GASTON
BACHELARD
LAUTRÉAMONT
(traducción de Angelina Martín del Campo)
CUADRAGESIMOCUARTA ENTREGA
V / LAUTRÉAMONT: POETA DE
LOS MÚSCULOS Y DEL GRITO
I
¡Nada más inimitable
que una poesía original, que una poesía primitiva! Nada tampoco más primitivo
que la poesía primitiva. Domina una vida, domina la vida. Al comunicarse, crea.
El poeta debe crear a su lector y no expresar ideas comunes. Una prosodia debe
imponer su lectura y no ordenar fonemas, efusiones, expresiones. Es por lo que
un filósofo que busca en los poemas la acción de los principios metafísicos,
reconoce sin titubear la causa formal bajo
la creación poética. Sólo la causa poética, al mezclar la belleza con la forma,
da a los seres el vigor de seducir. ¡No se vea en ello un fácil pancalismo! Lo
bello no es un simple ordenamiento. Tiene necesidad de un poder, de una
energía, de una conquista. La estatua misma tiene músculos. La causa formal es
de orden energético. Así alcanza su apogeo en la vida, en la vida humana, en la
vida voluntaria. No se comprende bien una forma en una contemplación ociosa. Es
preciso que el ser que contempla juegue su propio destino ante el universo
contemplado. Todos los tipos de poesía son tipos de destino. Una historia de la
poesía es una historia de la sensibilidad humana. Por ejemplo, un psicólogo atento,
considerará como una verdadera suma de
novedades psicológicas, al hermoso libro de Marcel Raymond: De Baudelaire au surreálisme. (1) Sin
duda se sentirá sombrado por un hecho: las novedades casi siempre son voluntades.
La poesía contemporánea en su asombrosa variedad prueba que el hombre desea un
porvenir, un porvenir para su corazón mismo. El libro de Marcel Raymond ofrece
las múltiples avenidas de una afectividad inventiva, de una afectividad
normativa que renueva y ordena todas las
fuerzas del ser.
Por consiguiente, lo
bello nunca puede ser simplemente reproducido:
requiere que primero sea producido.
Le toma a la vida, a la materia misma, energías elementales que en principio
son transformadas, después transfiguradas. Ciertas poesías se
enlazan con la transformación, otras con la transfiguración. Pero el ser humano
siempre debe sufrir una metamorfosis con el poema verdadero. La función
principal de la poesía, es la de transformarnos. Es la obra humana que nos
transforma con mayor rapidez: basta un poema.
Muy a menudo,
desgraciadamente, unas imágenes heterónomas rompen la ley de la imagen activa.
Un mimetismo increíble parodia al movimiento que sólo es salubre y creador en
su intimidad. Por eso las escuelas, cuando son dominantes, las estéticas,
cuando son enseñadas, detienen las fuerzas metamorfoseantes. A algunos poetas
solitarios les está reservado vivir en estado de metamorfosis permanente.
Constituyen, para el lector fiel, esquemas de metamorfosis sensibles. Ciertos
poetas directos determinan en nuestra sensibilidad una manera de inducción, un
ritmo nervioso, muy diferente del ritmo lingüístico. Hay que leerlos como una
lección de vida nerviosa, como una original lección de ganas-de-vivir. Es así
como hemos tratado de revivir la fuerza inductiva que recorre los Cantos de Maldoror. Al estudio de ese
poema, le hemos consagrado largos meses de experiencia dócil y plena de
simpatía, tratando de restituir la agitación específica de una vida muy
diferente a la nuestra. En el presente capítulo, sin pasar la totalidad de las
imágenes del film, quisiéramos mostrar cómo se entabla el dinamismo poético en
Lautréamont; quisiéramos precisar el principio de su Universo activo.
Notas
(1) Libraire José
Corti, com. (Ed. En esp. FCE, 1954.)
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