23/8/19




PETER BROOK

EL ESPACIO VACÍO

Arte y técnica escénica


DECIMOQUINTA ENTREGA


SEGUNDA PARTE


EL TEATRO SAGRADO (4)



Sólo cuando un rito se pone a nuestro nivel nos sentimos calificados para intervenir: el conjunto de la música “pop” es una serie de rituales situados a un nivel al que tenemos acceso. El amplio y rico logro de Peter Hall en el ciclo shakespereano de “Las Guerras de las dos Rosas” abarcaba el asesinato, la política, la intriga, la guerra; el inquietante drama Afore Night Come, de David Rudkin, era un ritual de muerte; West Side Story, un ritual de violencia urbana; Genet crea rituales de esterilidad y degradación. En mi gira europea con Tito Andrónico, esta oscura obra de Shakespeare entró inmediatamente en el público debido a que contenía un ritual de derramamiento de sangre, reconocido como verdadero. Y esto nos lleva al núcleo de la controversia que estalló en Londres sobre lo que se calificaba como dirty plays (piezas sucias); se acusaba al teatro actual de revolcarse en el fango, se decía que en Shakespeare, en el gran arte clásico, un ojo está siempre puesto en las estrellas, que el rito del invierno engloba en cierto sentido el rito de la primavera. Creo que es verdad. En cierto aspecto estoy de todo corazón al lado de nuestros oponentes, pero no cuando veo lo que proponen. No buscan un teatro sagrado, no hablan de un teatro de milagros, sino de la obra domesticada en la cual “más elevado” sólo significa “más agradable”, donde ser noble sólo significa ser decoroso. Por desgracia, los finales felices y el optimismo no se pueden pedir como si se tratara de vino guardado en la bodega. Querámoslo o no, surgen de una fuente, y si fingimos que dicha fuente está al alcance de nuestra mano, seguiremos engañándonos con burdas imitaciones. Si reconocemos lo muy lejos que nos hemos desviado de cualquier cosa que tenga que ver con un teatro sagrado, podemos descartar de una vez para siempre el sueño de la vuelta, en un abrir y cerrar de ojos, de un hermoso teatro con tal de que unas cuantas personas lo intentaran con redoblado esfuerzo.


Más que nunca suspiramos por una experiencia que esté más allá de la monotonía cotidiana. Algunos la buscan en el jazz, en la música clásica, en la marihuana y en el LSD, En el teatro evitamos con timidez lo sagrado porque no sabemos qué podría ser: únicamente comprendemos que lo que se llama sagrado nos ha traicionado, y por el mismo motivo nos apartamos de lo que se llama poético. Los intentos hechos para revivir el drama poético han llevado con demasiada frecuencia a algo carente de vigor u oscuro. La poesía ha pasado a ser un término sin sentido, y su asociación con la música de la palabra, con la suavidad de los sonidos, son los restos de una tradición tennysoniana que, en cierto modo, se ha envuelto alrededor de Shakespeare, y de ahí que estemos condicionados por la idea de que una obra de teatro en verso se encuentra a medio camino entre la prosa y la ópera, no recitada ni cantada, si bien con una carga más elevada que la de la prosa, más elevada en contenido, en cierto modo más elevada en valor moral.


Todas las formas de arte sagrado han quedado destruidas por los valores burgueses, aunque esta clase de observación no ayuda a resolver el problema. Sería necio permitir que nuestra repulsa de las formas burguesas se convirtiera en repulsa de las necesidades comunes a todos los hombres: si existe todavía, mediante el teatro, la necesidad de un verdadero contacto con una invisibilidad sagrada, han de ser examinados de nuevo todos los posibles vehículos.



CHARLES BUKOWSKI

JAMÓN Y CENTENO

(LA SENDA DEL PERDEDOR)


Ham on Rye (Black Sparrow Press / Santa Bárbara / 1982)



DUODÉCIMA ENTREGA



11



En segundo y tercer grado tampoco me dejaron jugar al béisbol, pero igual sabía que me estaba convirtiendo en un buen jugador. Si alguna vez volvía a agarrar un bate, sabía que mandaría la bola afuera de la escuela. Hasta que un día andaba dando vueltas y se me acercó un profesor.


-¿Qué estás haciendo?


-Nada.


-Esta es la clase de Educación Física. Tendrías que estar ahí. ¿Tenés algún problema especial?


-¿Qué?


-¿Sufrís de algo?


-No sé.


-Vení conmigo.


Me colocó en un grupo. Estaban jugando al kickball. El kickball era como el béisbol, pero se jugaba con un balón de fútbol. Cuando el pitcher lo tiraba hacia el círculo vos lo pateabas. Si salía volando y lo agarraban en el aire, quedabas afuera. Si salía a ras del campo o por arriba de los contrarios, corrías por todas las bases que podías.


-¿Cómo te llamás? -me preguntó el profesor.


-Henry.


El profesor se acercó al grupo.


-Bueno -dijo. -Henry va a jugar de recogedor en corto.


Los demás eran de mi clase. Todos me conocían. Recogedor en corto era el puesto más difícil. Me ubiqué. Sabía que me iban a joder. El pitcher hizo rodar el balón demasiado despacio, y otro de los muchachos lo pateó contra mí. Vino muy fuerte, a la altura del pecho, pero no hubo problema. El balón era grande, y pude agarrarlo. Se lo tiré al pitcher. La segunda vez pasó lo mismo. Pero ahora me llegó un poco más alto. Y un poco más fuerte. No hubo problema. Entonces se colocó en el círculo Stanley Greensberg. Ta. Se me acabó la suerte. El pitcher tiró el balón y Stanley lo pateó. Me llegó como una bala de cañón, a la altura de la cabeza. Traté de agacharme pero no pude. El balón me pegó en las manos y al final pude contenerlo y después lo devolví hacia el montículo del pitcher. Tres eliminaciones. Salí corriendo al trote hacia un lateral. Uno se cruzó conmigo y me dijo: “¡Chinaski, el gran agarramierda!”.


Era el chiquilín que usaba vaselina en el pelo y tenía pelos que le salían por la nariz. Me di vuelta:


-¡Eh! -le dije. Se paró. Lo miré: -No vuelvas a decirme nada.


Le pude ver el miedo en los ojos. Volvió a su puesto, yo salí y me apoyé en la baranda mientras le llegaba el turno de batear a mi equipo. No se me acercó nadie, pero no me importó. Estaba ganando terreno.


Era difícil de entender. Éramos los niños chiquilines del colegio más pobre, teníamos los padres más pobres y menos educados, la mayoría de nosotros comía chatarra, y sin embargo todos éramos mucho más grandes que cualquiera de los chiquilines de los otros colegios. El nuestro era famoso. Nos tenían miedo.


Nuestro equipo de sexto grado les pegaba brutas palizas a todos los otros equipos de sexto grado de las demás escuelas. Sobre todo en el béisbol. Los resultados era 14 a 1, 24 a 3, 19 a 2. Le pegábamos bien a la pelota.


Un día jugamos contra el Miranda Bell, el equipo junior campeón de la ciudad. Se juntó algo de plata y todos nuestros jugadores tenían una gorra con una “D” blanca. Eso nos hacía tener muy buena pinta. Cuando aparecieron los campeones de 7º grado de Miranda Bell nuestros muchachos de 6º grado los miraron riéndose. Éramos más grandes, parecíamos más fuertes, caminábamos de otra manera, sabíamos que les ganábamos cuando queríamos.


Los chiquilines del Miranda parecían muy educados. Y muy tranquilos. El mayor era el pitcher. Eliminó a nuestros tres primeros bateadores, que eran de los mejores. Pero nosotros teníamos a Lowball Johnson. Lowball los puso en su sitio. La cosa siguió así, con errores por los dos lados, pegando alguno que otro golpe sin importancia, pero nada más. Entonces nos tocó batear por séptima vez. Beefcake Cappaletti enganchó una. Dios, ¡el golpe se pudo escuchar a kilómetros! La bola parecía que iba a romper una ventana de la escuela. Pegó en el mástil de la bandera que estaba al lado del techo y cayó. Pudimos dar fácilmente una vuelta completa. Cappaletti cruzó por todas las bases y a nuestros muchachos les brillaban las nuevas gorras azules con la “D” blanca.


Después de aquello los muchachos del Miranda se quebraron. No sabían cómo recuperarse. Como venían de un barrio rico, no sabían lo que era luchar para recuperarse. Nuestro próximo jugador hizo dos bases. ¡Cómo gritábamos! Aquello estaba terminado. No podían con nosotros. El próximo bateador hizo tres bases. Ellos cambiaron de pitcher. Pudieron eliminar a nuestro próximo jugador. Y después otro hizo una base. Pero antes de que se nos terminara el turno habíamos hecho 9 carreras.


Los del Miranda ni siquiera pudieron llegar a batear en su turno. Los chiquilines de 5º grado se les acercaron y los desafiaron a pelear. Incluso uno de 4º grado entró corriendo a trenzarse con uno de ellos. Los del Miranda agarraron sus cosas y se fueron. Nosotros los corrimos a lo largo de toda la calle.


Después no quedó otra cosa que hacer, así que dos de los nuestros empezaron a pegarse. Era una buena pelea. Los dos sangraban por la nariz, pero se estaban metiendo buenos golpes cuando de los profesores que se había quedado a ver el partido los separó. No supo lo cerca que estuvo de que le dieran una buena paliza.

22/8/19



LA PATRIA Y LA TUMBA

crónica ficcionada del golpe de estado y de la Huelga General


TERCERA ENTREGA


Pero no todos los invitados se han puesto trascendentes. En el otro extremo de la sala, un grupo de productores rurales amigos del novio, está eufórico porque la subasta de Aberdeen Angus de esa misma tarde tuvo total éxito y los precios de la lana han estado subiendo en el mercado internacional, pero además y por sobre todo, por la alegría de Alberto, con quien prácticamente se han criado. Por eso bromean y brindan a su salud, a la vez que le gritan alguna cosa cada vez que lo ven pasar cerca…, pero cuando por un momento gana el silencio, Julio Muñoz, el más extrovertido del grupo, bajando la voz y en tono serio, comenta que el senador y líder nacionalista Wilson Ferreira Aldunate quiere denunciar los ataques armados ocurridos hace unos pocos días, durante un acto del Partido Nacional, adonde fue agraviado con unos volantes realizados en la Imprenta de la Fuerza Aérea.


-Yo estaba y no hablo por boca de ganso, cuando terminaba el acto, estallaron petardos y armas de fuego entre la gente. Y cuando fuimos a detener a los provocadores, la policía impidió que lo hiciéramos -agregó punzante.


Se apresta a seguir hablando, es consciente de que ha ganado la atención de sus amigos, pero uno de ellos le hace un guiño y guarda silencio. Hasta el grupo llega el empresario calvo, del que bien conocen su forma de pensar y sus vínculos con el gobierno.


***


En un bar a una cuadra de la Facultad de Arquitectura, Cristina y José hacen planes. Desde hace poco más de un año viven juntos en una Pensión estudiantil cercana, adonde los condujo los contados recursos con los que cuentan y por sobre todo una fuerte pasión. Ella es una popular militante universitaria, llegada del interior y él un técnico electricista recién egresado en la Universidad del Trabajo, adonde también militó activamente. En realidad, si se les preguntara, tanto el uno como el otro se definirían a sí mismos antes que nada como militantes revolucionarios: tienen claro que ese es el centro de sus vidas, lo que los une, más allá de cualquier otra opción personal. Están sentados en el fondo del Bar y Juan intenta convencer a Cristina de que lo acompañe a la única función del Teatro Gómez de la Matriz, que pondrá en escena una obra del dramaturgo Peter Hanke. Y para lograrlo lee un artículo publicado en un diario de la mañana.


-“Es una serie de cuadros cuyo alineado desarrollo muestra las sucesivas etapas de una relación condicionada por lazos de sometimiento y jerarquía social”.


No es que quiera escapar al momento histórico que el país está viviendo, todo lo contrario, pero Hanke lo entusiasma y además presiente que en el futuro no serán muchas las oportunidades de compartir con su pareja. Pero ella prefiere conversar y lo interrumpe con temas del momento que a los dos involucran.


-Creo que la ola de rumores de estos últimos días intenta enturbiar el clima en la enseñanza.


Juan se da cuenta que no hay ambiente como para insistir y luego de unos segundos, agrega:


-Me dejé engañar… Fui hasta El Popular convencido de que estaban velando a uno de  los estudiantes que hirieron la semana pasada en el Liceo Rodó y resultó ser mentira. No dudo de que otros en la UTU creyeron lo mismo.


-Por fortuna no murió nadie del Liceo Rodó. Pero ayer, en el Paraninfo de la Universidad, el Encuentro Nacional de Estudiantes exigió la libertad de los compañeros detenidos y amenazó con que no estaba dispuesto a aceptar ningún tipo de sanción, como pretende el Consejo Nacional de Educación.


Hacía una semana el Liceo Rodó había sido tiroteado por el Movimiento Nacionalista Renovador, un movimiento de ultraderecha, pero en lugar de procesarse a los que atentaron el edificio, entre ellos un policía que disparó al montón en el patio del recreo, fueron inculpados una decena de estudiantes, integrantes del gremio.


-Los fachos están con viento en la camiseta. Vengo del Miranda, adonde pegaron afiches con amenazas y me contaron que antes del acto del ENE, algunos estudiantes fueron amenazados con armas de fuego. Pero además dijeron que si eran denunciados pondrían una bomba en los domicilios de la familia de cada compañero.


Jóvenes, aunque a esa altura viejos militantes, no les extraña la escalada, pero presienten que lo que está por acaecer no es la mera continuación de lo que desde hace años vienen viviendo. En los barrios, en las facultades y en las fábricas, corre el rumor de la inminencia del golpe. Pero José y Cristina están juntos, se sienten fuertes y nada los arredra. Al contrario, los rumores les hace bullir la sangre y el desafío los incentiva. En los últimos días han escuchado la palabra “resistir” en boca de gente con más experiencia y hasta han visto pintada la palabra en alguna pared.


Repentinamente un grupo de hombres vestidos con gabardinas irrumpe en el bar y ni bien notan la presencia en el fondo de la pareja, no dudan en dirigirse a ella. El más alto, ordena a otro que tiene al lado:


-Pídales documentos… Y que digan quiénes son y qué están haciendo acá.




DANTE, VIRGILIO Y BEATRIZ: TRES FIGURAS DE UNA TORMENTA EXISTENCIAL



por Juan C. Sosa Azpurúa



(LITERATURA MEDIEVAL / UCAB / 22-1-2017)



SEGUNDA ENTREGA


Dante sufrió la incomprensión de la sociedad, en la cual no encontraba materializados sus ideales existenciales. Su espíritu chocaba con la rigidez eclesiástica, y soñaba con una nación donde el toscano fuera la lengua principal (nacional) y hubiera un solo territorio, gobernado con prudencia y sustentado con los valores auténticos del cristianismo. Al ser expatriado, sus raíces fueron arrancadas de tajo, y se vio expulsado a un mundo incierto, donde sus creencias tenían que ser replanteadas, incluyendo su entendimiento filosófico de la vida, sus sentimientos más íntimos, su concepción de todo. Se trataba de un hombre que había tenido poder, que logró escalar a las posiciones más altas, para luego caer abruptamente, viéndose sometido al escarnio público y al rechazo social. Fue una tormenta de vida que le puso en confrontación directa con su mundo conocido, abriendo grietas en su espíritu, a través de las cuales se colaron las sombras más siniestras.

Esta turbación espiritual, clamaba por un elixir que le recordara su humanidad y le hiciera sentir que podía ser salvado. Y Dante tenía en su corazón una imagen que podía ayudarlo.


A los nueve años conoció a una niña de su misma edad llamada Beatriz.  Dice en la Vita Nuova:



“Nueve veces desde mi nacimiento había vuelto el cielo de la luz al mismo punto casi, en cuanto a su propio giro, cuando apareció ante mis ojos, por vez primera, la gloriosa señora de mis pensamientos, a quien muchos, aun no sabiendo cómo se llamaba, llamaron Beatriz. Apareció vestida de novilísimo color rojo suave y honesto, ceñida y adornada de la guisa que a su edad juvenil convenía. En aquel punto, digo en verdad que el espíritu de la vida que mora en la secreta cámara del corazón, comenzó a temblar con tal fuerza hasta que en mis últimos pulsos latía horriblemente, y temblando dijo estas palabras Ecce Deus fortior me qui veniens dominabitur mihi”[3]



El poeta menciona dos ocasiones en que la presencia de Beatriz lo marca profundamente. Esa primera vez a los nueve años y otra nueve años después. El amor de Dante por Beatriz es, como el amor cortés, un amor prohibido. Beatriz se casó con Simón de Bardi, viudo y banquero muy acaudalado. Para Dante se trataba de un amor inalcanzable, que desde el primer momento idealizó, bajo los parámetros de su poesía stil novesca.



Dante se casó con Gema Donatti, madre de sus tres hijos, y tuvo numerosas amantes. Pero su amor silencioso por Beatriz le causaba grandes conflictos internos, llenándole de sentimientos culposos. Luego, la muerte de Folco Portinari, padre de Beatriz, le deja una grave impresión, provocándole una reflexión, que fue la génesis de la Divina Comedia:



“Necesariamente sucederá que Beatriz se muera alguna vez. Comencé a sufrir como una persona frenética y a imaginarla de esta manera: en un principio aparecieron unos rostros de mujeres desmelenados que me decían: ‘También tú morirás’. Y después de esas mujeres apareciéronme unos rostros de horrible aspecto, los cuales me decían: ‘Tú estás muerto’… Me parecía ver que había unas mujeres que iban desmelenadas por una calle maravillosamente triste, y parecíame que el sol se oscurecía y que las estrellas mostraban un color que me hacían creer que lloraban; y parecíame que los pájaros que volaban por el aire caían muertos y que nos espantaban grandísimos terremotos. Muy maravillado de semejante fantasía y con mucho espanto se me ocurrió que un amigo veníame a decir: ‘Qué ¿no lo sabes? Tu admirable dama ya ha salido de este mundo…’ Yo imaginaba que miraba el cielo, y me parecía ver multitud de ángeles, los cuales volvían hacia arriba y tenían ante ellos una nubecilla blanquísima… Entonces me parecía que el corazón donde había tanto amor me dijese: ‘Es verdad que muerta yace tu señora”[4].


El viaje existencial de Dante es una mezcla de sensaciones tormentosas, que lo empujaron a lo más profundo de su mente, donde encontró que sus creencias eran expulsadas por un volcán de confusión. Sus convicciones espirituales chocaban con la Iglesia Católica; los ideales políticos le fueron frustrados por su caída estrepitosa al oprobio de la deshonra, provocándole un exilio obligatorio que le arrancó sus raíces. Su fidelidad conyugal se ponía en entredicho por ese amor prohibido que anidaba en su corazón. Todo lo que sostenía su vida conocida hasta ese momento se volvió pedazos, y Dante quedó flotando en un vacío existencial frío y oscuro.


Beatriz, su imagen y las fantasías que le inspira, generan en él un ansia de trascendencia. Busca alguna luz externa que ilumine su intelecto, oscurecido por la pesadumbre. En ese limbo se conectó arquetípicamente con aquellos viajes de Ulises y Eneas que representaron una odisea espiritual, donde estos héroes sufrieron el infierno para lograr que sus almas mancilladas pudieran generar soplos liberadores; un final donde la honra regresa al hogar, y el hombre se regenera en todas sus dimensiones psíquico espirituales.  Pero se necesita, a los ojos del poeta, no solo el viaje, también la presencia del ángel redentor, la donna angelicata.

Notas
[3] He aquí un Dios más fuerte que yo, el cual viniendo me dominará.


RAYMOND CHANDLER: GLORIA Y MISERIA S DEL PADRE DE LA NOVELA NEGRA
por  Juan Carlos Galindo

(EL PAÍS / 10-11-2017)


Para decir que Raymond Chandler (Chicago 1888, La Jolla 1959) fue un grande de la literatura del siglo XX no hacen falta sesudas reflexiones o detalladas biografías. Sin embargo, para conocer de cerca la forja de ese escritor fundacional en la novela negra, para ver sus denodados esfuerzos por trascender el género, su lucha contra la miseria literaria, las dificultades creativas que atravesó durante toda su vida, sus dudas, su amor por la grandeza de lo que de verdad está bien escrito, para eso sí hace falta una biografía, para eso sí merece la pena leer La vida de Raymond Chandler (Alrevés, traducción de Pilar Giralt).


En este extraordinario libro, publicado en España por primera vez en 1977 y ahora rescatado en un loable esfuerzo editorial, Frank MacShane se centra en los aspectos literarios la vida de Chandler y solo aborda de pasada los aconteceres personales cuando influyen en la labor creativa. Solo un pero: la traducción de 1977 es mejorable y si tiene deslices irrisorios como traducir “bank holiday” por “vacaciones bancarias” no sé qué habrá hecho con otras expresiones más complejas de este profesor de Oxford.


Se trata pues de una biografía literaria en toda regla que retrata a ese hombre que vivió parte de su vida “al borde de la nada”. Solo las primeras páginas tratan un poco más la deriva personal: del joven estadounidense perdido por Europa que deja el puesto de funcionario en el gobierno inglés para trabajar como periodista, debutar como poeta y dejarse llevar por la llamada de América, a ese todavía joven e inseguro hombre que se casa con una mujer 20 años mayor, de buena posición y se convierte en hombre de negocios en la industria petrolera. Durante años ejercerá ese trabajo de manera tiránica y llevará una vida de desparrame, borracheras y mujeres. Un joven, en definitiva, que ha ganado mucho dinero pero que está amargado, alcoholizado y sin publicar nada.


De 1933 a 1938 la llamada de la literatura es demasiado fuerte, lo deja todo y apoyado por su mujer Cissy, vive al borde de la indigencia pero con una enorme fe en lo que hace. En esa época estudia a Hammett, lo copia, lo venera; lee todo lo que se publica en Black Mask y se da cuenta de que pueda hacerlo, de que puede superarlo. Todo esto explica por qué Chandler tarda tanto en publicar, pero también por qué sus editores en la revista pulp por excelencia encontraron ya a un escritor maduro desde el inicio, un hombre de 40 años que sabía hacia dónde se dirigía.


En estas páginas se ve la construcción del escritor que reacciona ante Agatha Christie y otros ejemplos que él consideraba “deshonestos”. Una frase de su correspondencia con el experto James Sandoe resumen sus posiciones respecto a la novela enigma: “El problema de todos estos relatos de situación o misterio es que al final te sientes de improviso como si hubieras estado bebiendo agua del grifo en lugar de un Borgoña espumoso”. Para quien no lo haya leído, recomiendo su ensayo The Simply Art of Murder, publicado en el Atlantic Monthly.


Su proceso creativo es un camino infernal sembrado de alcohol y angustia. En muchas ocasiones, canibaliza trabajos ya hechos, pequeños relatos pulp, mezcla varios de ellos para construir el cuerpo de una novela y poder centrarse en los personajes, en los diálogos. Duda mucho, cambia de parecer sobre casi todo, escribe dos novelas y un relato la vez sin que esto sea síntoma de una producción prolífica, sino más bien de todo lo contrario. Porque lo cierto es que Chandler no escribió mucho a lo largo de su vida, llevado siempre por la obsesión de crear grandes novelas mucho más allá del puro género policíaco, de la novela negra, del hard boiled que sin embargo contribuyó a fundar. “Cuanto mejor se escribe una novela de misterio, es cuando más rotundamente se demuestra que en realidad no vale la pena escribirla” resumía el padre de Marlowe.


Dinero y gloria


Hay dos aspectos que recorren la vida de Chandler. Por un lado, su obsesión con el dinero, con no volver a pasarlo mal, lo que le convierte en un tipo algo renegado y le empuja a hacer adaptaciones Marlowe para la radio y otros experimentos que no funcionaron necesariamente bien. Pero también le empuja al cine, donde vive una segunda juventud durante la gran época de los estudios de Hollywood. De ese tiempo son los guiones de Perdición y Extraños en un tren, hechos con mucho esfuerzo, disgustos creativos y frustración por no poder plasmar toda la grandeza de los textos de James M. Cain y Patricia Highsmith. También las inevitables peleas con dos gigantes de la talla y el carácter de Billy Wilder y Alfred Hitchcock.


Por otro, está el deseo de ser algo más que un escritor de policiales. El esfuerzo literario y vital por hacer de El largo adiós una gran obra y el resultado posterior justificarían por sí solos toda una carrera. McShane narra esta búsqueda con pulso y sentido. El final de su vida en su ocaso creativo y sin una guía tras la muerte de su mujer es triste, muy triste. Su muerte en soledad, también. En su epílogo, Lorenzo Silva recuerda lo que dijo el propio Chandler: “Todo depende de quien escribe y que tiene dentro para escribir”. Amén.