana se internó en la Médica Uruguaya acompañada por mi madre, porque las salas ni siquiera eran individuales.


La partera llamó al médico y nos pidió que volviéramos en cinco o seis horas y recorrimos la rambla con mi padre hasta casa bajo una luna tan llena que se me desbordó una PAX-LUX bogadora y de golpe pensé: ¿Qué es lo que nos importa? Y enseguida me contesté con una placidez dulcísimamente irónica: No nos importa nada más que todos los hombres que murieron y todos los que viven y van a vivir y la tierra y los planetas y las galaxias juntas.


Y a las cinco sentimos que no podíamos esperar más y llegamos justo para ver a María Micaela llorando resplandecientemente atrás del vidrio.


El día que cumplió un año le regalamos una canción que salía en un aviso de la tele y le encantaba: Chiquitita. Armamos el tocadiscos en el suelo y ella se acercó gateando y escuchó un mensaje del grupo Abba que no va a dejar de abrigarla jamás: Chiquitita no hay que llorar / las estrellas brillan por ti allá en lo alto. Y se reía sin parar, entendiendo. Porque Micaela y Nacho siempre entendieron todo. Y debe ser porque los esculpimos con la fe clarividente de nuestro más acá.


Y hay una foto de Miki tomada al lado de un jazminero muy viejo que pertenecía al chalet originario, donde ella tiene dos años y sostiene una corola como si profetizara la transfiguración completa de todos los horrores. Está vestida con un enterito turquesa y los ojazos del mismo color se alzan bajo la melena muy rubia hacia una gratia plena y una exigencia de perfección que nunca la abandonó y tampoco la dejó tranquila.


La foto está en blanco y negro, además. Pero ella sabe que hasta que no pueda adultizarse con los colores de aquella plenitud su vida seguirá siendo una batalla tormentosamente hermosa, como les pasa a todos los elegidos.


Hace poco pegué en el placard de mi escritorio o trinchera estrellada, entre una frase de San Juan de la Cruz y un paisaje de Cézanne, un poema que Miki me dedicó cuando tenía cinco años y ya sabía leer y escribir hacía rato porque Olga, la abuela materna, es una maestra-samurai.


En el reverso de la hojita hay un Papá anunciado entre dos flores y del otro lado un POEMA La rosa blanca. Una Rosa blanca- / perFuma mi aLiento. / i pone un rostro blanco / en mi Pecho.


Y también a esa edad empecé a enseñarle a cantar y a leer música clásica con la guitarra, hasta que a los doce años ya no quiso dar el examen de tercero con Olga Pierri y me va a seguir acusando toda la vida de ser un torturador de pobres criaturas. Otra loba en la casa.


Y la verdad es que, prolongando la glosa de Sabina, no doy bien de marido y fui un demasiado padre y si mi esposa y mis hijos no me hubiesen trancado dos por tres en la mitad de la cancha dejándome la marca de los tapones, no serían libres. El primer compañero de Micaela, Horacio Herrera, un extraordinario plástico emparentado con el divino Julio, sabe que la mujer-muchacha que hoy tiene treinta años es dulce y dura como el acero: si sabés contemplarla con tiernísima ciencia, para hablarlo en Idea Vilariño, te pone el corazón en la mano, y si le pisás la luz te electrocuta.


Hace diecisiete años, por ejemplo, que ni ella ni Rosina me leen, y yo sé perfectamente que lo que las aterra es tanto la posible invasión biográfica como el proselitismo místico y la indecencia bukowskiana que cultivo con alevosía y a esta altura me rendí a la justicia de esa incomprensión-cruz decretada en defensa propia, porque no se necesita padecer mis libros para quererme. Y últimamente ya no me lee ni Nacho.


Y ahora quiero advertirles a los padres de las criaturas que atiende Micaela, que es pediatra congénita, que las revisaciones de mi hija incluyen una mágica inyección de aquella pureza lunar que llenó el universo con la noticia de su nacimiento y el reparto del jazmín que se le espejó en la fe turquesa a los dos años.


Los pacientes, en cambio, podrán aullar o patalear o levitar de fiebre, pero entienden quién los mira.



17 / KIERKEGAARD



La Programación Divina nunca deja de repartirnos alguna que otra baraja encandilante y uno elige agarrarlas o se acobarda o se emperra en obedecer a la opacidad grasosa del resto del mazo, pero también puede pasar que el cartoncito salvador nos llegue a destiempo.


En el 68 mis padres todavía no trabajaban en la sucursal puntaesteña de Maspons pero se me ocurrió pasar un fin de semana de agosto en el sucucho helado de Gorlero y mi tío me prestó la llave. Fuimos con un amigo, y en un escaparate giratorio de uno de los tres o cuatro locales que abrían todo el año encontré Kierkegaard y la filosofía existencial de León Chestov y lo compré y me zampé la mitad en unos días y de golpe anoté Soy un griego, Dios mío y lo archivé y recién volví a sacarlo de la biblioteca diez años más tarde y me azuló la vida inapagablemente.


Y en el 78 mi madre, que había ofrecido la generosidad y el coraje que la definió siempre entre los vecinos para acompañar a Rosina durante el parto, se patologizó ladymacbethianamente con la posesión de Micaela y la feliz familia Giovanetti empezó a vivir en una especie de crujidero de dientes dantesco, aunque disfrazado de Parque Rodó.


Yo trabajaba paralelamente en Ángeles y lobos y en los cuentos minimalistas que me obligó a inventar el programa radial Discodromo de Rubén Castillo y que terminaron por serializarse en Cantor de mala muerte, recién publicado en el 86. Pero entre el 76 y el 78 encontré la definitiva tonalidad de espada épico-lírica de mi frase y me saqué de arriba un cargamento de historias europeas que hubieran dejado obesa a Creer o reventar. Y, sobre todo, aunque participé de la resistencia cultural que significaron las Ediciones de la Balanza, dirigidas por Rolando Faget y Laura Oreggioni, y publiqué los poemarios París póstumo y Bodas de hueso, no milité más. Ahora ya no había cómo, y las dirigencias comunistas se reorganizaban y eran barridas y prontuariadas en los diarios cada pocos meses.


Entonces desempolvé el ensayo sobre Kierkegaard y entendí, completamente, que yo era religioso. Y no alla griega, además. Después conseguí el Diario de un seductor, Los estadios eróticos inmediatos o lo erótico musical, El concepto de la angustia y Tratado de la desesperación, pero la comprensión global de la debo a León Chestov.


Una tarde estaba en el jardín de los Biagioni Pastorino, tomando mate y terminando de subrayar encandiladamente aquella baraja-pasaporte que compré en la península vacía y salió de visitar a la familia el médico de la familia, un argentino de muy buen trato y muy conversador que fue amigo de juventud de Bioy Casares y acá jugó al tennis en el Lawn hasta los ochenta años y derrochaba una joie de vivre literalmente francesa, y me preguntó qué estaba leyendo y carcajeó con una mezcla de admiración y desprecio: Pero estos uruguayos son increíbles. Fijate cómo está el mundo y vos leyendo a Kierkegaard.


Y otra tarde caí a la editorial Arca a cargosear a Beto Oreggioni para que me publicara de una vez el Aparicio y entró el esteta torresgarciano que me había demostrado la inexistencia de Dios en lo de Guillermo Fernández y lo raspé a lo Obdulio: ¿Sabés que agarré a Kierkegaard y me di cuenta que lo más importante que ustedes esconden en las facultades es que para Dios nada es imposible?


El galán siempre tostado ni siquiera se puso histérico y se aplastó la melena sorbonniana antes de sonreírle a Beto: Estas pobres generaciones nacieron condenadas a no digerir lo que les enseñamos. Y hasta el buen José Pedro Díaz cabeceó, remachando: Sí. Yo el tiempo que me queda no lo perdería con esa clase de filósofo.


Una de las metáforas más imponentes de Teilhard de Chardin es la de que la mayoría de la humanidad viaja en la bodega de un barco creyendo ver el cielo y los que se la juegan y se escapan a explorar la intemperie de la cubierta para traerle noticias azules al rebaño tienen que vivir en guerra con la barbarie ilustrada. Artigas, por ejemplo.


Y con el tiempo entendí que el casi impotente Soëren ni siquiera encontró escaleras para subir a saciarse con la infinitud y tuvo que romper el cielorraso dostoievskianamente, a cabezazo limpio, y murió sintiéndose un fracasado porque el resto del cuerpo le quedó colgado adentro de la bodega donde viajaba el escupidor hombre-masa que Ortega y Gasset retrató con inmejorable precisión antes que los stalinistas y los nazis pactaran y coincidieran inventando un Homúnculo Nuevo peor que el del cesarismo yanqui. ¿Es triste? No: es humano, nomás.



18 / MI PADRE



Mi padre decidió irse en octubre de 1979, cuando al crujidero de dientes dantesco se le cayó el disfraz de Parque Rodó y vivíamos nada más que en la laberíntica obscenidad del Tren Fantasma de Lady Macbeth.


Yo estaba dando una clase de guitarra en mi pedazo de casa y él metió la cabeza relampagueantemente envejecida a sus cincuenta y nueve años con buena salud y bajó un pulgar a la romana y dijo: Yo.


A la semana tenía una gripe de pecho que terminó por ser un cáncer de pulmón y la agonía duró menos de dos meses.


En el poema El cáliz, que integra Heredad de mi padre, lo describí así: Como brindis barrosos que acaban empedrando / los riñones del alma / -irreversiblemente- / te habitarán los vértices del desencuentro. / Se dividen las vidas. / Y la desgracia filtra / su amanecer oscuro entre la primavera / mientras un hombre muere / alargando sus húmeros / y el sudario morado irradia una metáfora / que no alcanzan las sondas / de la carne / o del cosmos.


Ahora me recuerdo sentado en la hamaca del porche más o menos diez años antes, frente a la gigantesca araucaria que ya se venía abajo y nos agrietaba los pisos. En la hamaca también estaba sentado Augusto Torres y a la izquierda mi viejo, en una silla del juego de jardín.


Sabe lo qué es crecer atrás de este tronco, me preguntó de golpe el Cacique, que hablaba poquísimo y con un confuso sabor de acentos macerados en muy distintos países. Y mi viejo se apantalló el oído menos otoesclerótico para que le repitiera la frase y se la repetí. A mí ni siquiera me pareció grave que Augusto recordara a don Joaquín con ese dolor tan manso y tan acusatorio, porque lo que realmente me ponía muy nervioso era la hermandad de sordomudos que tenían con mi padre.


Y al rato agregó: Yo ya me estoy viendo venir el cajón y siento que no hice nada, ¿no? Y ahora apenas retrasmití hacia la oreja apantallada de mi padre: Nada.


En el 78 hubo que sacrificar la araucaria y se juntó medio barrio a contemplar el Gólgota desde la vereda y supe que mi orfandad demoraría muy poco.


Y aquel mismo año mi padre zafó de la ortodoxia torresgarciana que siempre recreó muy bien y pintó unos templos de construcción naïf, vacíos y santificados por una luz mental donde no llegó a horadar pero sí a esmerilar la espesura del reino y se transformó en el maestro más humilde que conocí en mi vida. Una prueba contundente es que este verano el gran Guillermo Büsch me pidió una antología esencial de Hugo W. Giovanetti Sanna para exponer en el Argentino Hotel de Piriápolis, el Hotel Rivendel y el castillo de Piria y sentenció: Quería empezar la temporada con un maestro.


Y en el póster-catálogo iconizado por un precioso retrato de Gurvich pude sintetizar un juicio que Manuel Espínola Gómez me dejó en borrador después de la segunda muestra póstuma: La retrospectiva que vimos en el Centro de Artistas Plásticos en 1997 nos enfrentó a un verdadero “obrador con andadura”, alguien que investigó desde la “entraña” hasta el “límite” con gracia de construcción y claridad a la vez. Estamos frente a un plástico que nos impregna de una “alegre extrañeza” o una “extraña alegría” inquietante, por cierto.


En el 80 Ángeles y lobos fue premiada en un concurso que organizaron el diario El Día y editorial Acali y desembuché en un reportaje que me hicieron para el semanario Opinar: Porque mi padre era perfecto como lo puede ser cualquier hombre sencillo en una calle anónima, más o más allá del poder y la gloria. Y no todos podemos morirnos sin fallar.


Y durante la agonía le pude regalar una reflexión que le doró avitraladamente la fluvialidad: ¿Te imaginás lo horrible que hubiera sido para mí tener un padre como Torres García?


Pero un día me agarré una rabieta con el bolichero de enfrente por algo que me gritaron cuando di marcha atrás y mi moribundo viejo, que siempre rezaba pero nunca se interesó en la eucaristía murmuró, fulminándome con un lila muy convexo: Hugo, me parece que lo único que te puede curar ese carácter es la Iglesia.


Y durante el velorio consolé a medio mundo y no lloré ni me quejé y la gente se maravillaba de que el neurótico estuviera a la altura de las circunstancias, como opinó Guillermo Fernández. Claro que en el 91 el inconsciente me noqueó con una depresión mortal igual que si dijera: Ahora hay que arreglar cuentas, nene.