LA HISTORIA ES UN CUENTO DE HORROR
por Daniel Molina
(RIO NEGRO / 9-10-2017)
La foto es de 1904. En ella se ve a un
hombre pobre (sabemos que se llamaba Nsala) sentado en la puerta de su precaria
vivienda. Ese hombre está mirando algo que al principio no sabemos qué es (en
la imagen, además, hay otros dos hombres que lo miran a él). Al fijar nuestra
mirada en esos pequeños objetos que Nsala está observando descubrimos que son
un pie y una mano. Pertenecían a Balii, la pequeña hija de Nsala (tenía apenas
cinco años cuando fue martirizada). Luego de la amputación ella fue asesinada
junto a su madre. Shakespeare, que no vio jamás escenas como la que registra
esta foto, escribió que “la vida es cuento narrado por un idiota, lleno de
ruido y de furia, y no tiene ningún sentido”.
Sin embargo esta foto, en la que Nsala
mira alelado lo único que quedó de su pequeña hija, sí tiene un sentido. Es un
recordatorio de cuán brutal fue el proceso de acumulación de capital para
financiar el desarrollo de la Europa moderna: el hombre fue “castigado” por no
haber cumplido con la cuota de caucho que se esperaba que entregara luego de
una jornada agotadora que, fácilmente, se extendía por 18 horas. El horror padecido
por Nsala y sus seres queridos no fue una excepción: Alice Seeley Harris, la
mujer que tomó esa imagen, registró cientos de casos similares. Alice Seeley
Harris era una misionera británica que había llegado al Congo belga a fines del
siglo XIX para realizar ayuda humanitaria, centrada especialmente en los niños.
Cuando llegó al Congo, Seeley Harris
decidió documentar lo que vio porque al principio no podía creer lo que veían
sus ojos: cientos, miles de personas mutiladas. A toda hora se producían asesinatos,
que eran llevados a cabo con total impunidad por los guardias de la empresa del
emperador Leopold de Bélgica (primo de la reina Victoria). Aun hoy no se sabe
cuántas personas fueron masacradas en el Congo mientras tuvo el estatuto de
Congo Libre (es decir, que no era una colonia de algún país, sino una empresa
privada cuya única propiedad correspondía al emperador; eso sucedió entre 1885
y 1908). La cifra más conservadora habla de cinco millones de muertos, pero las
más recientes estimaciones dicen que fueron al menos diez millones.
Seeley Harris volvió a Europa y viajó
por los Estados Unidos dando charlas sobre las atrocidades que presenció en
África. Solía mostrar sus fotos convertidas en transparencias y las proyectaba
contra una pantalla para llegar a un público más amplio. Hoy se la considera
una de las fundadoras de la lucha por los derechos humanos. Vivió 100 años
exactos. Murió en 1970, poco después de cumplir un siglo, y su voz fue
registrada en una entrevista de la BBC.
El trabajo de Seeley Harris fue
inaugural, pero las brutalidades que denunció no eran una excepción. Así se
trataba a todos los trabajadores esclavos y semiesclavos en todas partes. Y no
sólo sucedía en los lugares más aislados de África, en la próspera Australia de
comienzos del siglo XX los aborígenes no tenían estatuto humano: figuraban en
el Acta de Flora y Fauna, junto a los demás animales no humanos. Recién en los
60, luego de una larga lucha por los derechos civiles, el gobierno de Australia
reconoció a los aborígenes como personas de pleno derecho, aunque en la
práctica llevó décadas hasta que eso se hizo efectivo.
Todos estos casos no sucedieron
mientras Keops construía su pirámide en el Egipto de hace milenios: se refieren
a pleno siglo XX. Hoy la mayoría de nosotros se horroriza ante casos como el
padecido por Nsala y su pequeña Balii. Nos parece increíble que sólo una
persona (Alice Seeley Harris) se conmoviera ante lo que allí sucedía. No
podemos creer que todos los europeos que estaban en las colonias considerasen completamente
normal mutilar gente o, directamente, matarla. Pero lo consideraban
absolutamente normal. Y eso era posible porque para los europeos en las
colonias los no europeos no eran humanos o, por lo menos, no eran “tan” humanos
como ellos.
Muy poca gente conoce estas historias
que muestran con qué crueldad se fundó el mundo moderno. Y cuando se las conoce
lo primero que se piensa es una forma de autoexculparse: “Ahora ya no somos
así; ese horror es de otra época”. Es cierto. Hemos avanzado mucho en el respeto,
aunque sea jurídico, del otro. Es fácil ver que si hoy hay abusos no son de la
magnitud de los que sufrían millones en la época del Congo Libre. Creemos que
hemos aprendido la lección. Pero, ¿la hemos aprendido?
¿A cuántos de los que se horrorizan al
ver la foto de Nsala les molestó realmente en estas últimas semanas la forma
discriminatoria en que muchos medios nacionales trataron a las comunidades originarias
a partir del caso, aun irresuelto, de la desaparición de Santiago Maldonado?
Mientras no se reconozca que cualquier
otro humano es igual a nosotros, siempre estará el peligro de que se considere
“normal” su exterminio.
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