26/5/17

LOS CANTOS DE MALDOROR

CIENTODECIMOSEGUNDA ENTREGA

(Barral Editores / Barcelona 1970)



CANTO CUARTO



8 (1)




Noche tras noche, hundiendo la envergadura de mis alas en mi memoria agonizante, yo evocaba el recuerdo de Falmer… noche tras noche. Sus cabellos rubios, su cara oval, sus rasgos majestuosos estaban todavía impresos en mi imaginación… indeleblemente… en especial sus cabellos rubios. Apartad, apartad, por lo tanto, esa cabeza sin cabello, lisa como el caparazón de la tortuga. Él tenía catorce años, y yo sólo un año más. Que se calle esa voz lúgubre. ¿Por qué viene a denunciarme? Pero ¡si el que habla soy yo mismo! Sirviéndome de mi propia lengua para enunciar mi pensamiento compruebo que mis labios se mueven y que soy yo mismo el que habla. Soy yo mismo el que, relatando una historia de mi juventud y sintiendo el remordimiento penetrar en mi corazón… soy yo mismo, a menos que me equivoque… soy yo mismo el que habla. Yo sólo tenía un año más. ¿Quién es finalmente ese a quien aludo? Es un amigo que tuve en otros tiempos, según creo. Sí, sí, ya he dicho cómo se llama… no quiero volver a deletrear esas seis letras, no, no. Tampoco es útil repetir que yo tenía un año más. ¿Quién sabe? Repitámoslo, a pesar de todo, pero con un penoso murmullo, yo tenía sólo un año más. Aun entonces el predominio de mi fuerza física era más un motivo para servir de apoyo, por el áspero sendero de mi vida, a aquel que se había entregado a mí, que para maltratar a un ser evidentemente más débil. Pues creo, en efecto, que era más débil… aun entonces. Es un amigo que tuve en otros tiempos, según creo. El predominio de mi fuerza física… noche tras noche… En especial sus cabellos rubios. Hay más de un ser humano que ha visto cabezas calvas: la vejez, la enfermedad, el dolor (juntas las tres o consideradas separadamente) explican ese fenómeno negativo de modo satisfactorio. Tal es, por lo menos, la respuesta que me daría un sabio si yo lo interrogara sobre el asunto. La vejez, la enfermedad, el dolor. Pero no ignoro (yo también soy sabio) que un día, porque detuvo mi mano en el momento en que levantaba mi puñal para clavarlo en el seno de una mujer, lo tomé por los cabellos con brazo de hierro, y lo hice girar en el aire con tal velocidad que su cabellera se quedó en mi mano, y su cuerpo, impulsado por la fuerza centrífuga, fue a estrellarse contra el tronco de una encina… No ignoro que un día su cabellera se quedó en mi mano. Yo también soy sabio. Sí, sí, ya he dicho cómo se llama. No ignoro que un día ejecuté un acto infame, mientras su cuerpo era impulsado por la fuerza centrífuga. Tenía catorce años.





EL MONTEVIDEANO LABORATORIO DE ARTES EN EL DÍA DEL LIBRO



La cooperativa COVIMT 9 realizará una jornada el sábado 27 de mayo, en el salón de fiestas ubicado en Br. José Batlle y Ordóñez 5118 (Portón 2), a partir de las 15.30 hs.


Se compartirá una rica merienda junto a Narradores, Escritores y Artistas como Hugo Giovanetti Viola y Sandra Petrovich.



Invitamos a acompañar a la cooperativa en esta actividad y los que puedan, colaborar donando un libro para su biblioteca.

25/5/17

LA CARRETA                     

Prólogo de Wilfredo Penco

Montevideo 2004



TRIGESIMONOVENA ENTREGA



X (1)



Gruñían ásperamente en el chiquero diez cerdos negros. Pasada la tormenta, los animales, famélicos, hozaban el barro, rezongando en pesado andar de un lado para otro. El cerco de piedra que limitaba el encierro oponíase a las bestias ansiosas de espacio. Llevaban dos semanas sin un solo bocado. Ya aparecían dos ejemplares maltrechos fuera de combate, luego de feroces peleas. En estado miserable pero aun con fuerzas, quedaban cinco. El resto, tres hembras de tetas flacas, se hallaban echadas en una esquina. Gruñían lúgubres de la mañana a la noche. Se quejaban durante el temporal como si pidiesen al cielo lo que les estaba negando desde hacía tiempo. Con los hocicos rojos de sangre levantaban barro, absorbían el agua densa de aquel pantano pavoroso. Husmeaban en las piedras, miraban el cielo.


Nadie se acercaba al chiquero. No lo permitía Chiquiño desde hacía tres semanas. En la alta noche se oía el lamento de los cerdos. A veces no se podía dormir, la mujer de Chiquiño, sufriendo a la par que las bestias y reclamando en vano, las razones de aquel suplicio.


Chiquiño no respondía. Taciturno, ambulaba, seguido de su perro, un mastín barroso que iba recogiendo la cólera que al andar dejaba caer su dueño.


El rancho aparecía envuelto en una atmósfera asfixiante. Nadie aguantaba allí más de una hora. Chiquiño salía al campo, iba al boliche y volvía siempre cabizbajo, enmudecido. Se arrimaba al chiquero, distante unos cien metros del rancho, y volvía maldiciendo. Su fuente de recursos era precisamente la cría de porcinos. Los vendía muy bien y antes cuidaba de aquella piara con atención y recelo. Temía que le robasen, y más de una noche su mujer lo sorprendió con el revólver en la mano.


Una vez había oído el rezongo de los chanchos. Descubrió que su mujer andaba por el chiquero. Por el camino un jinete se alejaba al trotecito. Buen conocedor, no le fue difícil descubrir al alazán de un vecino, Pedro Alfaro. Si no era este quien acababa de verse con su mujer, era alguien que había utilizado aquel animal. Desde esa noche no le dio sosiego a su sombra.


A la mañana siguiente anduvo por la pulpería preguntando por Alfaro.


-¿Tiene siempre el alazán marca cruz?


-Hoy se habló de que lo vendían a Fagundes -respondió el interpelado.


A Chiquiño le bastó. Volvió a su rancho y le aplicó una soberana paliza a su mujer. No le dio explicaciones ni recriminó la acción. Ella creyó que estaba borracho y se dejó azotar.


Chiquiño esperó tres semanas. Y Alfaro no pasaba por el camino. Una noche, sábado de borrachera, encontró a su enemigo en la carpa de las quitanderas. En la francachela y la jarana, Chiquiño parecía más bien sereno. Acarició a las dos mujeres que venían en la carreta y al enemigo le dio toda clase de seguridades:


-¡Las mujeres son pa todos, canejo!... ¡Tuitas debían ser como estas!... -decía para que Alfaro no sospechara.


Mirando la carreta, Chiquiño retrocedió a sus días lejanos. Bajo la carreta había tenido el primer encuentro con la quitandera Leopoldina, allá por las inmediaciones de “La Lechuza”. Aquel vehículo le recordó su mocedad y le hizo crecer el impulso de la venganza. Mirándola de reojo evocó su pasado. Había en sus ojos un algo misterioso que atrajo a su lado a una de las carperas. Se le acercó con zalamerías, preguntándole cosas sin importancia. Con ella cayó a la carpa, donde conversó en voz baja. Entre las miradas corría una ráfaga helada. Pedro Alfaro, con la cabeza baja, articulaba una que otra palabra, receloso e intranquilo. Nadie sabía por qué no se animaba al diálogo. En vano las quitanderas intentaban bromas y chanzas. Tanto Chiquiño como Alfaro y dos troperos que habían caído a la rueda, se iban sintiendo incapaces de separarse deñ extraño círculo. Rondaba por allí un huésped desconocido. Los hombres de campo presienten los crímenes, como los animales las tormentas. Bebían para separar aquella idea de su mente. Les roía un presentimiento de reyerta, un anuncio de armas blancas.


El alcohol por momentos parecía acercarlos. Pero era una falsa escaramuza. Alfaro le pasó la botella a Chiquiño.


Bebieron al fin amistosamente y, cuando amanecía, al tranco iban juntos cruzando un potrero.


-No la tengo más a la Leopoldina… La muy rastrera se jué con el sargento… -dijo Chiquiño al enfrentar su rancho.


Pedro Alfaro pensó que no sospechaba de él. Confiado, le tendió la mano para despedirse. Y, en lugar de saludo, le asestó la puñalada que tumbó a Alfaro del caballo..


Los animales no se asustaron. Chiquiño, con un tajo de oreja a oreja, separó del cuerpo la cabeza de su enemigo.



En el barro fresco, a pocos pasos de su rancho, quedó tendido el cuerpo de Alfaro.
LOS RECOVECOS DE MANUEL MIGUEL

Desbocada reinvención de la vida de Manuel Espínola Gómez.


Hugo Giovanetti Viola

Primera edición: Caracol al Galope, 1999.
Primera edición WEB: elMontevideano Laboratorio de Artes, 2016.



CUADRAGESIMOSEXTA ENTREGA



DUODÉCIMA PUERTA: ENTRAÑA Y LÍMITE (1)



Los eructos de los cuervos llenaban la noche blanca mientras el tránsito de la avenida Kutuzov crecía haciendo crujir el piso 15 del hotel Ukraina donde yo no podía dormir hasta que los 30 grados diurnos trasmutaban mi sudoración depresiva en un ensopamiento sin mundo. Y antes de fumar el último cigarrillo soviético cantaba puntualmente:


-En mi noche larga prenden sus fuegos / los tucu-tucus del desengaño.


-El mal pago -graznó alguien a través de un postigo entreabierto. -Bienvenido a los bas-Urales de la ingratitud. ¿Puedo pasar?



Ni siquiera contesto, y un cuervo de ojos azules (y humeantemente humanos) se desplaza entre la plata del cuarto hasta posarse sobre el mantel chorreado.


-Me presento en plural -hace zigzaguear el pico sin prestarle atención a los restos de comida. -Somos los malos bichos que no queremos que se nos pudra el alma y tratamos de ir de vuelo. La peor de nuestras tristezas no son los 20 millones de rusos que murieron peleando contra Hitler ni los 40 millones que arrasó el padre Stalin: la peor son los que quedamos sin que nos enseñara a ir de vuelo. “Oh dulcísimo amor de Dios, mal conocido! El que halló sus venas descansó”.


Eso me obliga a sonreír.



-¿Y usted qué hace en este infierno? -bizqueó desopilantemente el pajarraco.


-Me reciben por convenio gremial.


-¿Es comunista?


-Cristiano-comunista.


-Ah, sí. Y nosotros somos gallos que no saben cantarle al amanecer.


La carcajada-pedorrera hizo que me retorciera de felicidad por primera vez en tres días.




Mire -agrega, con la negrura erecta. -Si acá volara toda la basura sacralizada por el Partido no veríamos el sol.


-Ya me estoy dando cuenta. ¿No desayunaría un pan con ricota?


Pero él me clava los bochones lleno de una humareda de terciopelo y antes de escaparse reza:


-“¿Pues qué pides y buscas, alma mía? Tuyo es todo esto, y todo es para ti. No te pongas en menos ni repares en migajas que se caen de la mesa de tu Padre. Sal fuera y glóriate en tu gloria. Escóndete en ella y goza, y alcanzarás las peticiones de tu corazón”.




A las diez de la noche -después de haber tomado algunas vodkas y una botella de vino con la cena- ya estaba sentado en la plaza que quedaba entre el Ukraina y el río, sudorosamente sobrio: había una fila de camiones llegados desde los Urales estacionados en la rambla fluvial, y se podía ver con nitidez a las putas que salían del hotel y se ocupaban cinco o diez minutos en las cabinas de los semi-remolques.




-Tiens -le dice la Mermelada a Isabelino Pena, y mi sobresalto hace carcajear con fruición al detective.


-Tiens -escruto la policromía incolora de Moby Dick que refulge en la capelina y el vestido Pompadour de la vieja. -Se vinieron en yunta.


-Banqué yo, por supuesto -aclara ella, emboquillando un porro. -¿Y usted? ¿Dónde consiguió los rubr(l)os?


-Vine a Lathi invitado por los finlandeses y me tomé un tren hasta aquí: tenemos un convenio de mutua asistencia entre las asociaciones de escritores. Lástima que los tavarich se olvidaron de ir a buscarme a la estación y me las tuve que arreglar solo el sábado a mediodía, con 35 grados. Al final logré que entre un taxista y una traductora al inglés me ubicaran aquí. Recién hoy tomé contacto con los colegas: ligué un guía macanudo, aunque implacablemente perestróikico. A los cinco minutos de salir a dar vueltas me agarra un hombro lo más pancho y me dice: Estoy a las órdenes, camarada. ¿Le escondo o le muestro?


El viejito usa un traje de dril y un panamá que parecen condensar todo el sosiego del atardecer.


-Qué lástima -comenta. -A vos te tocó la URSS del 89. Manolo se reenganchó en el 57, cuando vino invitado al Festival Internacional de la Juventud. Hoy lo vimos. Anda lagrimeando de felicidad: dice que las estaciones aldeanas enteras salían a recibir con flores a las delegaciones y bailaban abajo de la lluvia y aquello era un aquelarre social de una blandura inédita.


-Todos los pueblos son maravillosos. Pero yo me gané una visita guiada por las cloacas del Kremlin, compañero.



-Bueno, ahora lo que importa es tratar de encontrar al dichoso Tomatito -me ofreció un Peter Stuyvesant el detective. -O mejor dicho: lo que hay que encontrar es el retrato de la guazú-virá chumbeada que grafitó Manolo en la puerta 7 de su libro. Ese retrato fue robado por el pelirrojo después que el Papalote hizo aparecer a la Yemanjá lubola en el aljibe y Manolo pidió para poner a prueba al estoico General. ¿Por qué me mira así?


-Porque no entiendo bien adónde nos lleva eso.


-Nos lleva a entender el eje que usted nunca soñó para su propio libro, viejo: Tomatito es un tío segundo de Ray De Deus que se infiltró en Solís y terminó por transformarse en el Maligno Criollo. Así como lo oye.



Entonces la Mermelada pide permiso para sentarse al lado mío y las volutas podres del haschich me retrotraen al vértigo de los tiempos heroicos.


-Tenga fe -me acaricia la vieja, irradiando una viscosa humildad de murciélago. -Yo también soy parienta de Ray De Deus. Somos perras de la guarda, en el fondo. Enamoradas.


-Pero mire qué bien.


-Es la pura verdad. Les ladramos a los hombres que eligieron servir al envoltorio cósmico. O al Dios suyo. Es lo mismo. En el fondo somos Gárgolas que suben a los camiones a pagar.


-Pero matan.


-Pero somos necesarias para la evolución. Espínola Gómez piensa eso.



-Espínola Gómez el Dios de Job Yemanjá del Mar Dulce Jung Teilhard de Chardin and Company -nos interrumpe el detective, consultando su reloj. Dentro de media hora empieza la pulseada entre Dostoievski y Tolstoi, con Manolito de moderador. ¿Arrancamos, muchachos?
FELIPE POLLERI, EL URUGUAYO INDOMABLE

“LA LITERATURA ES EL ESPACIO DE LA LIBERTAD; YA LA VIDA COTIDIANA NOS EXIGE QUE CUMPLAMOS UN MONTÓN DE REGLAS”


Por Rubén A. Arribas


(17 / 5 / 2017)


A partir de hoy —si todo va como debe—, La inocencia, de Felipe Polleri, estará disponible en las librerías españolas. La publicación de la novela hay que agradecérsela a la editorial :Rata_, sello valiente y atrevido donde los haya. Quizá incluso demasiado atrevido: me encargó a mí que perpetrara el prólogo... Cosa que hice, por cierto, con mucho gusto y admiración por este indomable escritor uruguayo (lo siento, Felipe; ya vendrán prologuistas mejores...). En fin, ojalá que alguno de los disparates que escribí anime a la gente a adentrarse en el singular mundo literario que propone Polleri.



También, y ya que estoy metido en faena, reproduzco la entrevista que escribí para el catálogo de la editorial.
En realidad, lo que transcribo es solo el fragmento de una larga conversación que tuvimos el 1 de diciembre de 2016. La otra parte de la charla —o al menos una parte notable de ella— puede leerse en el prólogo del libro.



Por último, va una ración de agradecimientos (disculpad el sentimentalismo...). Varias personas me han ayudado a cumplir con este loco afán mío de que se publicase algún libro de Polleri en España, así que va para ellas este último párrafo. Gracias a Iolanda Batallé por fiarse de mí y por la generosidad de sus comentarios; a Constantino Bértolo, por su siempre lúcida y lucense presencia; a Iago Fernández, por su paciencia y buen hacer; a Loris Tassi, por hacerme cómplice de su polleriana traducción al italiano de ¡Alemania, Alemania! (y de su consiguiente napolitanísima desesperación); a Pablo Silva, por hacerle llegar mis reseñas al autor y ayudarme a localizarlo; y, sobre todo, a Diego Eguía y a Laura Caorsi, por dejar todo lo que estaban haciendo y dedicar una tarde de sus vacaciones australes a robarle el alma —fotográficamente hablando— al gran Felipe Polleri. A todos y a todas, insisto, muchas gracias, etcétera, etcétera.




En La inocencia haces referencia a los niños locos, algo habitual en otras novelas tuyas. ¿Qué relación tiene lo infantil en la construcción de tu voz narrativa?



Es la raíz; en el fondo, soy un niño rabioso... Y ese niño es el que escribe, o al menos uno de los Otros que escribe. Es un niño rabioso, dolorido, que no puede ser consolado —la época del consuelo ya pasó— y que lo único que le queda es la lucha hasta el final. Todos tenemos ese niño adentro. Yo al mío lo siento dolido, resentido, vengativo, inconsolable.



¿Eso tiene algo de autobiográfico?



Sí, fui un niño muy problemático: tenía todas las somatizaciones habidas y por haber y me pasaba de todo... Se ve que el cuerpo habla cuando la cabeza no puede procesar. Ahora, en cambio, se manifiesta la cabeza. Por eso, ahora no somatizo nada; estoy bárbaro gracias a la escritura. A mí la escritura me salvó: era lo único que podía hacer para ser socializable.



¿La inocencia es la mejor obra para entrar en tu literatura?



Eso me han dicho los buenos lectores y los lectores no tan entrenados. Mi estilo no tiene casi argumento —el argumento es lo que siente el personaje—; sin embargo, todo el mundo suele identificarse con la niñez —todos tuvimos una niñez compleja— y con Rodolfo, un tipo de clase alta que se come vivos a sus propios orígenes... En fin, todo el mundo odia a los ricos, y diría que mi autopsia logra sacar ese odio, tan sano, del corazón de los lectores.



Llevas publicando desde 1990. ¿Cómo valoras La inocencia en el conjunto de tu obra?



Fue el libro que más se vendió, y eso tiene su interés; pero, sobre todo, fue un libro que me hizo mucho bien escribirlo. Me costó una enfermedad porque tuve que hundirme en el pasado, pero me hizo mucho bien descargarme. No es que la novela sea literal ni mucho menos —mi padre fue un señor muy culto y mi madre, una persona muy amorosa—, pero sí ese ambiente de la niñez, al que quise volver porque lo sentía como una especie de molestia, de malestar.



¿Hubo algún detonador para comenzar a escribir?



Una noche tuve una pesadilla, que es con la que empieza el libro, y la escribí: yo me despertaba en un cuarto a oscuras, era el cuarto de mi hermana, luego agarraba y buscaba la luz, después alguien tocaba el timbre y era el tipo que vendía el Diario Imperial... Se ve que eso me estaba presionando, que era una parte de mi infancia a la que no había vuelto, y una buena manera de volver fue escribiendo. Fue un proceso liberador, pero doloroso.



¿Por qué se llaman igual, «Vivir a veces», la primera y la tercera parte?



En la primera parte habla Rodolfo, que es ventrílocuo y cuenta su historia familiar. Después, en «Las muchachas de Pocitos» —cuando Rodolfo aparece como un solterón con buena guita que vive con una hermana—, el que habla es uno de sus muñecos, un pingüinito vestido de frac que también se llama Rodolfo. Lo que cuenta el pingüinito es lo que Rodolfo hubiera sido de no haberse rebelado... Es su pesadilla, lo que más teme. La tercera parte es la continuación de la primera.



Tu literatura está llena de esas ideas algo enrevesadas. ¿Cómo se te ocurren?



Me gusta hacer ese tipo de cosas. Cada libro te plantea una serie de derivaciones, por las que vos circulás o no si estás abierto a ellas. Cuando escribo, no tengo límites: si el libro deriva a lugares más complejos, voy a esos lugares más complejos; si deriva a que todo quede como un sorete, también voy ahí. La literatura es el espacio de la libertad; ya la vida cotidiana nos exige que cumplamos con un montón de reglas.



¿Y si el lector no puede seguirte?



Si encuentra dificultades, pienso que son un estímulo. Como diría Jean Genet, las dificultades son una cortesía para el lector: lo estás suponiendo superinteligente y receptivo. El lector se merece lo mejor; no se merece que vos estés achicando, arrugando y diciendo: «Ay, esto no lo voy a poner porque...». ¡No! El lector se merece que vos les des todo, que pongas toda la carne en el asador. Yo me rompo todo escribiendo. El lector merece que le des el mejor libro que puedas hacer, sin vos autocensurarte. Si te autocensurás, estás en el horno.





(Si quieres saber más de la editorial :Rata_, aquí te enlazo sus cuentas de FacebookTwitter e Instagram. Y aquí puedes hacerte una idea de su catálogo. Otra manera de saber qué tipo de libros publica es leer lo que escribí sobre Escrituras sublevadas, de Carles Hac Mor, o sobre Yo misma, supongo, de Natalia Carrero. Antes de cometer la temeridad de escribir el prólogo a un libro de Felipe Polleri, cometí otras osadías menores; a saber: reseñé las novelas ¡Alemania, Alemania! (HUM, 2013), Los animales de Montevideo (HUM, 2015) y La inocencia (HUM, 2007). En el prólogo cito, entre otros, a Mario LevreroJules SupervielleDamián Tabarovsky o Federico Jeanmaire. Dejo enlazado algo que escribí sobre ellos tiempo atrás.)