GUILLERMO
ENRIQUE HUDSON
LA
TIERRA PURPÚREA
CUADRAGESIMOPRIMERA ENTREGA
XI
/ LA MUJER Y LA CULEBRA (4)
Por la noche volvió el
juez y luego oí un furioso altercado entre él y su mujer. Puede que esta
deseara que me hiciese cortar la cabeza. Cómo terminó la disputa no podría
decirlo; pero al encontrarlo a él, después, se mostró frío, y se retiró a su
pieza sin haberme dado la oportunidad de hablarle.
A la mañana siguiente,
m levanté resuelto a no permitir que nada impidiese mi partida. Tendrían que
hacer algo o vérselas conmigo. Al salir para afuera, cuál sería mi sorpresa al
ver mi caballo ensillado junto a la tranquera.
Entré en la cocina y le
pregunté al de los botones dorados -el único en pie- qué significaba eso.
-¡Quién sabe! -respondió
cebándome un mate-. Tal vez sea que el juez quiere que usté se vaya antes que
él se levante.
-Qué te dijo él? -pregunté.
-¿Qué me dijo? ¡Nada me
dijo! ¿Qué habría de decirme?
-¿Pero supongo que
serías tú el que ensillaste mi caballo?
-¡Por de contao! ¿Quién
otro lo haría?
-¿Fue el juez que te
dijo que lo hicieras?
-¿Dijo? Pues, ¿por qué
habría de decírmelo?
-¿Cómo puede saber,
pues, si él quiere que me vaya de su linda casa? -le pregunté, empezando a
enojarme.
-¡Qué pregunta! -respondió,
encogiéndose de hombros-. ¿Cómo sabe usté cuándo va a llover?
Viendo que era
enteramente inútil tratar de sonsacarle algo a este individuo, acabé mi mate,
encendí un cigarrillo y abandoné la casa. Era una hermosísima mañana, sin una
nube, y el pesado rocío sobre la hierba brillaba como gotas de lluvia.
¡Qué cosa tan deliciosa era poder
lanzarse al galope otra vez, libre para ir adonde uno quisiera!
Y así termina mi relato de una culebra, que
quizá no sea muy interesante; pero es auténtico, y por ese motivo tiene una
ventaja sobre todos los otros cuentos de culebras que relatan los viajeros.
No hay comentarios:
Publicar un comentario