GUILLERMO
ENRIQUE HUDSON
LA
TIERRA PURPÚREA
CUADRAGÉSIMA ENTREGA
XI
/ LA MUJER Y LA CULEBRA (3)
Primero solté la risa,
y entonces, viendo que misia Toribia estaba por echarse sobre mí, como una
montaña de carne, para que la protegiera, volviéndome, corrí tras la culebra,
pues había reparado que pertenecía a una variedad inocua de los coronelinos, y
estaba muy deseoso de fastidiar a aquella mujer. En el acto la prendí;
entonces, con la pobre aterrorizada criatura esforzándose por escaparse de mi
mano y enroscándose a mi brazo, volví donde la señora.
-Señora, ¿ha visto
usted en su vida colores más hermosos? -exclamé-. Mire el amarillo verdoso tan
suave del cuello y cómo se va oscureciendo hasta tener un brillo carmesí en el
vientre. ¡No me diga nada de flores ni de mariposas! ¡Vea lo brillante que son
sus ojitos, señora… como dos pequeños diamantes… mírelos de cerca, que bien
merecen su admiración!
Pero ella, al ver que
me acercaba, dio vuelta y huyó gritando, y por último, como no obedeciera y
soltara al terrible reptil, me dejó furiosa de rabia y se fue sola a la casa.
Después de eso continué
mi paseo con sosiego entre las flores; pero mi pequeña cautiva moteada me había
servido tan bien, que no la solté. Se me ocurrió que si la conservaba, podría
servirme de algo así como un talismán y protegerme de las desagradables
atenciones de la señora. Siendo que era una culebrita muy traviesa, y, como
Marcos Marcó cuando estaba encepado, llena de malicia, la puse en el sombrero y
me lo encasqueté, no dejando ningún agujereuelo por donde pudiese penetrar su
pequeña y lanceolada cabecita. Después de pasar dos o tres horas herborizando
en la cañada, volví a la casa. Estaba en la cocina tomando un cimarrón, cuando
entró misia Toribia, deshaciéndose en sonrisas, pues, según parecía, ya me
había perdonado. Me levanté cortésmente y me quité el sombrero. Por desgracia
había olvidado la culebra, y al descubrirme, cayó al suelo; hubo un gran
alboroto y gritos, y luego salieron en tropel de la cocina, la señora, los
niños y las mucamas. A continuación, me vi obligado a sacar la culebra para
fuera y darle libertad, que sin duda le fue muy dulce después de haber estado
tan encerrada. Al volver a la casa, una de las señoras me dijo que la señora
estaba demasiado ofendida para sentarse conmigo en la misma pieza otra vez, de
modo que tuve que almorzar solo; y durante el resto del tiempo que permanecí
preso, se mostraron esquivos conmigo (excepto el de los botones dorados, que
parecía indiferente a cuanto le rodeaba) como si hubiese sido un leproso o un
loco de remate. Pensaban, quizás, que todavía pudiera tener otras culebras
escondidas. Es claro que uno siempre espera encontrar un odio cruel y
desrazonable a las culebras entre la gente ignorante, pero no sabía hasta qué
ridículo extremo pudiese llevarles.
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