GASTON
BACHELARD
LAUTRÉAMONT
(traducción de Angelina Martín del Campo)
QUINCUAGESIMOQUINTA ENTREGA
VI. EL COMPLEJO DE
LAUTRÉAMONT
II (3)
Ante un rostro humano
así animalizado, se experimenta cierta satisfacción. ¿Se siente uno dichoso por
dominar al animal reconocido? ¿Se siente uno orgulloso por plantarse en tanto
hombre ante un hermano inferior que porta la marca indeleble de la animalidad?
De todos modos, cuando se ha clasificado un rostro según los principios de
Lavater, se tiene la ingenua impresión de que el esfuerzo mayor de la
psicología se ha cumplido: uno se consagra como fisonomista, y en consecuencia como psicólogo; riendo,
disfruta uno de su descubrimiento. A veces, sin embargo, uno se siente invadido
por cierta inquietud ante ese decremento del rostro humano; se teme la acción y
la revancha animales; se supone que es ya una violencia tal rostro violento. No
faltan, como se ve, las razones de afectividad simplista. El narrador de la
novela de Wells parece haber tenido la obsesión de las diversas posibilidades
de la animalización al enlazar las marcas lavaterianas a energías ducassianas
adormecidas. La novela de Wells nos pone así tras la huella de una filiación
psicológica de Lavater a Lautréamont: (2) “Puedo certificar que, desde hace
varios años hasta ahora, una perpetua inquietud habita mi espíritu, parecida a
la que podría sentir un leoncito domado a medias. Mi turbación toma una de las
formas más extrañas. No podía yo convencerme de que los hombres y las mujeres
que encontraba no fueran también un género diferente, apenas humano, de
monstruos, de animales apenas formados con la apariencia exterior de un alma
humana, y que pronto iban a regresar a la animalidad primera para dejar ver
alternativamente tal o cual marca de bestialidad atávica.” Cuando “miro a mis
semejantes en torno mío, vuelve mis temores. Veo rostros ásperos y animados,
otros apagados y peligrosos, otros huidizos y mentirosos, sin que ninguno posea
la calmada autoridad de un alma razonable. Tengo la impresión de que el animal
de repente va a volver a aparecer en esos rostros…” “Cuando vivía en Londres…
no podía escapar a los hombres; detrás de mí maullaban mujeres que merodeaban;
hombres famélicos y furtivos me lanzaban miradas ansiosas; obreros pálidos y
extenuados pasaban cerca de mí tosiendo, con los ojos fatigados y el paso apurado
como bestias heridas perdiendo su sangre… E incluso me parecía que, también yo,
no era una criatura de razón, sino únicamente un animal atormentado por algún
extraño desorden cerebral que me hacía errar solo como un borrego presa de
vértigos”.
Notas
(2) H. G. Wells, La isla del doctor Moreau, pp. 242-244.
No hay comentarios:
Publicar un comentario