21/7/17


RICARDO AROCENA

ESTUDIANTINA

Los organismos internacionales, el conflicto educativo, el Presupuesto Nacional, los estudiantes, los trabajadores y algunos hitos en la historia de la Universidad de la República, en su relación con la sociedad uruguaya.


TERCERA ENTREGA


EL SIGLO XX


Como vemos, la Universidad en nuestro país, resuelve en forma peculiar el complejo nudo de contradicciones que en su seno se expresaban y emerge de cara al siglo XX como una institución que se muestra en condiciones de dar respuesta al impetuoso desarrollo de la sociedad.


Repasemos, aunque sea brevemente, la situación nacional en el primer tercio del siglo XX. En primer término se estructura una política de corte estatista, que procuraba nacionalizar monopolios de empresas extranjeras que exportaban sus ganancias, con el objetivo de orientar la administración del Estado con un sentido de utilidad social. En segundo lugar se impulsa una política proteccionista que consolida cierto “nacionalismo económico” y en tercer lugar es creada una ambiciosa legislación en materia laboral.


Más allá de los muchos “peros” que se pueda hacer del proyecto económico, social y político al que asistía el país por aquel entonces, lo concreto es que va consolidándose un “Estado de Bienestar” que logró desarrollarse, entre otras razones, porque existió una Universidad que generó cuadros que participaron activamente en la gestación de aquella propuesta nacional.


Aquellas décadas asisten al perfeccionamiento del aparato administrativo del Estado, con la creación de la Oficina de Catastro, la Dirección de Saneamiento, la Dirección de Hidrografía, los Institutos de Química Industrial, de Geología y Perforaciones, de Pesca, Fitotécnico y el “Semillero La Estanzuela”, entre otros. En el plano financiero se nacionaliza el Banco República, el Hipotecario y se crea el Banco de Seguros.. En lo económico, y para apreciar la magnitud de las transformaciones, el Estado comienza a incursionar en materia de energía eléctrica (creando la Usina Eléctrica del Estado, UEE, precursora de la actual UTE), en transporte, telégrafo, pesca, etc.


En el ámbito de lo social, es aprobada la ley de 8 horas, el trabajo nocturno en determinadas actividades es prohibido y se fijan normas de descanso semanal, a la vez que son creadas oficinas de trabajo y regulaciones de contrato laboral e impulsadas propuestas en materia de seguridad social que son prematuras no solamente en América Latina sino también con respecto a varios países europeos. Paralelamente asistimos a la disminución del papel de la Iglesia, a la modificación de la organización matrimonial, a la promulgación de leyes de divorcio, a la eliminación del juramento religioso de los legisladores y en definitiva, a la separación de la Iglesia del Estado, lo cual se concretará, sin demasiada polémica, en la reforma constitucional de 1917.


El primer tercio del siglo XX también asiste a cambios asombrosos en materia de educación superior, que inician con la creación de numerosos edificios universitarios y de varias nuevas facultades. Se concreta además la laicidad en materia educativa, en tanto que la Universidad en 1808 conoce una nueva Ley Orgánica, por la cual adquiere autonomía administrativa en lo técnico y un gobierno totalmente electivo con representación estudiantil indirecta. Para calibrar en toda su dimensión esto último, habría que señalar que la nueva carta universitaria anticipa en diez años los postulados más importantes de la Reforma de Córdoba.


Son tiempos en los que la Universidad abastece con cuadros y técnicos que posibilitan el funcionamiento tanto de la superestructura estatal, como el desarrollo del conocimiento técnico y científico. Podría decirse que por aquel entonces las relaciones de producción predominantes acompañaban el impetuoso desarrollo de las fuerzas productivas y que en ese marco el proyecto de Universidad liberal se correspondía con el país liberal que era impulsado en el plano político.



UNIVERSIDAD Y CULTURA



Descollaba en el plano cultural la denominada “generación del 900”, que contaba con Julio Herrera y 
Reissig, Horacio Quiroga, Florencio Sánchez, José E. Rodó, Carlos Reyles, Delmira Agustini y María Eugenia Vaz Ferreira, a quienes en la segunda década se les unirán Justino Zabala Muniz, Pedro Leandro Ipuche, Emilio Frugoni, Fernán Silva Valdés, Carlos Sabat Ercasty, Vicente Masso Maglio, Julio Casal, Juana de Ibarbourou y Alberto Zum Felde.


En el plano educativo sobresalían Eduardo Acevedo y Carlos Vaz Ferreira. El primero fue un organizador nato, que ocupó un lugar destacado en la construcción del Uruguay contemporáneo, habiéndose desempeñado como secretario de José Pedro Varela. Fue Director de Primaria, Rector de la Universidad, ministro de Batlle, etc., destacándose en cada responsabilidad que ocupó.


Vaz Ferreira por su parte, además de erigirse en uno de los grandes pensadores del país, impulsó una eficaz labor organizativa en materia de enseñanza, a la que le incorporó finas innovaciones. Fue Profesor de Filosofía del Derecho, Decano, Maestro de Conferencias, Rector de la Universidad por tres períodos y Director primero y Decano después de la Facultad de Humanidades y Ciencias. 


El escritor Alejandro Michelena comentaba en uno de sus ensayos: "Al escribir sobre Vaz Ferreira no perdemos de vista que estamos bordeando uno de los estereotipos culturales del país. Ahora tal vez no tanto, pero hace dos décadas, citar al autor de "Lógica viva" en cualquier circunstancia era una necesidad, no de ser fiel a su pensamiento, sino casi una reafirmación de pertenencia y arraigo en esta margen del Plata, casi lo mismo que a nivel popular significaba -hasta esas mismas fechas- la apelación a los olímpicos del 24 y del 28, o a los campeones del mundo del 30 y del 50".



a los campeonatos del Mundo del 30 y el 50”.
LOS CANTOS DE MALDOROR

CIENTOVIGÉSIMA ENTREGA

(Barral Editores / Barcelona 1970)


CANTO QUINTO



3 (2)




Una secreta y noble justicia hacia cuyos brazos acogedores me arrojo por instinto, me ordena perseguir sin tregua ese castigo innoble. Enemigo temible de mi alma imprudente, a la hora en que se encienden un fanal en la costa, prohíbo a mis infortunadas costillas que reposen sobre el rocío de la hierba. Triunfador, rechazo las emboscadas de la hipócrita adormidera. Por consiguiente, es cierto que de resultas de esa extraña lucha mi corazón ha encerrado sus designios, como hambriento que se devora a sí mismo. Tan impenetrable como los gigantes, he vivido siempre con los ojos abiertos de par en par. Por lo menos está comprobado que durante el día todos pueden oponer una resistencia efectiva al Gran Objeto Exterior (¿quién no conoce su nombre?), pues entonces la voluntad cuida de su propia defensa con notable tesón. Pero en el instante en que velo de los vapores nocturnos se esparce hasta sobre los condenados que están por colgar, ¡oh!, ver su intelecto entre las sacrílegas manos de un extranjero. Un escalpelo implacable explora la densa maleza. La conciencia exhala un prolongado estertor de maldición, pues el velo de su pudor sufre crueles desgarraduras. ¡Humillación!, nuestra puerta permanece abierta para la curiosidad feroz del Celestial Bandido. No merecí ese suplicio infame, tú, espía horroroso de mi causalidad. Si existo, no soy otro. No admito en mí esa equívoca pluralidad. Quiero ser el único habitante de mi íntimo razonamiento. La autonomía… o si no que me transformen en hipopótamo. Abísmate en la tierra, ¡oh estigma anónimo!, y no reaparezcas ante mi furibunda indignación. Mi subjetividad y el Creador: demasiadas cosas para un cerebro. Cuando la noche vuelve oscuro el transcurrir de las horas, ¿quién no ha luchado contra la influencia del sueño en su lecho empapado de sudor glacial? Ese lecho que atrae a su seno las facultades agonizantes no es sino un féretro construido con tablas de pino escuadrado. La voluntad se retira insensiblemente como si estuviera ante una fuerza invisible. Una pez viscosa enturbia el cristalino de los ojos. Los párpados se buscan como dos amigos. El cuerpo es sólo un cadáver que respira. Finalmente, cuatro enormes estacas tienen clavada sobre el colchón la totalidad de los miembros. Y os ruego observar que las sábanas no son en definitiva sino sudarios. Aquí tenéis el pebetero donde arde el incienso de las religiones. La eternidad que brama como un mar distante, se aproxima a grandes pasos. La vivienda ha desaparecido; ¡prosternaos, humanos, en la capilla ardiente!

20/7/17

LA CARRETA                     

Prólogo de Wilfredo Penco

Montevideo 2004



CUADRAGESIMOSÉPTIMA ENTREGA



XII (4)



Aguardó un rato; el tiempo, según sus cálculos, necesario para poseer a una virgen… Divagaba, pensaba en cosas lejanas, oía el tictac de su reloj. Y cuando lo creyó oportuno, tosió e hizo ruido.


La “gurisa” bostezó, estirando los brazos en un desperezamiento sin reparos.


A medio erguir, después de hurgar en el bolsillo, don Caseros extrajo unos billetes:


-Tomá pa vos, gurisa. Comprate un trajecito -le dijo en voz baja.


Se compuso las ropas al bajar y, sin más decir, silbó llamando a los perros que, hartos de la espera, merodeaban lejos de la carreta.


La Mandamás, que había permanecido atenta, apareció, solícita, frotándose las manos. Desde su caballo, don Caseros, atusándose el bigote, dejó caer esta sentencia:


-¡Linda gurisa!... ¡Como güeso de espinaso, pelaíto pero sabroso!


Metió espuelas y, seguido de los perros, se tendió sobre el galopar de su caballo.


-¡El diablo te arañe las espaldas! -roncó la Mandamás.



Y Florita, pura, virginal, durmió entre las quitanderas un sueño limpio, que el alba acarició entre perros sarnosos y matas de miomío.
CARLOS CASTANEDA

LAS ENSEÑANZAS DE DON JUAN
                                                                                              
(Una forma yaqui de conocimiento)



VIGESIMOCTAVA ENTREGA



PRIMERA PARTE
“LAS ENSEÑANZAS”



III (10)

Martes, 26 de diciembre, 1961 (2)



Ya estaba oscuro cuando despertó. Comimos las provisiones que yo le había llevado y estuvimos un rato más sentados en el zaguán. Luego don Juan caminó hacia la parte trasera de la casa, llevando los tres bultos de arpillera. Cortó varias ramas secas y encendió una fogata. Nos sentamos cómodamente frente a ella y don Juan abrió los tres bultos. Además del que contenía los pedazos secos de la planta hembra, había otro con todo lo que aun quedaba de la planta macho, y un tercero, voluminoso, que contenía pedazos verdes de datura, recién cortados.


Don Juan fue a la artesa y regresó con un mortero muy hondo, que más parecía una jarra con el fondo en suave curva. Hizo un hoyo poco profundo y asentó firmemente el mortero en la tierra. Echó más ramas secas en el fuego; después tomó los dos bultos con los pedazos secos de las plantas macho y hembra y los vació juntos en el mortero. Sacudió la arpillera para asegurarse de que todos los pedazos habían caído en el mortero. Del tercer bulto extrajo dos trozos frescos de raíz de datura.


-Voy a prepararlos sólo para ti -dijo.


-¿Qué clase de preparación es esa, don Juan?


-Uno de estos pedazos viene de una planta macho, el otro de una planta hembra. Esta es la única vez que se deben juntar las dos plantas. Los pedazos vienen de un metro de hondo.


Los maceró con golpes parejos de la mano del mortero. Al hacerlo cantaba en voz baja, una especie de zumbido monótono, sin ritmo. Las palabras me resultaron ininteligibles. Se hallaba absorto en su tarea.


Cuando las raíces estuvieron completamente maceradas, tomó del bulto algunas hojas de datura. Estaban limpias y recién cortadas, todas intactas, sin cortes ni agujeros de gusano. Las echó en el mortero una por una. Tomó un puñado de flores de datura y también las echó en el mortero, en la misma forma deliberada. Conté catorce de cada cosa. Luego sacó un manojo de vainas frescas, verdes: conservaban sus espinas y no estaban abiertas. No pude contarlas porque las echó todas juntas en el mortero, pero supuse que también eran catorce. Añadió tres tallos de datura, sin hojas. Eran rojos oscuros y estaban limpios y, a juzgar por sus ramificaciones múltiples, parecían haber pertenecido a unas plantas grandes.


Tras poner en el mortero todos esos ingredientes, las convirtió en una pulpa con los mismos golpes parejos. En determinado momento inclinó el mortero y con la mano empujó la mezcla a una olla vieja. Me alargó la mano; pensé que quería que se la secara. En vez de ello, tomó mi mano izquierda y con un movimiento muy rápido separó los dedos medio y anular tanto como pudo. Luego, con la punta de su cuchillo, me hirió entre ambos dedos y desgarró hacia abajo la piel del anular. Actuó con tanta habilidad y rapidez que cuando retraje la mano esta tenía una cortada honda, y la sangre fluía en abundancia. Cogió nuevamente mi mano, la puso sobre la olla y la apretó para forzar la salida de más sangre.



El brazo se me adormeció. Me hallaba en un estado de shock: extrañamente frío y rígido, con una sensación opresiva en el pecho y en los oídos. Sentí que resbalaba sobre mi asiento. ¡Me estaba desmayando! Don Juan soltó mi mano y agitó el contenido de la olla. Al recuperarme del shock, me sentí realmente enojado con él. Tarde bastante tiempo en recobrar la compostura.

19/7/17

LAO TSÉ

TAO TE CHING

Edición por Vladimir Antonov
Traducido al español por Anton Teplyy



TRIGÉSIMA ENTREGA



80 / Sobre la estructura del Estado, yo pienso lo siguiente:


Es mejor cuando el país es pequeño y la población es poca.


Aun cuando haya muchas armas, no deben usarse. Tampoco deben usarse los barcos y los carros de guerra. Para los guerreros es mejor no batallar.


La vida en el país debe ser tal que las personas no quieran dejarlo.


Es bueno si todos tienen comida sabrosa, ropa bonita, cosas cómodas y una vida alegre.


Es bueno mirar el país vecino con amor y escuchar como allí los gallos cantan y los perros ladran.


Es bueno que las personas, al llegar a la vejez en este país, alcancen la Perfección y se vayan de allí para no volver más.



81 / Las palabras precisas no son necesariamente elegantes. Las palabras bonitas no siempre son dignas de confianza.


El bondadoso no es necesariamente elocuente. El elocuente puede ser malvado.


Aquel que sabe no discute; aquel que no sabe discute.


La persona sabia no es egoísta: ella actúa por el bien de los demás.


El Gran Tao se preocupa por el bien de todos los seres vivos. Todo lo que Tao hace para ellos carece de violencia y no le causa daño a nadie.



La persona sabia también actúa sin violencia y no le hace daño a nadie con nada.