23/1/17

DINU LIPATTI: OTRO INMORTAL DESAPARECIDO A LOS 33 AÑOS

(Nota publicada por Jorge Aráoz Badí el 2 de diciembre de 2000)

Según las homeopáticas necrológicas publicadas en la época, cuando el pianista Dinu Lipatti murió en Ginebra, hace hoy 50 años, se registró un estremecimiento en un pequeño sector de la comunidad intelectual de Europa y América. Mucha gente vinculada a la música apenas lo conocía, porque sus discos eran muy escasos y sus actuaciones públicas se habían reducido a pocas ciudades. Lipatti fue un solitario, de muy bajo perfil, y la leucemia se había apurado a matarlo a los 33 años. Pero no dejó de llamar la atención que algunas personalidades, como el director Charles Munch, el violinista Yehudi Menuhin y el compositor Igor Stravinsky hubieran contribuido con importantes sumas de dinero a pagar el último tramo de su tratamiento.

Sólo algunos años después, con la atmósfera de la posguerra ya despejada, empezó a circular su nombre en los medios musicales. Sus mismos colegas fueron los primeros en llamar la atención sobre él, especialmente Arthur Rubinstein, a quien siempre había preocupado el creciente envilecimiento del idioma pianístico, en manos de los intérpretes de la vieja escuela centroeuropea. Todavía en los años 40 el que dictaba las normas era el intérprete y la música aparecía como un pretexto para que los dioses de salas de conciertos se lucieran. El último gran representante de aquellos dinosaurios fue Vladimir Horowitz. El primero de los notables rebeldes fue Rubinstein, que se dedicó a limpiar de adherencias y amaneramientos la música de los románticos, tal como Wanda Landowska ya lo había hecho desde el clave con Bach.

En su distante refugio de Bucarest (donde había nacido el 19 de marzo de 1917), Dinu Lipatti trabajaba en la misma dirección para encontrar el tono justo de las obras. No el suyo, como mandaban los omnipotentes intérpretes de moda. Sino el de las obras que tocaba, el de la música. Esta obsesión lo acompañó durante su corta vida. Se preparó cinco años antes de tocar el Quinto concierto de Beethoven y cuatro para el primero de Tchaikovsky.

Poder irresistible

Los resultados de tal tenacidad empezaron a hacerse notables, porque además era un pianista excepcionalmente dotado. Había desarrollado un mecanismo técnico impresionante y atrapaba a los oyentes con irresistible poder de comunicación. En 1934, a los 17 años, se presentó en el Concurso Internacional de Piano de Viena y arrasó. Pero sólo le fue concedido el segundo premio, por lo que Alfred Cortot renunció al jurado y lo invitó a París para estudiar con él. Allí sedujo también a Charles Munch, quien le dio clases de dirección orquestal, y a Paul Dukas, que se ofreció a iniciarlo en la composición. Fue Dukas el que dijo a Cortot: "No tenemos nada que enseñarle". No obstante, él siguió su formación pianística con Nadia Boulanger.

Cuando la Segunda Guerra estaba a punto de estallar, decidió volver a Rumania para estar con su familia, hasta que se vio obligado a huir. En 1943, con los 5 francos suizos que le quedaban del viaje (y la compañía de su novia, Madelaine Cantacuzene) consiguió refugiarse en Ginebra y empezó a dar clases de perfeccionamiento pianístico en el conservatorio de la ciudad. Muy pronto esas clases se hicieron célebres en todo el mundo y motivo de peregrinación para gran cantidad de pianistas.

Fue entonces cuando comenzó a hablarse de él como la cabeza del movimiento "literalista" en la interpretación musical, un enfoque que muchos aplicaban, aunque hasta Lipatti no había logrado cuerpo de doctrina. La conducta se expandió rápidamente y fue la demostración de que la música realmente necesitaba de este regreso a la letra escrita, a la verdad estampada por el compositor en su obra.


Tiempo después se empezó a percibir la influencia de este pensamiento recuperador que, por cierto, no se puede descartar como una de las ideas germinadoras del "historicismo". Los pocos discos de Lipatti en circulación, las partitas de Bach, los impromptus de Schubert, las sonatas de Scarlatti y la octava de Mozart, el Ravel, el Brahms, el Liszt, el Grieg y, sobre todo, los Chopin (estudios, mazurcas, nocturnos, valses y la Sonata Op. 58) son ahora un material que ni aficionados ni profesionales consideran documentos de otro tiempo. Su vigencia es indiscutible, y aquellos que los conocen bien pueden advertir las fuentes en que se han nutrido pianistas tan lúcidos como Martha Argerich, Maurizio Pollini o Murray Perahia. Todos reconocen su deuda con Dinu Lipatti, el pianista rumano que se murió hace 50 años, un 2 de diciembre.
ESTHER MEYNEL

           

LA PEQUEÑA CRÓNICA DE ANA MAGDALENA BACH


TRIGESIMOSEGUNDA ENTREGA


3 (10)


¡Qué felicidad era ser la esposa de Bach para una mujer golosa de fugas! Sin embargo, debo confesar que no sentía la misma avidez por las fugas de todos los compositores, había algunas que me parecían secas y poco musicales. Pero las de Sebastián eran siempre frescas, chisporroteantes y alegres como el agua corriente, o solemnes, como el “preludio y la fuga en mi bemol menor”.


En aquella época, el destino de Sebastián lo apartó de Cöthen y de la música de cámara, para llevarlo a Leipzig, donde pasó los últimos veintisiete años de vida y compuso la mayor parte de su música religiosa.



El viejo Cantor de la escuela de Santo Tomás, de Leipzig, acababa de morir y una de las razones que impulsó a Sebastián a solicitar esa plaza, además del desvío por la música de su príncipe, fue la consideración de que Leipzig ofrecía mejores posibilidades para la educación sus hijos, que ya iban siendo mayorcitos. Para él, esa plaza tenía varias desventajas, como lo explica claramente en una carta que, poco tiempo después de establecerse en Leipzig, escribió a su amigo Jorge Erdmann, que había estado con él en la escuela del convento de Luneburgo y que, a la sazón, se hallaba en Rusia. Me leyó en voz alta las partes más importantes de esa carta, pues, como de casi todas las cosas, me informaba también de su correspondencia, y asimismo yo le pedí su aprobación antes de enviar la mía. En la citada misiva al señor Erdmann explicaba de haber sido Director de orquesta de la Corte de Cöthen, donde había esperado pasar el resto de su vida, y le contaba que, al principio, no le agradaba la idea de ser Cantor de la escuela de Santo Tomás, después de haber sido Director de Orquesta de la Corte de Cöthen; pero que, tras un trimestre de meditación, había visto las ventajas que representaba para sus hijos aquel cambio y se había decidido a aceptar el traslado en el Santo Nombre de Dios.
ENCUENTRO CON LA SOMBRA

(El poder del lado oscuro de la naturaleza humana)

Carl G. Jung / Joseph Campbell / Marie-Louise von Franz / R
obert Bly / Ken Wilber / Nathaniel Branden / Sam Keen / Larry Dossey / Rollo May / M. Scott Peck / James Hillman / John Bradshaw y otros.

Edición a cargo de Connie Zweig y Jeremia Abrams.



CIENTOCUADRAGESIMOSEXTA ENTREGA



OCTAVA PARTE



LA CONSTRUCCIÓN DEL ENEMIGO: ELLOS Y NOSOTROS EN LA VIDA POLÍTICA

34: ¿QUIÉNES SON LOS CRIMINALES? (5)

Jerry Fyerkenstad



La importancia de la sal



Para los alquimistas la sal era un elemento imprescindible. La sal está asociada con la memoria porque sirve para conservar, para mantener las cosas en una condición utilizable y comestible. En los delincuentes, sin embargo, la memoria suele ser una cualidad bastante deteriorada. La terapia con los delincuentes parece funcionar mejor cuando se les pide que reconstruyan sus pasos, sus planes, su decisión de transgredir la ley, es decir, cuando se les pide que echen sal en el vaso que constituye su psiquismo o su alma. Por otra parte, la sal resulta también apropiada para mantener a los presidiarios ya que a todos se nos ha enseñado que poner sal en la cola de los pájaros impide su vuelo.



Sin embargo, el hecho de que hayamos pescado al delincuente no significa que este no quiera zafarse del anzuelo. Debemos seguir con nuestras operaciones hasta encontrar un nuevo punto de vista que nos permita observar la totalidad del proceso. Debemos, pues, considerar al criminal como una parte de nuestra propia historia, debemos abrirle nuestro santuario privado para que nos despoje de todo aquello que no es imprescindible para vivir y nos haga sentir lo que es el dolor y la privación. Todo esto no sólo es aplicable al campo de los sueños sino que también sirve para que vayamos más allá de nuestra obra personal y privada y nos hagamos cargo del vaso mayor -el Vaso hermético que es el planeta. De este modo, el delincuente suscita diversas reacciones paralelas ya que, si bien actúa en base a sus intereses personales y sus mezquinas necesidades, también constituye simultáneamente un elemento catalizador que puede activar el drama del alma en nuestra propia vida.
NOCHE OSCURA

QUINCUAGESIMOSEGUNDA ENTREGA

LIBRO SEGUNDO

DE LA NOCHE OSCURA, TRÁTASE DE LA MÁS ÍNTIMA PURGACIÓN, QUE ES LA SEGUNDA NOCHE (PASIVA) DEL ESPÍRITU.


CAPÍTULO 15

Pónese la segunda canción y su declaración.


Canción segunda

A oscuras y segura,
por la secreta escala, disfrazada,
¡oh dichosa ventura!,
a oscuras y en celada
estando ya mi casa sosegada.


1 / Va el alma cantando en esta canción (todavía) algunas propiedades de la oscuridad de esta Noche, repitiendo la buena dicha que le vino con ellas. Dícelas, respondiendo a cierta objeción tácita, diciendo que no se piense que por haberse en esta Noche y oscuridad pasado por tanta tormenta de angustia, dudas, recelos y horrores, como se ha dicho, corría por eso más peligro de perderse, porque antes en la oscuridad de esta Noche se ganó. Porque en ella se libraba y escapaba sutilmente de sus contrarios, que le impedían siempre el paso, porque en la oscuridad de la Noche iba mudando el traje, y disfrazada con tres libreas y colores que después diremos; y por una escala muy secreta, que ninguno de casa la sabía, que (como también en su lugar notaremos) es la viva fe, por la cual salió tan encubierta y en celada, para poder bien hacer su hecho, que no podía dejar de ir muy segura, mayormente estando ya en esta Noche purgativa los apetitos, afecciones y pasiones, etc., de su ánima adormidos, mortificados y apagados, que son los que estando despiertos y vivos, no se lo consintieron.


Sigue, pues, el verso, y dice así:



A oscuras y segura.

21/1/17

LA CARRETA

Prólogo de Wilfredo Penco

Montevideo 2004



VIGESIMOSEXTA ENTREGA



IV (2)



-¿Vamo hasta las casas? -propuso Rosa.


Secundina paró la oreja, y cuando Leopoldina, la otra chinita entusiasta, incitaba al resto a dar un paseo por el boliche, la mujer se interpuso:


-¡No, no! Ya saben que la Mandamás soy yo -dijo con tono enérgico-. Tenemos que dir primero con Clorinda. Después van ustedes.


Clorinda no respondió. Se dejaba llevar, embargada por una pena inesperada. Pensaba en don Pedro, entre rejas, solo, abandonado, y le vinieron ganas de llorar.


Chiquiño largó los caballos al callejón. No bien terminó la tarea, se hizo presente Matacabayo. Montaba pingo escarceador.


Pocas palabras para entenderse con Secundina.


-¡Nos están esperando! ¡Vamos!


Clorinda no se opuso y marchó al caserío animada por la curiosidad.


A caballo el hombre. Las dos mujeres al paso, por el ancho camino.


Petronila y Rosa, preparadas las camas, se echaron a dormir. Bajo el carromato, Chiquiño y Leopoldina tomaban mate.


No se cruzaron una sola palabra, no se miraron una sola vez. Los ojos de ambos estaban fijos en la pequeña lumbre. Al pasarse el mate, o arreglaban un tizón evitando mirarse o se acomodaban alguna de las pilchas de su vestimenta. Chiquiño lo saboreaba hasta hacer ruido con la bombilla. Revolvía la yerba, hurgaba sin necesidad y volvía a llenarlo para pasárselo a la muchacha, Cada vez que ella se inclinaba para alcanzar el mate, dejábase ver sus senos firmes dentro del corpiño abundante. El muchacho parecía rehuirle, esquivar la mirada, empeñado en mantener el fuego del fogón agonizante.


Leopoldina era pequeña, baja de estatura, invariablemente pálida y ojerosa. Empolvada con exceso, tenía polvo hasta en las cejas y las pestañas. En las manos lucía tres sortijas. Un cinturón le ajustaba la cintura partiendo su cuerpo en dos. Arriba los senos túrgidos. Abajo, las piernas gruesas, muslos de gran curva hacia adelante. Dos o tres veces se puso de pie, para verificar si Rosa y Petronila se habían dormido. Al volver a sentarse, cuando cruzaba las piernas, le saltaban las rodillas de bajo las faldas, como dos caras de recién nacidos.


No se dijeron una sola palabra; no se miraron cara a cara ni una sola vez. El uno buscaba los ojos del otro. Antes bien, evitaban el encuentro, como si mutuamente temiesen reprocharse algo.


Poco a poco se fue apagando la luz de la lumbre. Quedaron dos tizones ardiendo y un humo azulado de leña verde subía hasta las dos caras, irritándoles los ojos. El agua estaba fría; no obstante, seguían mateando. Sin decir palabras, sin cambiar una mirada, inmóviles el uno frente al otro, tizones por medio, el humo entre ambos. Chiquiño, con la mirada baja, los ojos adormecidos, sobre la frente el sombrero, defendía su ánimo cobarde. La mujer, aparentemente fría, dibujaba círculos en la ceniza con la punta de una ramita.


Se quedaron sin lumbre. Apenas se distinguían las caras. En la penumbra, aprovechando aquella semioscuridad que ensombrecía los rostros, de pronto se miraron. Se miraron fijo, como si se hubiesen arrepentido al unísono; Chiquiño forzó una rápida sonrisa. Se le aclararon las facciones a la muchacha y picarescamente aguzó la mirada.


Fijos los ojos, mantuvieron la mirada, transformándose, cambiando los rasgos fisonómicos. Al “gurí” le pareció demasiado penoso mirar. Breve en cambio, a Leopoldina, cuyo coraje se afilaba, en un amago de sonrisa.


Titubearon sin saber por qué, en un indeciso malestar, sin fuerzas para salir del oscuro trance.


Movidos por idéntico pensamiento, como si temiesen ser descubiertos, a un mismo tiempo tornaron ambos la cabeza, escudriñando la noche que se interponía entre el carro y las luces del boliche. El oído atento no recogió un solo eco. Buscaban el ruido anunciador, la pisada delatadora de algunos pasos. La noche reducía el camino al tamaño de una senda. La soledad les dio un valor inesperado que se hizo deseo en Leopoldina; impulso en el muchacho.


-¡Vení, vení!... -alcanzó a articular la boca de la mujer. Y no había terminado su invitación cuando Chiquiño la hacía rodar sobre el pasto. Como dos sombras unidas, proyectadas por una luz que cambia de lugar, se apretujaron contra una de las ruedas del carro. Luego la vibración del cuerpo de Chiquiño y el largo suspiro de Leopoldina, sin palabras ya, dominando el deseo tartamudeante del muchacho.


El campo exhalaba un olor fuerte, a yuyo quebrado y húmedo.



La lumbre tenía dos puntas de fuego en los tizones. Y una nubecilla de polvo cruzó por el humo, dorando la pálida claridad.