30/9/16


AURELIO GONZÁLEZ CANTÓ LAS 40


UNA VIDA DE PELÍCULA


por Gerardo Tagliaferro


PRIMERA ENTREGA


"Jamás se me pasó por la cabeza ser fotógrafo, ni mucho menos que un día iba a sacar un libro, hacer un documental e ir por muchos países dando conferencias", dijo Aurelio González, que contestó Las 40 de Montevideo Portal.

Que no me embromen: la vida de este hombre la libretó algún guionista en plena inspiración. "La trama va evolucionando en medio de sobresaltos hasta el desenlace final, sin que falten las vueltas de tuerca ni las triquiñuelas del azar", podría decir la crítica.

El muchachito nace en un país que no es el de sus mayores, pierde a su padre a los 5 años y antes de cumplir los 20 conoce la cárcel. Poco después se precipita hacia lo desconocido como polizón en un barco transatlántico y llega, solo y con lo puesto, a un país del que apenas sabe que es campeón del mundo de fútbol. Duerme en el banco de una plaza y conoce a otro viajero solitario que sobrevivió a la guerra y la tuberculosis y que le enseña el oficio de fotógrafo. Así consigue trabajo en un diario comunista y eso le abre la mente a los conflictos sociales, en épocas de barricadas y gases lacrimógenos.

La cámara del polizón convertido en fotógrafo registra como ninguna todo eso y, cuando ve amenazado el testimonio de toda esa pasión propia y ajena, esas imágenes que están destinadas a las generaciones futuras, toma una dramática decisión: huye pero esconde el tesoro. Regresa al lugar años después y comprueba con desazón que el tesoro oculto desapareció. Pero, obviamente, hay un final feliz: cuando ya casi no había esperanza y por los increíbles vericuetos del quién sabe qué, un día los negativos perdidos aparecen. 

Para quienes todavía no la vieron, el protagonista es Aurelio González, un español nacido en Marruecos y llegado como polizón al Uruguay, que fue fotógrafo de El Popular hasta que la dictadura clausuró el órgano oficial del PCU. El 6 de julio de 1973 escondió en un recoveco del edificio Lapido -sede del diario- los negativos resultantes de esos años de trabajo y cuando poco después marchó al exilio, vivió pensando en volver un día y recuperarlos. Eran más de 100 mil fotogramas que documentaban buena arte de la vida política de un país convulsionado. 

En 1985, cuando pudo regresar, fue al Lapido y todo había cambiado. El rincón ya no era tal y de las latas ni noticia. Más de veinte años después vino a dar con el relato de un hombre que cuando niño vivía en el Lapido y jugaba con unas latas con fotos. Y el hombre sabía dónde estaban ahora.

Aurelio ha contado miles de veces la historia pero cada vez es como si fuera la primera. Lo ha hecho incluso en documentales y hasta en un libro de María Esther Gilio. Sentado ahora en un rincón cualquiera del Centro de Fotografía de Montevideo, se apasiona otra vez reviviendo los detalles de esta superproducción de la vida real y su propia vida de película. Mueve los brazos, gesticula, se ríe, se le iluminan los ojos y la voz. Es un adolescente de 84 años, feliz con sus fotos renacidas y con sus recuerdos.

1) Nació en Marruecos y vivió ahí hasta los 17 años, pero sus padres son españoles. ¿Por qué estaban en Marruecos?


Porque mi padre era militar y fue destinado a Marruecos. Somos una familia de 10 hermanos y nacimos allí los últimos tres.


2) ¿Cuántos de los 10 hermanos viven?


Cuatro. El único que vino para acá fui yo, los demás fueron más inteligentes (se ríe). Siempre estuve en contacto con ellos y estuve varias veces allá. En Marruecos ahora queda solamente un sobrino, los tres hermanos vivos están en España. Hace dos años estuve de visita.


3) Se crió en una cultura muy diferente a la nuestra.


Totalmente. Dese cuenta que es un país árabe, con su religión mahometana, con sus tabúes. Igualmente era un ejemplo en aquel momento de convivencia agradable entre tres culturas: los árabes, la colectividad judía que era muy numerosa y los cristianos, que eran básicamente españoles. Y no había conflicto. Tampoco había entrevero: los españoles se casaban con las españolas, los judíos con las judías y los árabes con las árabes. Pero había una convivencia totalmente pacífica.

4) Vino a Sudamérica como polizón en un barco.

Sí, no tiene mucho mérito lo mío. Yo no buscaba hacerme rico ni era perseguido.


5) ¿Y qué buscaba?


Según mi madre, yo no me conformaba con nada. Si estaba aquí me gustaba más estar allá, pero cuando llegaba allá resulta que esto era mejor. Eso me costó tres meses de prisión: yo vivía en el Marruecos español y al lado estaba el Marruecos francés, y Francia estaba varios pasos delante de España. Entonces con Mauricio, un muchacho de la colectividad judía pensamos en irnos del lado francés. Pasamos la frontera clandestinamente y nos agarraron en Casablanca, indocumentados. En ese momento Francia estaba en guerra en Indochina, la actual Vietnam, entonces precisaban carne de cañón. Nosotros teníamos 18 años y nos propusieron enrolarnos en la Legión Extranjera por cinco años e ir a la guerra en Indochina. Dijimos que no y nos metieron tres meses presos.


6) La opción era la Legión Extranjera en Indochina, o la cárcel.


Claro. Fuimos a juicio en el que nos defendió una abogada de oficio, que no dijo ni media palabra y nos condenaron a tres meses de prisión. Una prisión como cualquier otra en el mundo: superpoblada. Quedamos en celdas distintas, llenas de marroquíes y algún que otro francés. Celdas para dos en las que a veces había siete; teníamos que dormir en el suelo.


7) ¿Fue muy dura la experiencia?


Fue dura, pero uno tenía 18 años y hubo algo que nos cambió la vida. Llevábamos 15 o 20 días de estar presos y sin oficio de presos, cuando viene uno de los funcionarios de la cárcel y nos propone anotarnos para trabajar de lunes a sábado en la construcción de casas para la policía de Casablanca. Entonces, todos los días nos levantaban a las 7, pasaban lista, nos subían en camiones y nos llevaban a un lugar cerca de Casablanca. Ahí pasamos los tres meses, trabajando en la construcción. Por eso no fue tan grave.


8) ¿Qué hizo cuando salió?


Tuve que hacer el servicio militar y fui a parar a una ciudad cercana a Cádiz que se llama San Fernando. Ahí estuve otros tres meses aprendiendo tonterías: cómo desfilar, cómo tirar una bomba de mano... pasamos hambre ahí, era una época muy difícil en España, coletazos de la guerra mundial, España aislada... Cada familia española tenía uno o dos tuberculosos por la hambruna. De ahí nos trasladaron a Las Palmas de Gran Canaria, donde la vida no era para nada desagradable. Pero yo quería salir de esa situación y como me gustaban mucho los barcos y observaba los transatlánticos que cruzaban el Atlántico rumbo a Río de Janeiro, Santos, Montevideo y Buenos Aires, decidí meterme en uno de polizón.


9) Era un aventurero.


No sé si se le puede llamar así, un aventurero de tercera categoría en todo caso (se ríe). No le tenía miedo a qué pasaría mañana, esa inquietud para mí no existía. Mañana es mañana, se resolverá. Yo caminaba así en la vida. Cuando terminé el servicio militar, casi sin plata, me fui a dormir al puerto. Una mañana me desperté y vi un gran barco, que se llamaba Andrea. Averigüé a dónde iba y decidí subirme. Yo tenía mucho oficio, no me detenía ningún muro, la verdad.


10) Esa característica le fue muy útil años después, en su oficio.


Claro. Y entonces esperé que bajaran los pasajeros, que siempre lo hacían para recorrer, comprar artesanías y esas cosas, y cuando vi que bajó un grupo de italianos en el que iban algunas muchachas jóvenes, los seguí. Vi que compraron algunas cosas y yo compré media docena de bananas, envueltas en un papelito. Cuando regresaron me mezclé con ellos y cuando llegamos a la escalinata del barco vi la figura del capitán, allá arriba, con su uniforme blanco impecable, recibiendo a los pasajeros. Ya no podía echar para atrás y tuve la suerte de que aquellas muchachas que venían en el grupo empezaron a bromear con aquel capitán elegante, de buena pinta: "¿Qué compraste? ¿Qué no compraste?" Y lo distrajeron y ahí me colé.

11) ¿No sintió miedo?

No, para nada, yo sabía dónde me metía. Además había estado embarcado otras veces porque había trabajado en barcos. Me escondía para dormir donde guardaban las pinturas y las herramientas, pero el 2 de noviembre, los marineros en lugar de trabajar desde las 8 de la mañana arrancaron a las 4 para tener la tarde libre y ahí me agarraron durmiendo. Me dijeron que me iban a devolver, que me iban a trasbordar a un barco que iba para Europa. Pero entonces me escondí seis horas y cuando salí, ese barco ya se había ido.


12) Les ganó.


Me encerraron en un calabozo que improvisaron ahí hasta que apareció el primer oficial, al que le caí bien y me dijo que había convencido al capitán de que me dejaran en Montevideo. Incluso hicieron una colecta y me bajaron con un montón de miles de liras, que al cambio de la época eran 36 pesos uruguayos. Era el 14 de noviembre de 1952 cuando llegué a Montevideo, el día que cumplía 22 años.


13) ¿Sabía algo de Uruguay?


Cuando estaba preso se estaba jugando en Brasil el mundial de 1950. Y uno de los guardias tenía una radio con la que escuchaba y así me enteré que Uruguay había salido campeón. El guardia hablaba admirado de Uruguay, un pequeño país, campeón del mundo. Cuando me metí en el barco de polizón, yo sabía que venía para Sudamérica pero no sabía a qué lugar. Y cuando me enteré que llegaba a Uruguay dije: "¡El campeón del mundo!"


14) Trabajó en la construcción y aprendió fotografía con un español al que usted le hizo lugar 
en su casa.


Sí, cuando llegué no quería gastar los 36 pesos y dormía en la calle. Un día vi un aviso que decía: "Reunión antifranquista, 18 de Julio 1323". Me fui para allá y ahí me cobijaron unos chicos en una pensión de la calle Joaquín Requena. Un día apareció Lucio Navarro, un español que había estado en la guerra civil, recién salido del Saint Bois. Llegó muerto de hambre y enfermo, y nos pidieron si alguien le podía dar un lugar. Con 22 años, yo dije: "Yo puedo, aunque mi vivienda es muy humilde".


15) ¿Seguía viviendo en la pensión todavía?


No, a esa altura estaba viviendo en la calle Dante 1985; aquello era un gallinero, no un apartamento, al fondo de otro apartamento. Ahí llevé a este español, flaco como un tallarín. A los cuatro meses se había repuesto, agarró novia y se casó y todo (se ríe). Él me quiso pagar y fue así que insistió para enseñarme fotografía. Yo no quería al principio, no me interesaba.


16) ¿Nunca había sacado fotos antes?


No, jamás se me pasó por la cabeza, ni mucho menos que un día iba a sacar un libro, hacer un documental e ir por muchos países dando conferencias. En mi familia nadie, con una vida más ordenada, jamás ha escrito un libro ni ha viajado invitado a ningún lado (se ríe). Estuve en París dando una charla en La Sorbona, por ejemplo, hace siete u ocho años. Después estuve hace un par de años en Grenoble, donde se dio el documental "Al pie del árbol blanco".


17) Cuando trabajaba en El Popular y andaba todos los días con su cámara registrando lo que sucedía, ¿sentía que estaba haciendo algo trascendente?


No, si seguí con la fotografía se debió a que muchas veces iba a hacer notas a obreros de la construcción que estaban levantando edificios en Pocitos y ellos vivían en ranchos de lata con piso de tierra. Y yo decía "esto es injusto". Ahí se me despertó el interés por cambiar las cosas y me afilié al Partido Comunista. Hasta hoy estoy afiliado. Vivíamos en una democracia pero con muchos problemas: haciendo mi trabajo muchas veces fui golpeado, me fracturaron una mano a sablazos, me rompieron una costilla... en democracia.

18) Entre tantos hechos que registró con su cámara, están las marchas cañeras de principios de los 60.

La primera marcha desde el interior de la que participé fue de los peones de tambo. Hombres que tenían cayos en las manos todos ellos, se llamaban entre ellos "milicos de tambo". Y un día se organizó una huelga por mejores condiciones de vida y se hizo una marcha de la que participé como fotógrafo. Y ahí vi la realidad. Luego vinieron los cañeros, los textiles, la gente del Anglo y nosotros como diario de la clase obrera estábamos presentes.


19) ¿Cuándo le quebraron la mano de un sablazo?


Fue en el 64 o 65, en 18 de Julio y Julio Herrera y Obes en una movilización de estudiantes por el presupuesto de la Universidad. Todo eso lo viví muy de cerca, saqué fotos de jóvenes muertos por las balas.


20) De Susana Pintos por ejemplo.



Sí, de Líber Arce, de Heber Nieto, de Ramón Peré.

29/9/16

DOS CUENTOS DE ISAAC BÁBEL


Isaac Bábel (Odesa-Ucrania, 1894-1940) es, tal vez, el cuentista ruso más importante de la primera mitad del siglo XX. Autor de Caballería roja y los Cuentos de Odesa, además de otros relatos, escribió también artículos periodísticos y recuerdos sobre algunos escritores contemporáneos. Fue fiel al precepto de Pushkin de que precisión y brevedad son las verdaderas virtudes de la prosa.



Al contado



Tengo una conocida, la señora Kebchik. En sus tiempos, asegura la señora Kebchik, ella no lo hacía por menos de cinco rublos al contado.


Ahora atiende en un departamento familiar con dos muchachas: Marusia y Tamara. Marusia es más solicitada que Tamara.


Una ventana del cuarto de las muchachas da a la calle, otra es un respiradero bajo el techo, en el baño. Cuando lo advertí, le dije a Fanny Osipovna Kebchik:


-En las tardes podemos acercar una escalera a la ventanita del baño. Yo puedo subir por ella y echar una mirada al cuarto de Marusia. Por esto le daré cinco rublos.


Fanny Osipovna respondió:


-Ah, qué hombre más travieso! -y estuvo de acuerdo.


Con frecuencia ella recibía los cinco rublos. Yo utilizaba la ventanita del baño, cuando Marusia tenía visita. Todo iba bien, hasta que una vez sucedió algo estúpido. 


Yo estaba de pie en la escalera. Marusia, por suerte, no había apagado la luz. El cliente, en esta ocasión, era un hombre agradable, poco exigente, alegre y larguirucho, casi inofensivo, de bigotes largos. Se desvistió con parsimonia: se quitó el cuello de la camisa, se miró al espejo, se encontró bajo los bigotes un granito, lo examinó y lo exprimió con un pañuelo. Se quitó un zapato y también lo examinó, para ver si no tenía en la suela algún defecto.


Luego se besaron, se desvistieron y se pusieron a fumar un cigarro. Yo me dispuse a bajar. Pero en ese preciso instante sentí que la escalera se deslizó y tambaleó bajo mis pies. Me agarré a la ventana y arranqué el marco de la ventanilla. La escalera cayó con estrépito. Y yo quedé colgado del techo. En todo el departamento cundió la alarma. Fanny Osipovna, Tamara y un funcionario del ministerio de las finanzas que se encontraba en el apartamento, se agolparon alrededor y me bajaron. Mi situación era lamentable. Al baño entraron Marusia y su desvaído cliente. La muchacha me escudriñó atentamente y pasmada apenas murmuró:


-Miserable, ah, qué canalla…


Luego se calló, nos lanzó a todos una mirada absurda, se acercó al larguirucho y, por alguna razón, le besó la mano y lloró. Lloraba y le decía, mientras le seguía besando la mano:


-Querido mío, oh Dios, querido…


El larguirucho permaneció ahí haciéndose el tonto. El corazón me latía estrepitosamente. Me arañé la palma de la mano y me acerqué a Fanny Osipovna.


Al cabo de un rato Marusia se enteró de todo. De todo lo conocido y todo lo olvidado. Y yo me preguntaba por qué la muchacha besaba la mano del larguirucho. 


-Señora Kebchik -le dije-, présteme la escalera por última vez, le daré diez rublos al contado.


-Usted se ha vuelto loco, como su escalera -me respondió, pero consintió en dármela.


Y otra vez me subí al respiradero, di un vistazo de nuevo y vi cómo Marusia abrazaba al larguirucho con sus brazos delgados y lo besaba lentamente, mientras de sus ojos caían unas lágrimas.


-Querido mío -susurraba- oh Dios, querido mío -y se entregaba con pasión a su enamorado. Y su rostro se iluminaba de tal modo como si no hubiera en el mundo nadie más que su larguirucho defensor. Y el larguirucho se veía henchido de felicidad.




Cuento sobre una mujer




Se llamaba Ksenia. De pechos enormes, hombros redondos, ojos azules. Así era ella.
A su marido lo mataron en la guerra. La mujer vivió tres años sin esposo, sirviendo donde una familia rica, a la que preparaba alimentos tres veces al día. Para cocinar no utilizaba leña, sino carbón. El calor era insoportable, en el carbón las rosas de fuego humeaban.


Trabajó tres años para los señores y fue honesta con los hombres. ¿Acaso podía esconder el enorme pecho?


Al siguiente año fue a ver al doctor y le dijo:


-La cabeza me da vueltas, a veces el fuego arde, a veces está en calma…


Y el doctor le respondió:


-Usted no tiene nada, ¿tiene pocos pretendientes? Ah, mujer…


-Es que no me atrevo -dijo llorando Ksenia-, soy una tierna…


Y era cierto que era tierna. Los ojos azules de Ksenia dejaban entrever una lágrima amarga.


Aquí entra en acción la vieja Morozija, la dueña de la casa. Era la partera y curandera de toda la calle. Atendía casos de vientres despiadados, donde ni siquiera la hierba crecía. 


-Yo a ti, Ksenia, te resolveré el problema. La tierra seca se agrieta. La lluvia divina le es imprescindible. Y yo te he traído esa lluvia. Se llama Valentín Ivánovich. Es feo, pero ingenioso y sabe componer canciones. No tiene buen cuerpo, el cabello largo, los granos se le tornasolan con el arco iris. ¿Y lo que Ksenia necesita, acaso, es un toro semental? Compone canciones y es un hombre, no puedes encontrar nada mejor en el mundo.


Ksenia sabe preparar crepas por montones, empanadas con pasas. Y en su cama están tendidos tres edredones de pluma, seis almohadas también de plumas, todo para que Valentín ruede.


Llegó la tarde, en el cuartito de Ksenia, detrás de la cocina, se reunieron los tres y bebieron. Morozija lucía un chal de seda que le daba prestancia. Y Valentín hilvanaba una conversación incomparable:


-Ah, mi querida Ksenia, soy un ser desvalido en este mundo, un joven desafortunado. No me juzgue, de alguna manera, a la ligera. Llegará la noche con sus estrellas y abanicos negros, ¿acaso se puede expresar el alma en un verso? Ah, hay mucho en mí de esta timidez…


Palabra tras palabra, se bebieron dos botellas completas de vodka y tres de vino.
Morozija se dispuso a salir del cuarto y comentó al oído de Ksenia:


-Yo -le dijo-, Ksenia, confío en el Señor, le traerá el amor. Tan pronto como se acuesten, quítale las botas. Los hombres con ellas puestas, no pueden hacer nada…


Al quedar solos Valentín se agarró el cabello y le dio vueltas.


-Tengo –dijo- una visión. Cada vez que bebo tengo una visión. En esa visión te veo muerta, Ksenia, con un rostro repulsivo. Y yo soy el pope que camina tras tu ataúd agitando el incensario. 


Y dijo esto levantando la voz.


-No grite, Valentín Ivánovich -susurró la mujer-, no grite, los dueños oirán…


¿Pero acaso podía detenerse el hombre, cuando lo que lo dominaba era la amargura?


-Me has ofendido completamente -dijo llorando Valentín y se balanceó-, ah, gente serpiente, qué es lo que quieren, comprar mi alma… Yo, aunque soy bastardo, soy hijo de noble...


-Venga y le hago un cariño, Valentín Ivánovich…


-No lo haga.


Se paró y abrió la puerta de par en par.


-Déjame. Me voy al mundo. 


Pero a dónde podía ir así de borracho. Cayó sobre la cama, arrugó las sábanas y se durmió.


Morozija llegó al instante:


-Ya no volverá en sí por ahora -dijo-, cargémoslo.


Las mujeres lo cargaron hasta la calle y lo tendieron en la entrada. Regresaron, la dueña se puso su cofia y unos calzones finos y le advirtió a su cocinera:


-Tú en las noches invitas hombres. Mañana en la mañana recibirás tu paga y te vas de mi casa. Tengo una hija pequeña en la familia…


La mujer lloró hasta el amanecer y gimoteó: 


-Abuela Morozija, ah, abuela Morozija, ¿qué es lo que hiciste conmigo, con esta mujer joven? Me avergüenzo y cómo levantaré los ojos a la luz de Dios y qué veré en esa luz divina?


La mujer lloró, se quejó, entre sus empanaditas de pasas, entre los suaves edredones de plumas, las lámparas y los vinos de parra. Y sus hombros cálidos se agitaron.


-Metiste la pata -le respondió Morozija-, hubiera sido imprescindible haber agarrado a ese hombre…


La mañana había conseguido imponerse. Los lecheros ya repartían la leche a las casa. Una mañana azul con escarcha se avecinaba.





(Traducción del ruso de Jorge Bustamante García)
EL QUIJOTE COMO VÍCTIMA DE LOS TÓPICOS

FRANCISCO ALONSO-FERNÁNDEZ

(El País – 20 / 10 / 2016)

Refutar las pistas falsas proporcionadas por algunos tópicos es clave para combatir las actitudes negativas ante la lectura de la monumental obra de Cervantes


SEGUNDA ENTREGA


Su evolución en forma de un trastorno bipolar se establece con la aparición de ondas melancólicas más o menos fugaces y las características de dos secuencias clave. La única ráfaga melancólica mantenida con cierta tenacidad fue la provocada por el encantamiento de Dulcinea (Quijote II, capítulo 11).

Las dos secuencias patognomónicas de un trastorno bipolar acontecen respectivamente en Sierra Morena (Quijote I) y en la Cueva de Montesinos (Quijote II). La entrega de Don Quijote a la penitencia en Sierra Morena se despliega en forma de una alternancia entre las cabezadas contra las piedras, la musitación de un millón de avemarías, los suspiros o los ayes desesperados, y las piruetas de alegría, los versos románticos o los cánticos de amor, en suma un estado mixto maniacodepresivo. Por otra parte, su espeluznante y tétrica ensoñación en la Cueva de Montesinos constituye, a la luz de la ciencia actual, una parasomnia específica de los pacientes bipolares, y como tal vivida como si fuera una realidad y tuviera una duración muy dilatada. A su salida de la gruta, Sancho, con el reloj en mano, afirma que la estancia en la cueva ha durado una hora, mientras que Don Quijote asegura que ha permanecido en ella tres días, rodeado de un cortejo de mujeres desoladas y desesperadas, sometidas al encanto maléfico del mago Merlín. Una pintura negra de Goya.

La vida de Don Quijote, gobernada por el delirio, un delirio de pensamiento y de acción, se consagra al deber y al amor. La presentación de Don Quijote como un bienaventurado o un portador de valores universales tomados de la escala de Max Scheler, constituye un tópico espiritualizado insostenible. Don Quijote no fue un predicador de bondades, sino un caballero andante que trató de cumplir con su deber, polarizado en el imperativo categórico de Inmanuel Kant: “Cumple con tu deber” o “haz lo que debes”.

Con arreglo a los estatutos de caballerías, la actividad del caballero andante ha de dedicar una atención preferente a la protección de la mujer contra el forzamiento de los malandrines, los follones (holgazanes) o los gigantones y a velar por su honra. Don Quijote se pasó de rosca en este punto, al extender la función caballeresca a dispensar a la mujer un control machista tratando de protegerla contra ella misma, dada su frágil condición moral, así como se erigió en director falocrático del destino de la mujer proporcionándole felicidad, tal como él mismo establece: “Evitarles marcharse a los ochenta años como la madre las había parido, sin haber tenido la oportunidad de disfrutar terminando con su virginidad”.

La actitud erotómana de Don Quijote, distribuida en ocasional (creer que toda mujer próxima se enamoraba de él) y permanente (delirio erotómano referido a Dulcinea) se despojó del tema sexual tomando una elevación platónica. Aquí surgen dos incógnitas: una, ¿de dónde provenía su erotomanía generalizada? y, otra, su marcado señalamiento platónico. En los estados de exaltación vital de carácter hipomaniaco o maniaco, la libido se encuentra hiperactivada. Su configuración como una pulsión platónica se debió a ciertas variables (la avanzada edad, el largo celibato, la supremacía caballeresca del deber sobre el placer y alguna más) pero no a la ingenuidad sexual de Don Quijote.

De descartar el tópico de la ingenuidad se encarga el propio Don Quijote cuando refiere a Sancho el cuento de la viuda: érase una viuda a la que sus familiares y amigos trataban de apartar de un amante carcomido por ínfimas cualidades personales, a lo que ella replicó “para lo que yo le quiero sabe más que Aristóteles”.

El tópico de la quijotización de Sancho suele aducirse para explicar el radical cambio experimentado por el escudero en el Quijote II. Sancho no llegó nunca a compartir el delirio de su señor. Siempre mantuvo una insalvable distancia al respecto, como manifestó con rotundidad en distintas ocasiones. Con la duquesa y sus doncellas se desahogó mediante una larga confidencia, de la que aquí acotamos un párrafo: “Lo primero que digo es que yo tengo a mi señor Don Quijote por loco rematado” (II, 35). Lo que retuvo a Sancho como escudero fue el vínculo de amistad con su amo.

Sancho Panza, una vez alejado de la cuadra, sencillamente por el disfrute de la asidua compañía con gente común, sin precisar asistir a un master universitario ni contar con el apoyo de un profesor, el tonto y necio de la Primera Parte del Quijote, experimentó un profundo giro en su mentalidad en el Quijote II. Fue entonces cuando se le dijo por doquier que pensaba y hablaba como un catedrático, un canónigo o un filósofo. El primer expresidente de la II República española, Niceto Alcalá Zamora (3), jurista de profesión, le colmó de elogios como administrador de la justicia en la Ínsula Barataria, rematando con la sorprendente afirmación de considerarlo “excelente juez, mejor sin duda que muchos letrados de la universidad” (III).Yo mismo he comentado la vertiginosa ascensión mental de Sancho como un proceso de socratización, que lo convirtió en un discípulo aventajado del filósofo maestro de la cultura oral. Sancho fue el éxito de Don Quijote: un cerebro rescatado.

La intervención del enfrascamiento en la lectura, “durante el día, de turbio en turbio, y durante la noche, de claro en claro” como causa de la psicosis de Don Quijote, representa un gazapo manejado por Cervantes para reforzar sus argumentos contra los libros de caballerías y halagar a los inquisidores, los enemigos natos de la lectura y los libros. A comienzos del siglo XVI se había quemado en España un millón de libros por orden del cardenal Cisneros. Cuando Don Quijote comenzó a devorar libros ya se había iniciado el cuadro de su euforia hiperactiva delirante. Por otra parte, entre los hidalgos de aquel tiempo era muy común la afición a leer libros de caballerías con la finalidad de cultivar sus fantasías doradas de transformarse en caballeros.

A todo ello se agrega que el trastorno bipolar delirante iniciado en una edad involutiva obedece a una determinación genética al 90%. De modo que es un cuadro causado por los genes bipolares sin apenas necesidad del concurso de un factor externo. Reconozcamos finalmente, y Cervantes lo sabía mejor que nadie, que el hábito de la lectura es muy favorable para la salud mental del individuo. En definitiva, la entrega desmedida a los libros de caballerías del hidalgo constituía un síntoma, y no una causa, facilitado por la supresión precoz de la necesidad de dormir.

El célebre J´accuse, de Zola toma aquí tres orientaciones topicoclastas:

*Acuso a algunos comentaristas del Quijote de haber practicado una lectura sesgada de la novela cuando la presentan como un texto filosófico o teológico, tal vez esotérico, inaccesible al lector corriente.

*Acuso de furibundos anticervantistas a un sector de escritores de la Generación del 98, presidido por Miguel de Unamuno y el joven Azorín, cuando se proclamaban quijotistas regeneradores de España y consideraban el Quijote superior al talento de su autor.

*Sobre todo y ante todo: acuso de cervanticidas a los que niegan la enfermedad mental encarnada en Don Quijote, cuando el mismo Cervantes presentaba a su héroe, el protagonista de la novela, como “un loco de remate”.


Notas
(III) Alcalá Zamora, Niceto: El pensamiento de El Quijote visto por un abogado. Buenos Aires, Editorial Guillermo Kraft, 1947, pp. 116 y ss.

Francisco Alonso-Fernández es catedrático emérito de la UCM y miembro de la Real Academia Nacional de Medicina. Sus dos últimos libros: Don Quijote, el poder del delirio, (Editorial Hoja del Monte) y Depresión: todas las respuestas para entenderla y superarla, en colaboración con Rosi Rodríguez Loranca (Editorial Lo Que No Existe).