15/8/18


ANIVERSARIO DE UN CLÁSICO
CUENTOS DE LA SELVA DE HORACIO QUIROGA
(Clarín / 7-8-2018)

"En el río Yabebirí, que está en Misiones, hay muchas rayas, porque "Yabebirí" quiere decir precisamente "Rio-de-las-rayas". Así empieza -muchos lo habrán reconocido- uno de los cuentos más conocidos de uno de los libros de cuentos más leídos del país: Cuentos de la selva, ese clásico de Horacio Quiroga que este año está cumpliendo un siglo y cuya lectura sigo dando "algo acá".

El libro -donde los animales hablan, tienen intenciones y planes- está protagonizado por yacarés, flamencos, tigres y coatíes. Desde que se publicó hace 100 años en Buenos Aires tuvo innumerables reediciones y traducciones; en 2010 hubo una película basada en esos relatos y este año, una comedia musical. Un texto vivo.

En 1903, Quiroga acompañó a Leopoldo Lugones en una expedición a Misiones: el poeta iba a investigar las ruinas jesuíticas y Quiroga sacaría las fotos. Lo de Quiroga con la selva fue un flechazo: tres años después compraría una chacra de 185 hectáreas y se prepararía para ir a vivir a orillas del Alto Paraná. Esa decisión lo marcaría: en la selva encontró inspiración y refugio. Su experiencia en esa exuberante geografía no pudo ser más directa: allí crió a sus dos hijos, cultivó yerba mate y levantó una casa con sus propias manos. ¿Cuánto miedo habrá tenido en esas noches para darle el tono de terror a sus narraciones misioneras? El terror estaba en la vida real. Tras seis años de jungla y matrimonio su esposa Ana María Cirés se suicidó en 1915 y Quiroga se trasladó luego con sus hijos a Buenos Aires.


En sus páginas, una tortuga busca salvar a su amigo humano enfermo ("La tortuga gigante"), los yacarés se enfrentan a un buque ("La guerra de los yacarés") y las rayas dan encarnizada batalla a los tigres para defender a un hombre ("El paso del Yabebirí"). Completan el libro "Las medias de los flamencos", "El loro pelado", "La gama ciega", "Historia de dos cachorros de coatí y de dos cachorros de hombre" y "La abeja haragana".

La primera edición de la obra vio la luz en 1918 como "Cuentos de la selva para los niños", publicada por la Sociedad Cooperativa Editorial Limitada en Buenos Aires. Sin embargo, sus relatos habían ido difundiéndose en las páginas de populares revistas y semanarios porteños a partir de 1916.


Entre las innovaciones del libro se encuentra, "en primer lugar, un golpe de aire fresco gracias a la naturalidad con que narra pero hay más: acierta en el movimiento de atención que mueve a todo lector y, en especial, a los niños que perciben la trampa de la niñería", apunta el crítico literario argentino Noé Jitrik.

El maestro del cuento latinoamericano regresó por última vez a la selva entre 1932 y 1936 con su segunda mujer, María Elena Bravo, tres décadas menor que él, y quien dio a luz a su tercera hija.


Gastón Marioni, quien recientemente escribió y dirigió una versión de Cuentos de la selva en el Teatro Municipal Coliseo Podestá de La Plata, dice: "Me parecieron más que oportunos los universos que despliega, en tanto cualidades, valores e idiosincrasia en tiempos de tanta globalización e individualismo".

El clásico de la literatura infantil inspiró un film argentino-uruguayo de animación en 2010, una versión libre dirigida por Liliana Romero y Norman Ruiz. Previamente tres de sus relatos se convirtieron en dibujos animados, en cortos producidos por el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC).


¿A qué se debe la vigencia de esta obra de Quiroga? "Son hechos que no se pueden explicar; no les sucede a todos los libros, ni siquiera a otros de su mano", analiza Jitrik. "Debe ser porque en su oportunidad tocó alguna cuerda humana sensible y la resonancia que produjo no se apaga porque no es inherente a los niños ni al ambiente que describe", concluye el escritor y crítico.

Hace poco el chaqueño Mariano Quirós ganó el Premio Tusquets con Una casa junto al Tragadero, una novela que también ocurre en la selva, entre la humedad, los animales amigos o peligrosos, la podredumbre. ¿Tienen algo que ver esa selva y la de Quiroga? Quirós (1979), duda: "Me encanta Quiroga, pero mi idea de la selva -o por lo menos del monte que recreo en algunos cuentos- tiene como más 'urbanidad'", dice a Clarín. Los terrores, reconoce, aparecen, "pero 'camuflados' en el lenguaje urbano, manchados también por el paisaje urbano".

Mientras tanto, los Cuentos de la selva siguen acercando al lector los mágicos ecos de esa geografía que tanto lo apasionó. Como escribió la autora argentina Liliana Bodoc: Al terminar de leer el libro es posible que haya barro en la suela de nuestros zapatos, porque, página a página, hemos atravesado una selva.

Fuente: DPA

Quiroga básico

Nació en Salto, Uruguay, en 1878 y murió en Buenos Aires en 1937. Su padre era el vicecónsul argentino. Descendía de Facundo Quiroga.
Su padre murió cuando él tenía dos meses: volvía de cazar y se le disparó la escopeta frente a su esposa, que salía a recibirlo con Horacio en brazos.
Estudió en Montevideo, viajó a París y en 1902 se mudó a Buenos Aires, tras pegarle un tiro, accidentalmente, a un amigo. Trabajó como maestro y como profesor de Castellano.
Entre sus obras están quien publicó también obras como Cuentos de amor, de locura y de muerteAnaconda y Los desterrados.
Quiroga fue además poeta, dramaturgo, docente, ciclista aficionado, inventor amateur y juez de paz. En 1937, enfermo de cáncer, se quitó la vida en Buenos Aires.


LUIS HORNSTEIN

EL HOMBRE ACTUAL SUFRE POR NO QUERER SUFRIR

(infobae / 15-8-1058)

¿Cómo construir un psicoanálisis contemporáneo, abierto a los intercambios con otras disciplinas y al desafío que impone cada coyuntura sociocultural? En mi libro, Encrucijadas del psicoanálisis (*), insisto en que es necesario que éste se actualice para no perder vigencia.
La clínica actual supone lidiar no sólo con enfermedades, sino con el sufrimiento (el evitable y el inevitable). ¿Quiénes nos consultan? Generalizaré: personas con incertidumbre sobre las fronteras entre el yo y los otros; con fluctuaciones intensas en la autoestima; con vulnerabilidad a las heridas narcisistas; con gran dependencia de los otros o imposibilidad de establecer relaciones significativas; con intensas angustias y temores; con apatía, con trastornos del sueño y del apetito, con desesperanza, con hipocondría, con crisis de ideales y valores y con multiplicidad de síntomas corporales.
El sufrimiento es una experiencia que confronta a una persona con la pérdida, el rechazo, la decepción que le impone alguien significativo, una actividad o ciertas pérdidas o traumas. El sufrimiento es una necesidad porque obliga a reconocer la diferencia entre realidad y fantasía. Y es un riesgo porque el sujeto, ante el exceso de sufrimiento, puede desapegarse de aquello que lo causa empobreciendo sus relaciones y su vida misma.
Una cuota de sufrimiento es inherente al vivir y soportable sin terapias y sin pastillas. Cuando la cuota se vuelve excesiva -por la duración, por la intensidad- recurrimos a respuestas elementales para atenuarla y -si pudiéramos- borrarla. La gente hoy tiene el sufrimiento paradójico de no querer sufrir ni lo indispensable.
La moral y la felicidad, que estaban reñidas, hoy son carne y uña. Lo moral, lo que está bien, es ser feliz. Hemos pasado de valorar el deber a valorar los placeres. En vez de abnegación, escapismo; en vez de privacidad, violencia mediática y frivolidad. La dictadura de la euforia sumerge en la vergüenza a los sufren. El hombre actual sufre por no querer sufrir. Quiere anestesia en la vida cotidiana. Simples dificultades las considera sufrimientos. Sin embargo, reconozcamos que una dificultad sólo es preocupante cuando se pasa de la raya sea por la duración, sea por la intensidad.
"Conviértase en su mejor amigo", "Piense en positivo"... Por cualquier medio hay que "tener onda", ser divertidos. Se nos muere alguien querido, nos rechaza alguien que nos  importa, alguien hace algo que nos decepciona... Todas pérdidas. Pero también son pérdidas ser despedidos del empleo, quebrar en una empresa... Eso duele. Es un dolor sano, que a veces se intenta extirpar con distintos psicofármacos, con alcohol o con otras conductas de evasión.

Tenemos derecho a tener un techo, a evitar la intemperie. Otra cosa es que un adulto pretenda la protección que se le da al niño. El infantilismo combina una exigencia de seguridad con una avidez sin límites y evita cualquier obligación. Mi infancia desgraciada, mi madre "castradora", mi padre ausente... Al demostrar que el ser humano es movido por fuerzas que conoce pero también por fuerzas que no conoce (lo inconsciente) el psicoanálisis proporcionó a cada cual una batería de pretextos para victimizarse.
Hay corrientes filosóficas y psicológicas que no quieren hablar de conflicto. Pero el conflicto no es ni bueno ni malo. El conflicto es. El conflicto no es una pelea callejera que pudo haberse evitado. El conflicto es inevitable. El vegetal lucha para vivir, para no ser destruido por el clima, por los animales. El hombre para no ser destruido por sí mismo, por los otros o por ciertas vicisitudes propias de la vida.
El análisis de los condicionamientos sociales sobre la historia individual aporta un esclarecimiento particular sobre los conflictos "personales". Permite deslindar los elementos de una historia propia y los que comparte con aquellos que han vivido situaciones similares. Todos vivimos en un cóctel cuyos ingredientes son contradicciones sociales, psicológicas, culturales y familiares.
Las normas morales cambian de una sociedad a otra. Son muchos los que repiten que ya no hay valores. Que toda la cultura moderna se ha encaminado hacia el nihilismo. El nihilismo es precisamente esta "falta de fundamento". Es un hecho que no existe ni existió una sociedad sin valores. Esos valores, conforman la sociedad y la subjetividad.
Ahora hay familias ampliadas, nucleares, monoparentales, homosexuales, etc., y familias típicas (típicas de antes) y personas que extrañan la "familia tradicional" y a veces son intolerantes con las otras. Caídos los dogmas, tenemos que conformarnos con creencias, convencimientos, fe, teorías, hipótesis y opiniones. Y disfrutar de ellos y soportar que a veces no sepamos a qué atenernos.
Frente al estallido de las normas tradicionales, el individuo no cuenta con una guía univoca. Se le exige ser exitoso en diversos registros: físico, estético, sexual, psicológico, profesional, social, etc. En un mundo fascinado por el éxito, el rendimiento y la excelencia, hay tensiones fuertes entre las metas y los logros y ello implica sufrimientos diversos.
Algo falla en esta exigencia que necesita drogas diversas, anabólicos, bebidas energizantes. Los duelos masivos y traumas hacen zozobrar vínculos, identidades y proyectos personales y colectivos. Si ustedes quieren eludir estas crisis, tendrán que encerrarse en un bunker al que no llegue el afuera, sus turbulencias diversas, sus duelos masivos. Hemos vivido "dentro" de esa crisis multidimensional (política, social, económica y ética) que nos asedia en las últimas décadas. La autoestima y la identidad se resquebrajan cuando la sociedad "maltrata" al sujeto.
Los pacientes, fragmentados por los especialistas, aumentan la hipocondría y van, nómades, de consulta en consulta. Nómades y escépticos. No creen en ningún tratamiento pero los prueban todos: homeopatía, acupuntura, hipnosis y alopatía. Pero no es imposible encontrar al profesional que dialoga. Será la oportunidad de hablar de su padecer e inscribirlo en la trama de una historia personal.

(*) Las encrucijadas actuales del psicoanálisis (Fondo de Cultura Económica)
Luis Hornstein es médico, psiquiatra y psicoanalista. Es presidente de la Fundación para el Estudio del Psicoanálisis (FUNDEP). Fue director del Centro de Estudios Psicoanalíticos de Caracas desde 1979 hasta 1983, junto a Mauricio Goldenberg. Premio Konex de Platino 2006 por su labor en psicoanálisis. Es autor de Teoría de las ideologías y psicoanálisis (1973); Introducción al psicoanálisis (1983); Cura psicoanalítica y sublimación (1988); Práctica Psicoanalítica e historia (1993); Narcisismo (2000); Intersubjetividad y clínica (2003); y Las depresiones (2006), Autoestima e Identidad. Narcisismo y valores sociales (FCE, 2011).


ANTONIO MUÑOZ MOLINA

“LA PEREZA EZPRESIVA ES UN PECADO MUY GRANDE”

por Fernando Aramburu

(El Cultural / 3-3-2018)

La última vez que nos vimos, meses atrás en Segovia, me revelaste un episodio de tu infancia. Unos extranjeros, de paso por tu Úbeda natal, insistieron en fotografiar al niño que entonces eras. Se conoce que vieron en ti un prototipo de la pobreza rural hispana de aquella época. Para rato iba a pensar aquella gente que el rapazuelo de aspecto humilde, andando las décadas, se convertiría en el escritor que hoy eres, miembro de la RAE, premiado con el Príncipe de Asturias, viajero por el mundo y, en fin, hombre de una vasta cultura. 
Yo, que comparto tus orígenes, bien que en versión urbana, siento a menudo que empleas en público palabras que me podría calzar sin problemas. No pretendo mitificar la infancia. Es sólo que entreveo un punto de consideración, ¿de homenaje?, a los orígenes cuando compruebo que, por venir de donde vienes y haberte criado sin lujos, al amparo de gente trabajadora, evitas la opinión rotunda y precipitada, te muestras sereno y reflexivo en público, ejerces el agradecimiento, manifiestas tu gusto por los bienes culturales, postulas el sentido artesanal del oficio literario, defiendes soluciones pragmáticas para los problemas sociales, no insultas, no gritas, no te ufanas.

Es verdad que hay que tener cuidado con las mitificaciones y la nostalgia que favorece la edad. Te haces mayor y es natural que se embellezca el pasado lejano. También hay una parte grande de lealtad a los que ya no están. Yo recuerdo muy bien cómo era la vida cuando era niño, en la gente trabajadora del campo, en una provincia tan atrasada como Jaén, cuando quedaban todavía huellas del enorme retroceso de la postguerra, y había señales muy visibles de la brutalidad de la dictadura. Pero había también cosas valiosas que desaparecieron muy poco después, y que yo tuve la suerte de conocer de primera mano. Creo que la nuestra es la última generación que conoció aquel mundo. 
Las personas que me educaron carecían de una cultura formal pero me enseñaron cosas que siguen siendo fundamentales para mí. Por ejemplo, la integridad en la dedicación al trabajo. Lo que se hacía tenía que hacerse bien, con una paciencia y una destreza que a mí me irritaban de adolescente, porque no tenían nada que ver con la recompensa inmediata. Y también una actitud escéptica que es muy propia de la gente del campo, y creo que de la gente trabajadora en general: el recelo hacia la palabrería, y más aún hacia los fervores colectivos. Tuve la suerte de que me educaran personas discretas, muy formales a la manera popular de antes, muy sobrias, muy conscientes de la limitación de los recursos y las expectativas. Es una ética quizás anacrónica, pero como tantas cosas anacrónicas me parece que en esta época de emergencia ambiental tiene de pronto un gran futuro.

Permíteme una conjetura. De igual manera que numerosos escritores de clase social acomodada (no todos, claro está), tienden por reacción a los modos expresivos populares, incluso naturalistas o plebeyos, los de origen humilde se implican con frecuencia en lo que pudiéramos denominar la conquista de un estilo literario de gran relieve estéticoFrancisco Umbral sería un caso paradigmático al respecto, pero hay otros (García MárquezLuis Landero), entre los que yo incluyo tus novelas iniciales. Todavía en Plenilunio, que releí hace poco, se observa un trabajo minucioso de orfebrería verbal. Los periodos de la oración son largos; la sintaxis, acumulativa; el vocabulario, culto. En vano esperaría el lector de estas novelas tuyas frases sucintas del tipo: “Eran las tres. Llovía”. 

Gabriel Celaya, hijo de un empresario, nos decía que debíamos escribir de modo que nos entendiesen los obreros, y yo, hijo de un obrero, lo contradecía en un bar de la Parte Vieja donostiarra, a finales de los setenta, afirmando que a nosotros no nos gustaba que nos hablasen como esos padres que se inclinan sobre el carrito del bebé y se dirigen a la criatura remedando sus balbuceos e infantilizando el lengaje. Nosotros queríamos alcanzar la lengua alta, y disfrutar de Faulkner y Vicente Aleixandre, y escapar de nuestro precario mundo intelectual, y aprender idiomas, y formar nuestros propios criterios, y ganar libertad por nuestra cuenta. No descarto que, por inercia de aprendices, nos pasáramos de largo en más de una ocasión. Algo me dice que estas especulaciones mías, aunque quizá no las compartas, te han rondado más de una vez en el pensamiento.


Es una teoría llamativa... Como si hubiera en nosotros una necesidad de mostrar facultades que se nos pondrían en duda, ¿no? España es muy clasista, desde luego, y el mundo literario más. A mí me han llamado cateto más de una vez. El cateto que se da importancia escribiendo de Nueva York, etc. Lo que me temo es que por influencia de las lecturas de nuestra juventud, los barrocos del boom y las traducciones de Faulkner, quizás algunos de nosotros nos dejamos llevar por una propensión a las sobreabundancias verbales, que por otra parte son siempre un peligro de nuestro idioma verboso, no disciplinado por el ensayismo científico, o por el simple escepticismo laico, a la manera de 
Montaigne. A mí quien me ha influido mucho, porque me gusta mucho, muchísimo, es Proust, pero él nunca cae en la palabrería ni en el amontonamiento barroco. Una frase suya muy larga está construida tan inflexiblemente como una secuencia musical. Yo siento desde hace años una gran necesidad de contención. Creo que la lengua inglesa me hizo consciente de formas de expresión más concisas. Ahora a veces miro una frase que acabo de escribir y la separo con puntos o puntos y coma a propósito. Pero es la lucha constante contra uno mismo, la insatisfacción sin remedio.


Este asunto de los escritores que viven en contacto estrecho con idiomas que no son aquel en el que escriben me afecta de lleno. Yo resido de manera permanente en Alemania desde hace más de treinta años. Mi lengua de uso cotidiano es el alemán, y mi roce con su literatura y sus medios de comunicación es constante. Al principio me persuadí de que el idioma adquirido podría redundar en perjuicio del materno. Temí que le arrebatara espacio en el cerebro, me expusiera a continuas interferencias (cosa que a veces me sucede) o, en fin, perturbase mi trabajo literario. Hoy veo esta convivencia de los dos idiomas dentro de mí como un incentivo para la escritura. De hecho, he aplicado en no pocos de mis libros recursos habituales de la lengua alemana, como el de componer conceptos nuevos mediante la fusión, en mi caso con barra en medio, de dos o más palabras. Otro trasvase intencionado puesto por mí en práctica de un tiempo a esta parte es el uso frecuente del participio activo. Y, de vez en cuando, calco expresiones típicas del alemán (serrar los nervios, por ejemplo). Estas peculiaridades lingüísticas sacan de quicio a algunos opinantes que me son tradicionalmente adversos, los cuales hacen sus pinitos filológicos, por supuesto desacertados, con los que ponen la guinda a mi diversión. Te cuento todo esto porque me gustaría saber hasta qué punto la lengua inglesa ha influido en tu manera no sólo de escribir, sino de captar, nombrar y describir la realidad, al hacerte tal vez consciente de algunas carencias de la lengua española o de algunas posibilidades para la creación literaria en las que, sin la familiaridad con el inglés, acaso nunca habrías reparado.

Mi inmersión en la lengua inglesa ha sido mucho menos completa que la tuya. Mis periodos en Estados Unidos han alternado con otros igual de largos o más en España, y además el español ha sido siempre, aquí o allí, el idioma de mi vida privada y familiar. No obstante, creo que el contacto con el inglés me ha servido para unas cuantas cosas útiles, como escritor y como lector. Lo primero de todo, la cercanía con un idioma mucho menos propenso a las largas duraciones sintácticas y a la proliferación verbal que el español. Culturalmente, no filológicamente, creo, el inglés es una lengua mucho más contenida, más seca, más precisa que la nuestra. Eso se nota mucho en la escritura de no ficción, desde los periódicos a los libros de historia o de divulgación científica, pero también en la literatura.

Luego está que el otro idioma, al mostrarte singularidades que el hablante nativo no advierte, porque forman parte de su instinto expresivo, te hace consciente de esas singularidades equivalentes en tu lengua. Un ejemplo concreto serían los giros, las expresiones, las construcciones verbales en las que con frecuencia hay una gran poesía implícita: vi el cielo abierto, se me cayó el alma a los pies, las paredes oyen, etc. Paradójicamente, un contacto muy importante para mí en Nueva York ha sido con la variedad de las otras hablas españolas de Estados Unidos y de América latina. Eso te enseña la humildad de que la lengua que tú hablas es una variante entre otras muchas, y no la más musical, ni la más flexible. Literariamente, donde más me he detenido a explorar los cruces y las contaminaciones entre el español y el inglés en Estados Unidos fue en mi novela corta 
Carlota Fainberg, que está escrita en una mezcla burlesca de spanglish y de jerga universitaria.


Desde hace varios meses publico en el diario El Mundo un artículo dominical. Eres mucho más veterano que yo en estas lides y me pregunto cómo gestionas la actividad. Para empezar, no es lo único que los dos escribimos. En mi caso, no me puedo permitir más de un día y medio para cada artículo, pues necesito horas y espacio mental para la creación literaria. No sé tú, pero yo no tengo problemas para escribir con el ordenador portátil en aeropuertos, aviones, cafeterías o cuartos de hotel. Así y todo, los viajes numerosos me rompen el ritmo de trabajo y a menudo, si están combinados con actuaciones públicas y tareas de promoción, me imposibilitan la escritura. Como detesto trabajar apresuradamente, acostumbro mantener una despensa de artículos, nunca menos de tres, y de ese modo me marcho de casa tranquilo.

Yo recuerdo a un compañero de letras, durante un festival de literatura, que se tuvo que retirar al hotel a toda velocidad porque se le agotaba el plazo de entrega de su columna de periódico y andaba el hombre angustiado porque no sabía sobre qué escribir. Sería interesante que contaras cómo compaginas el articulismo con la dedicación a géneros literarios que requieren perseverancia y tiempo, como la novela, y de qué recursos, hábitos o mañas te sirves para cumplir a carta cabal con tu compromiso de cada sábado en Babelia.


Mi técnica es muy sencilla, y la voy perfeccionando con el tiempo: no viajar, o viajar lo mínimo. Los viajes largos me agotan, me descentran, me quitan el sueño. Los aeropuertos son cada vez más desagradables. Así es que procuro quedarme en mi casa, o viajar en tren, y no ir muy lejos. A mí lo que me gusta de la literatura es leer y escribir, no hacer vida social de escritor. Cuando tengo que promocionar un libro me comprometo al mínimo de obligaciones que sea imprescindible, y grato. Además, no sé escribir artículos por adelantado. Necesito la inmediatez de la entrega. 

Y al mismo tiempo necesito sosiego para preparar el artículo, ya que los que yo escribo en Babelia son más bien crónica que columnas de opinión. Procuro contar algo, un libro, una exposición, un concierto. Al menos un día de la semana está reservado a esa tarea. Y como es una disciplina que tengo muy interiorizada, ese día siempre queda en reserva, incluso cuando estoy escribiendo un libro. A veces la tarea del libro y la del artículo se contaminan entre sí. Más de una vez un tema que he tratado en una crónica se convierte luego en tema de un libro. Y lo que me tiene ocupado en el libro de vez en cuando se filtra a los artículos que escribo. Todo es parte del mismo oficio, claro.


Con frecuencia mencionas en tus escritos la música y los músicos. Por cierto, te debo, a raíz de la lectura de un viejo artículo tuyo, el conocimiento del pianista de jazz Art Tatum, de quien yo no había oído hablar hasta entonces. Aprovecho la ocasión para darte las gracias. Otros parecen recriminarte la costumbre de llegar antes y por méritos propios adonde a ellos les gustaría estar; pero no vamos a subir aquí a nadie al escenario. Yo advierto en ti una confianza loable en la capacidad mejoradora del ciudadano que atribuyes al arte, a la educación, al ejercicio del gusto estético; en fin, a la cultura vinculada con el estudio, los viajes, la observación de la realidad, al ingrediente artesanal del oficio literario.

Pero, claro, una cosa es postular todo esto y otra expresarlo con el “plectro sabiamente meneado”, que decía fray Luis de León. Salta a la vista que eres un melómano. Pienso que no es improbable que haya un punto de criterio musical en tu particular manera de modular por escrito la lengua española. Hay en nuestra literatura casas más ásperas, cabañas más coloquiales, perfectamente legítimas por lo demás. Me pregunto hasta qué punto tu afición por la música se refleja en tu escritura. Dicho de otro modo, si concedes importancia a los aspectos sonoros, rítmicos, armónicos, del arte de expresarse en prosa, ya sea en una página de novela, en un artículo de prensa o en una reflexión sobre la sociedad de tu tiempo.


Es verdad lo que dices: yo soy por inclinación un “Ilustrado”, a la manera militante de los del XVIII y los de la Institución Libre de Enseñanza, y estoy convencido de que la educación puede hacer mejores a las personas, y ayudarles a desarrollar sus mejores capacidades y a disfrutar más de la vida. Ser culto no garantiza ser justo, ni mucho menos. Pero una formación humanista que favorezca el ejercicio práctico de los valores democráticos y el disfrute de las artes, incluso la práctica amateur de algunas de ellas, creo que puede ayudar a que la vida privada y la vida en común puedan ser mejores.

Con respecto a la música, aparte de la felicidad que me da, me inspira cosas que influyen en mi trabajo, y que tal vez podría resumir en una frase: la música me enseña a buscar el equilibrio entre la fluidez y la forma en la escritura, a entender lo escrito no como un bloque que se moldea, digamos, sino como una corriente que fluye, palabra por palabra, frase por frase, con sus interrupciones, sus silencios, sus quiebros, etc. Quisiera que el lector tuviera la sensación de estar asistiendo al presente en el que sucede la escritura, de estar notando una pulsación, un discurrir no predeterminado. Luego la música tiene algo que es muy útil como lección de humildad para los que trabajamos con palabras y creemos que sin ellas no pueden decirse las cosas. La música es un lenguaje expresivo autónomo, irreductible, una existencia. También puede enseñarnos en la búsqueda de las dos cosas más difíciles que hay en este trabajo: la del comienzo, la del final. Por no hablar de algo que tú has trabajado mucho en Patria, y que puede entenderse en términos musicales, la polifonía, la suma de voces muy diversas.



En un pasaje de Todo lo que era sólido escribes lo siguiente: “En un país donde se celebra el despechugamiento expresivo y se presume de espontaneidad es muy raro que se llame a las cosas por su nombre”. No es difícil advertir en tus escritos signos de confianza en las posibilidades de construcción personal y social asociadas al conocimiento y dominio de la lengua. Siempre que falla el hombre, falla su lenguaje. Al menos eso es lo que a mí me ha enseñado la experiencia; aunque no ignoro que hay sinvergüenzas que se expresan muy bien y entienden mucho de Química, Derecho o Politología.

Antonio Escohotado gusta de vincular el conocimiento con la libertad, cosa que disgusta a los señoritos revolucionarios, conscientes de que se quedarían sin tarea si cada cual tuviera la llave de su propia liberación. Me estaba yo preguntando qué peso tiene en esta consideración tuya relativa al poder mejorador y, en suma, liberador de la lengua la circunstancia de que seas miembro de número de la RAE. Los años te han convertido en uno de los más veteranos de la institución, por cierto.



La precisión en el lenguaje me parece un deber ético y estético. En eso soy discípulo de los escritores claros, los maestros de la naturalidad de nuestra lengua, antes de que la sofocaran la Inquisición y el barroco: Juan de Valdés, CervantesSanta Teresa, Fray Luis. También de mi otro maestro, fundador de la prosa reflexiva, Montaigne. Y por supuesto de Flaubert con su obsesión por la palabra justa, y de la poesía, y, como te dije antes, del contacto con la lengua inglesa. Por no hablar de la claridad del habla popular campesina que escuché cuando era niño. Me molestan mucho la verbosidad, la imprecisión, el desaliño, por un motivo práctico: hablar mal y escribir mal es pensar confusamente y engañar. Todo el que se expresa con confusión y oscuridad es que tiene algo que ocultar. De ahí las jergas insufribles de las dictaduras, del lenguaje corporativo, de los grupos ideológicos de vocación autoritaria. La pereza expresiva es un pecado muy grave. Esa manía ya estaba en mí antes de entrar en la Academia. En ella, al trabajar en el diccionario, me hice más consciente todavía del valor de claridad y la precisión, y de la dificultad enorme de definir hasta lo más simple.



Tengo una vieja duda, Antonio, de la que intuyo que tú podrías sacarme. ¿Qué se ve desde los cerros de Úbeda?



Desde los cerros de Úbeda se ven más cerros todavía, casi todos cubiertos ahora de olivares, y se ve también el valle del Guadalquivir, y más allá la Sierra de Cazorla y la Sierra de Mágina. Ese paisaje es el horizonte de mi memoria. 

14/8/18


JULIO CÉSAR CASTRO (JUCECA)

LA VUELTA DE DON VERÍDICO


CUADRAGESIMOSÉPTIMA ENTREGA


DOS CRIOLLOS


“Pero como no hay desgracia
que no acabe alguna vez…”
(del Martín Fierro)


Hombre que supo ser asunto serio pal mate, Cloruro Virola, el entreverau con Anzueluda Virola, mujer más desabrida que fumar contra el viento.


Cloruro la conoció una tarde, cuando él salía de la peluquería del negro Termostato Corujo, el día que el negro estrenaba sillón giratorio.


Pa festejar el estreno, el negro se había mandau al buche sus buenas cañas y hacía girar el sillón por gusto, pa divertirse, de novelero nomás.


Después, en lugar de afeitar pasando la navaja por la cara del cliente se quedaba quietito con la navaja a la altura de la cabeza del otro y le hacía dar vuelta el sillón. Buen pulso el negro. En toda la tarde bajó nada más que dos orejas. Que después los clientes vinieron a reclamar las orejas pal injerto, él se las dio cambiadas, y los pobres quedaron escuchando cualquier cosa porque estrañaban.


A Cloruro lo afeitó en siete vueltas de sillón, sin un tajito, pero después no le podía parar el sillón que había agarrau una velocidá infinita. Cloruro a los gritos prendido al sillón y apenas si se veía pasar frente al espejo y el negro a las risas y aquello que no paraba y los gritos del otro “Pareló… pareló negro del diablo, pareló que me reviento, carajo!”.


Como el negro se había tirado en el suelo a reírse, Cloruro se quiso bajar con el sillón a toda velocidá. Salió como si lo hubieran tirado a la pedrada, y embocó justo en la puerta. Quedó abrazau a la china que pasaba en ese momento, y como seguía dando vueltas se la llevó bailando como dos leguas.


Era mujer con compromiso. Dende hacía un tiempito vivía con Eructante Florete, hombre malo. Un día que la mujer compró escoba nueva él fue y le cortó el palo, pa que tuviera que barrer agachada. Después, al piso de tierra le pasó papel de lija pa que largara bastante polvillo. Como la mujer se pasaba el día agachada, él la usaba como mesita ratona pa ponerle arriba la tabaquera, el mate, la caldera y los fóforos. Si le caía algún amigo la usaba pa jugar a la baraja, y dos por tres le quemaban el lomo con los puchos. Era un hombre malo.


Al perro en lugar de tirarle güesos le tiraba fierros. “¡Ahí tiene un caracú y que le aproveche!”, le decía, y le tiraba una tuerca. Si el perro le saltaba arriba pa hacerle fiestas, él le sacaba el cuerpo pa que se diera contra el suelo. Pa que no moviera la cola cuando estaba contento, se la ató con un alambre a una pata de atrás. Cuando el animalito se alegraba y hacía fuerza pa mover la cola, se le reviraba la pata y ¡ñácate!, perro al suelo. Al final nunca movía la cola porque maldito si tenía de qué estar contento. Eructante era un hombre malo.


Cuando se enteró que Cloruro al salir de la peluquería le había llevau a la mujer bailando un par de leguas, salió a buscarlo.


Lo fue a buscar al boliche El Resorte. Taban la Duvija, Curitibo Merluso, el tape Olmedo, Oh Salve América Goyete, el pardo Santiago, Rosadito Verdoso, el Aperiá Chico y Furibundo Fu, tomando unos vinos y jugando a la payana.


Lo primero que hizo Eructante Florete al entrar, fue patearles las payanas. El hombre venía facón en mano, y golpeó con el fierro arriba del mostrador. El barcino se corrió pa la otra punta. Pa evitar un encontrón, que nunca falta cuando un pobre juega a la payana, naides le dijo nada.


El hombre se acodó a tomar una caña. Del techo venía bajando una arañita por su tela, feliz y contenta se dejaba caer, cuando Eructante le puso el pucho prendido por donde ella venía. Se ve que sintió el calor en la colita porque pegó una trepada por la tela que no se le veían las patas. Era un hombre malo.


Cuando Rosadito Verdoso le iba a reventar un cajón de higos en la frente, dentró al boliche Cloruro Virola, bien afeitadito y descuidado. El otro, facón en mano, le pegó el grito:


-¡Cloruro Virola! ¡Lo estaba esperando pa darle una afeitada en seco y sin cobrarle nada pa que sepa respetar las chinas con dueño. ¡Si es macho, desenvaine!


Cloruro echó mano a la cintura, y sacó mate y bombilla. Con una cosa en cada mano le hizo frente:


-¡Aquí estoy a su mandau, bombilla plata y oro con iniciales grabadas, y le diré que esa china baila como la mona!


A Eructante se le pusieron las vistas como soplete, ya le iba a llevar la carga cuando se metió en el medio la Duvija.


-¡Alto ahí! Una de dos; se baten a facón o se baten a mate y bombilla, porque así la cosa es muy dispareja y no es custión.


Como Cloruro no tenía facón, se batieron a mate amargo. Tres días con sus noches tomando mate sin aflojar, los cebadores se turnaban pa no acalambrarse. El Aperiá Chico no daba abasto pa calentar agua en un tanque, mientras el pardo Santiago iba talando un monte pa sacar leña pal fuego.


Tres días con sus noches, meta mate y dale que va. Terminaron la barrica de yerba, y los dos últimos mates taban tan lavados que se les veía el fondo.


El tape Olmedo hacía de juez, y dio el fallo:


-Esto ha sido clavau un empate.


Eructante y Cloruro eran dos criollos, y dos criollos tres días con sus noches tomando mate, al final terminaron como hermanos.


Cuando se despìdieron se pegaron un abrazo y no faltó algún lagrimón.


Ya en el adiós, Eructante le dijo al otro:


-A ver si mañana te das una vuelta por mi rancho, muchacho.


-Cómo no hermanito, te voy a caer temprano pa tomar unos mates.


-Bueno -dijo Eructante-, pero traéte la yerba y el tabaco, que yo pongo la mujer pa que cebe hasta que se acalambre.


Era un hombre bastante malo.