PAULO
FREIRE
PEDAGOGÍA DEL OPRIMIDO
OCTOGESIMOTERCERA ENTREGA
CAPÍTULO
4 (5)
Al ejercer un análisis crítico
reflexivo sobre la realidad, sobre sus contradicciones, lo que puede ocurrir es
que se perciba la imposibilidad inmediata de una forma de acción o su
inadecuación al movimiento.
Sin embargo, desde el instante en
que la reflexión demuestra la inviabilidad o inoportunidad de una determinada
forma de acción, que debe ser transferida o sustituida por otra, no se puede
negar la acción en los que se realiza esa reflexión. Esta se está dando en el acto
mismo de actuar. Es también acción.
Si, en la educación como
situación gnoseológica, el acto cognoscente del sujeto educador (a la vez
educando) sobre el objeto cognoscible no se agota en él, ya que,
dialógicamente, se extiende a otros sujetos cognoscentes, de tal manera que el
objeto que el objeto cognoscible se hace mediador de la cognoscibilidad de
ambos, en la teoría de la acción revolucionaria se verifica la misma relación.
Esto es, el liderazgo tiene en los oprimidos a los sujetos de la acción liberadora
y en la realidad a la mediación de la acción transformadora de ambos. En esa
teoría de acción, dado que es revolucionaria, no es posible hablar ni de actor,
en singular, y menos aun de actores, en general, sino de actores en
intersubjetividad, en intercomunicación.
Con esta afirmación, lo que
aparentemente podría significar división, dicotomía, fracción en las fuerzas
revolucionarias, significa precisamente lo contrario. Es al margen de esta
comunión que las fuerzas se dicotomizan. Liderazgo por un lado, masas populares
por otro, lo que equivale a repetir el esquema de la relación opresora y su
teoría de la acción. Es por eso por lo que en esta última no puede existir, de
modo ninguno, la intercomunicación.
Negarla en el proceso
revolucionario, evitando con ello el diálogo con el pueblo en nombre de la
necesidad de “organizarlo”, de fortalecer el poder revolucionario, de asegurar
un frente cohesionado es, en el fondo, temer a la libertad. Significa temer al
propio pueblo o no confiar en él. Al desconfiar del pueblo, al temerlo, ya no
existe razón alguna para desarrollar una acción liberadora. En este caso, la
revolución no es hecha para el pueblo por el liderazgo ni por el pueblo para el
liderazgo.
En realidad, la revolución no es
hecha para el pueblo por el liderazgo ni por el liderazgo para el pueblo sino
por ambos, en una solidaridad inquebrantable. Esta solidaridad sólo nace del
testimonio que el liderazgo da al pueblo, en el encuentro humilde, amoroso y
valeroso con él.
No todos tenemos el valor
necesario para enfrentarnos a este encuentro, y nos endurecemos en el
desencuentro, a través del cual transformamos a los otros en meros objetos. Al
proceder de esta forma nos tornamos necrófilos en vez de biófilos. Matamos la
vida en lugar de alimentarnos de ella. En lugar de buscarla, huimos de ella.
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