CONDE
DE LAUTRÉAMONT (ISIDORE DUCASSE)
LOS
CANTOS DE MALDOROR
QUINCUAGESIMOTERCERA ENTREGA
(Barral Editores / Barcelona 1970)
CANTO SEGUNDO
10 (1)
¡Oh matemáticas
severas!, nunca os he olvidado desde que vuestras sabias lecciones, más dulces
que la miel, filtraron en mi corazón como agua refrescante; desde la cuna yo
aspiraba instintivamente a beber de vuestro manantial más antiguo que el sol, y
todavía continúo, yo, el más fiel de vuestros iniciados, hollando el atrio
sagrado de vuestro templo solemne. Había cierta vaguedad en mi espíritu, un
algo espeso como humo, pero supe escalar las gradas que conducen a vuestro
altar, y habéis ahuyentado ese velo oscuro del mismo modo que el viento
ahuyenta el tablero. (1) Dejasteis en su lugar una frialdad excesiva, una
prudencia consumada y una lógica implacable. Con ayuda de vuestra leche
fortificante, mi inteligencia se ha desarrollado rápidamente, adquiriendo
proporciones enormes en medio de la estupenda claridad que entregáis como
regalo a todos aquellos que os aman con amor sincero. ¡Aritmética! ¡Álgebra!
¡Geometría! ¡Trinidad grandiosa! ¡Triángulo luminoso! Insensatos son aquellos
que os desconocen. Merecerían sufrir los mayores suplicios, pues su negligencia
ignorante contiene un ciego desprecio; pero aquel que os conoce y estima no
aspira ya a otros bienes en la tierra; se satisface con vuestros goces mágicos,
y, transportado en vuestras oscuras alas, sólo desea elevarse en un rápido
vuelo que trace una espiral ascendente hacia la bóveda esférica de los cielos.
La tierra sólo le ofrece ilusiones y fantasmagorías morales, pero vosotras, ¡oh
matemáticas concisas! por el encadenamiento riguroso de vuestras tenaces
proposiciones y la constancia de vuestras leyes férreas, hacéis brillar ante los
ojos deslumbrados un reflejo poderoso de esa verdad suprema cuyo rastro se
advierte en el orden del universo. Pero el orden que os circunda, representado
especialmente por la regularidad perfecta del cuadrado -camarada de Pitágoras-
es todavía mayor, pues el Todopoderoso se manifestó completamente, él en
persona y sus atributos, en esa labor memorable que consistió en hacer surgir
de las entrañas del caos los tesoros de vuestros teoremas y vuestros magníficos
esplendores. Tanto en épocas pasadas como en los tiempos modernos más de una
gran imaginación humana sintió cohibido su genio al contemplar vuestras figuras
simbólicas trazadas sobre el papel inflamado como otros tantos signos
misteriosos que anima un hálito latente, incomprensibles para el vulgo profano,
y que no son sino la manifestación resplandeciente de axiomas y de jeroglíficos
eternos, que existieron antes del universo, y que persistirán cuando este deje
de ser. Entonces aquella se pregunta, inclinada sobre el precipicio de un punto
de interrogación fatal, por qué las matemáticas contienen tantas grandezas
imponentes y tanta verdad irrefutable, en tanto que, al compararlas con el hombre,
en este sólo encuentra mentiras y un orgullo postizo. Entonces ese espíritu superior,
al que la noble familiaridad de vuestros consejos hacen sentir más aun la
insignificancia de la humanidad y su locura incomparable, deja caer, entristecido,
su cabeza canosa sobre una mano descarnada, y permanece absorto en meditaciones
sobrenaturales. Se hinca de rodillas ante vosotras, y su veneración rinde homenaje
a vuestro rostro divino como a la propia imagen del Todopoderoso.
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