CONDE
DE LAUTRÉAMONT (ISIDORE DUCASSE)
LOS
CANTOS DE MALDOROR
QUINCUAGESIMOSEGUNDA ENTREGA
(Barral Editores / Barcelona 1970)
CANTO SEGUNDO
9 (3)
Por mi parte, si se me
permite agregar algunas palabras a este himno de glorificación, diré que he
hecho construir un foso de cuarenta leguas cuadradas y de profundidad
proporcionada. Allí reposa, en su inmunda virginidad, un yacimiento viviente de
piojos, que cubre el fondo del foso, y luego serpentea en amplias y densas
vetas en todas direcciones. He aquí cómo he construido este yacimiento
artificial. Saqué un piojo hembra de la cabellera de la humanidad. Me han visto
acostarme con ella por tres noche consecutivas, y luego la eché en el foso. La
fecundación humana, que hubiera sido nula en casos parecidos, fue aceptada esta
vez por la fatalidad, y, al cabo de unos días, millares de monstruos, bullendo
en una maraña compacta de materia, surgieron a la luz. Esa maraña horrorosa se
volvió con el tiempo más y más enorme, adquiriendo las propiedades líquidas del
mercurio y ramificándose en cuantiosos ramales que en la actualidad se nutren
devorándose unos a otros (los nacimientos superan a las muertes), salvo que yo
les arroje como alimento algún bastardo recién nacido cuya madre desea su
muerte, o un brazo que logro cortar a alguna muchacha, de noche, merced al cloroformo.
Cada quince años, las generaciones de piojos que se alimentan del hombre
disminuyen notablemente, y ellas mismas predicen, indefectiblemente, la época
cercana de su completa extinción. Pues el hombre, más inteligente que su
enemigo, logra vencerlo. Entonces, con una pala infernal que acrecienta mis
fuerzas, extraigo de este yacimiento inagotable, bloques de piojos tan grandes
como montañas; los corto a hachazos y los transporto, en las noches profundas,
a las arterias de las ciudades. Allí, en contacto con la temperatura humana se
derriten como en los tiempos de su primitiva formación en las galerías
tortuosas del yacimiento subterráneo, se labran un lecho en la grava, y se
expanden en arroyos por las habitaciones, como espíritus perniciosos. El
guardián de la casa ladra sordamente, pues le parece que una legión de seres
desconocidos penetra por los poros de las paredes y acarrea el terror a la cabecera
del sueño. Quizás no hayáis dejado de oír, por lo menos una vez en la vida,
esas clases de ladridos dolorosos y prolongados. Con sus ojos impotentes trata
de penetrar en la oscuridad de la noche, pues su cerebro de perro no comprende
lo que sucede. Ese murmullo lo irrita, y se siente traicionado. Millones de
enemigos se abaten así sobre cada ciudad como nubes de langostas. Helos aquí
por quince años. Combatirán al hombre provocándole lesiones abrasadoras. Después
de transcurrido ese lapso, enviaré una nueva cantidad. Cuando trituro los bloques
de materia animada, puede suceder que un fragmento sea más compacto que otros.
Sus átomos se esfuerzan rabiosamente por separar su aglomeración para ir a atormentar
a la humanidad; pero la cohesión se mantiene firme. En un espasmo supremo,
engendran tal energía, que la piedra, no pudiendo dispersar sus elementos
vivientes, se lanza ella misma hacia las alturas como por efecto de la pólvora,
para volver a caer introduciéndose profundamente en el suelo. A veces, el
labriego soñador percibe un aerolito que hiende verticalmente el espacio, para
dirigirse al bajar hacia un campo de maíz. Ignora de dónde procede la piedra.
Vosotros tenéis ahora la explicación clara y sucinta del fenómeno.
Si la tierra estuviera
cubierta de piojos como de granos de arena la orilla del mar, la raza humana
sería aniquilada, presa de terribles dolores. ¡Qué espectáculo! ¡Y yo, con alas
de ángel, inmóvil en los aires, para presenciarlo!
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