CONDE
DE LAUTRÉAMONT (ISIDORE DUCASSE)
LOS
CANTOS DE MALDOROR
(Barral Editores / Barcelona 1970)
VIGESIMOSEXTA ENTREGA
CANTO SEGUNDO
2 (1)
Tomo la pluma que va a
construir el segundo canto… instrumento arrancado de las alas de algún pigargo
rojo. Pero… ¿qué pasa con mis dedos? Las articulaciones se paralizan en el
momento en que empiezo a trabajar. Sin embargo, tengo necesidad de escribir…
¡Es imposible! Pues bien, repito que tengo necesidad de escribir mi
pensamiento; tengo derecho, como cualquier otro, de obedecer a esa ley natural…
Pero, ¡no, no, la pluma sigue inerte!... Pronto, mirad a través de la planicie
el relámpago que brilla a lo lejos. La tormenta recorre el espacio. Llueve…
Continúa lloviendo… ¡Cómo llueve! El rayo estalla… ha caído sobre mi ventana
entreabierta y me ha tendido en el piso de un golpe en la frente. ¡Pobre joven!
Tu rostro estaba ya demasiado alterado por las arrugas precoces y la
deformación de nacimiento, para necesitar el agregado de esa larga cicatriz
sulfurosa. (Acabo de dar por cierto que la herida está curada, cosa que no
sucederá tan pronto.) ¿Por qué esta tormenta, y por qué la parálisis de mis
dedos? ¿Es una advertencia de lo alto para impedirme que escriba y para que
recapacite bien sobre los riesgos que corro al dejar fluir la baba de mi boca
cuadrada? Pero esta tormenta no me ha provocado temor. ¡Nada me importa una
legión de tormentas! Esos agentes de la policía celeste cumplen con celo su
penoso deber si he de juzgar sucintamente por mi frente herida. No tengo por
qué agradecer al Todopoderoso su notable destreza; envió el rayo justamente
para cortar mi cara en dos a partir de la frente, sitio donde la herida resultó
más perjudicial; que lo felicite otro. Pero las tormentas atacan a alguien más
fuerte que ellas. Así, pues, horrible Eterno con aspecto de víbora, ¿era
necesario que, no satisfecho de haber colocado mi alma entre las fronteras de
la industria de la insanía y los pensamiento coléricos que matan de un modo
lento, creyeras conveniente para tu majestad, después de un sesudo examen,
hacer manar de mi frente una gota de sangre?... Pero, en fin, nadie te reprocha
nada. Sabes que no te amo, y que, por el contrario, te detesto: ¿por qué
insistes? ¿Cuándo tu conducta decidirá no tomar más las apariencias de la
extravagancia? Háblame con franqueza como a un amigo: ¿no se te ocurre
sospechar que muestras en tu odiosa persecución un apresuramiento ingenuo cuya
total ridiculez no se atrevería a poner en evidencia ninguno de tus serafines?
No hay comentarios:
Publicar un comentario