CLARISSA PINKOLA
ESTÉS
MUJERES QUE CORREN
CON LOS LOBOS
CIENTOSEXAGESIMOCTAVA ENTREGA
CAPÍTULO 15
La sombra: El canto
hondo (2)
Iniciamos nuestra búsqueda de lo salvaje en nuestra infancia o en la
edad adulta porque, en medio de algún denodado esfuerzo, intuimos la cercanía
de una presencia salvaje y protectora. Quizá descubrimos sus huellas en la
nieve reciente de un sueño. O bien observamos en nuestra psique una rama
quebrada aquí o allá, unas piedras removidas, con la húmeda parte inferior boca
arriba, y comprendimos que algo sagrado había pasado por nuestro camino.
Percibimos en lo más hondo de nuestra psique el susurro lejano de un aliento
conocido, notamos unos temblores en el suelo y comprendimos que algo poderoso,
alguien importante, la salvaje libertad que llevábamos dentro, se había puesto
en marcha.
No pudimos apartarnos de todo aquello sino que más bien lo seguimos y, de
esta manera, aprendimos a saltar, correr y seguir como una sombra todas las cosas
que atravesaban nuestro territorio psíquico. Empezamos a seguir como una sombra
a la Mujer Salvaje y, a cambio, ella empezó a seguirnos amorosamente a nosotras.
Aullaba y nosotras tratábamos de contestarle, antes incluso de recordar su
lenguaje, antes incluso de saber exactamente con quién estábamos hablando.
Y ella nos esperaba y nos animaba. Este es el milagro de la naturaleza
salvaje e instintiva. Sin tener pleno conocimiento de lo que ocurría, lo
sabíamos. Sin verlo, comprendíamos la existencia de una prodigiosa y amorosa
fuerza más allá de los límites del simple ego.
En su infancia, Opal Whitely escribió estas palabras acerca de la reconciliación
con el poder de lo salvaje:
Hoy hacia el
anochecer
me adentré un poco
con la niña ciega
en el bosque donde
todo es
sombra y oscuridad.
La acompañé hacia
una sombra
que venía a nuestro
encuentro.
Le acarició las
mejillas
con sus dedos de
terciopelo
y ahora a ella
también
le gustan las
sombras.
Y el miedo que tenía
se ha ido.
Las cosas que han perdido las mujeres a lo largo de muchos siglos las
pueden volver a recuperar siguiendo las sombras que arrojan. Y ya le puedes
poner una vela a la Virgen de Guadalupe, pues los tesoros perdidos y robados
siguen arrojando sombras sobre nuestros sueños nocturnos y nuestras
ensoñaciones diurnas y también sobre los antiguos cuentos, la poesía y
cualquier momento de inspiración. Las mujeres de todo el mundo -tu madre, la
mía, tú y yo, tu hermana, tu amiga, nuestras hijas, todas las tribus de mujeres
que todavía no conocemos- soñamos con lo que hemos perdido, con lo que surgirá
del inconciente.
Todas soñamos lo mismo en todo el mundo. Nunca nos quedamos sin el mapa.
Nunca estamos las unas sin las otras. Permanecemos unidas a través de nuestros sueños.
Los sueños son compensatorios, son un espejo del inconciente profundo en el que
se refleja lo que se ha perdido y lo que todavía se tiene que corregir y
equilibrar.
Por medio de los sueños el inconciente produce constantemente imágenes que
nos enseñan. Por consiguiente, como el legendario continente perdido, la tierra
salvaje de los sueños surge de nuestros cuerpos dormidos envuelta en un vapor que
se extiende por todas partes y crea una patria protectora por encima de todas
nosotras. Este es el continente de nuestra sabiduría. La tierra de nuestro Yo.
Y eso es lo que soñamos: soñamos con el arquetipo de la Mujer Salvaje,
soñamos con la reunión. Y cada día nacemos y renacemos de este sueño y su
energía nos ayuda a crear a lo largo de toda la jornada. Nacemos y renacemos
noche tras noche de este mismo sueño salvaje y regresamos a la luz del día
agarradas a un áspero pelo, con las plantas de los pies ennegrecidas por la
húmeda tierra y el cabello oliendo a océano, o a bosque o a fuego de hoguera.
Desde esta tierra pasamos a vestirnos con la ropa del día, de la vida
cotidiana. Abandonamos aquel lugar salvaje para sentarnos delante del
ordenador, de la cazuela, de la ventana, del profesor, del libro, del cliente.
Arrojamos el aliento de lo salvaje sobre nuestra labor empresarial, las
creaciones de nuestro negocio, nuestras decisiones, nuestro arte, la obra de
nuestras manos y de nuestros corazones, nuestra política y nuestra
espiritualidad, nuestros planes, nuestra vida hogareña, la educación, la
industria, los asuntos exteriores, las libertades, los derechos y los deberes.
Lo salvaje femenino no sólo se puede sostener en todos los mundos sino que
sostiene todos los mundos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario