GUILLERMO
ENRIQUE HUDSON
LA
TIERRA PURPÚREA
QUINCUAGESIMOQUINTA ENTREGA
XV
/ “CUANDO SUENA LA TROMPA GUERRERA” (1)
Por la noche volvió
Alday con dos de sus compañeros, y tan pronto como se presentó la oportunidad,
le llamé aparte y le pedí que me facilitara un caballo para seguir mi viaje a
Montevideo. Respondió evasivamente que en dos o tres días se encontraría el que
yo había perdido. Le dije que si me daba uno, él podía reclamar el mío tan
luego apareciera, junto con el recado, poncho y demás pilchas. Repuso que no
podía darme un caballo y “además el recado y las riendas”. Parecía querer
guardarme en su casa con algún propósito suyo, y esto me determinó a abandonar
la estancia a todo trance inmediatamente, a pesar de las tiernas y sentidas
miradas que, bajo sus largas y rizadas pestañas, fulguraban los ojos de Mónica.
Por último, le dije que si no me proporcionaba un caballo, me iría de su
estancia a pie. Esto le alteró en cierto grado; porque en este país, donde el
robar caballos y trampear en el juego se reputan pecados venales, se considera
muy deshonroso el que un estanciero permita que un huésped abandone su estancia
a pie. Reflexionó algunos minutos sobre mis palabras, y después de consultar
con sus amigos, prometió proveerme, al día siguiente, de todo cuanto
necesitase. No había oído nada más de la revolución; pero después de cenar,
Alday se puso de repente muy confidencial y me dijo que dentro de pocos días
todo el país estaría en armas, y que sería sumamente peligroso emprender un
viaje solo a la capital. Se explayó sobre el enorme prestigio del general Santa
Coloma, quien acababa de tomar las armas en contra de los Colorados -el partido entonces en el poder- y terminó diciendo que
mi plan más seguro sería afiliarme a los revolucionarios y acompañarles en su
marcha a Montevideo, la que se emprendería de un momento a otro. Repuse que no
tenía ningún interés en las disensiones de la Banda Oriental y que no quería
comprometerme formando parte de ninguna expedición militar. Se encogió de
hombros, y volviendo a prometerme un caballo para el próximo día, se fue a
acostar.
Al levantarme a la
mañana siguiente, encontré que toda la demás gente hallábase ya en pie. Los
caballos estaban ensillados y parados al lado de la tranquera, y Alday,
señalándome un caballo de regular estampa, me informó que lo habían ensillado
para mí, añadiendo que él y sus amigos me acompañarían una o dos leguas para
enseñarme el camino a Montevideo. Se había puesto, de pronto, demasiado amable,
pero creí, ingenuamente, que sólo estaba dándome cumplida satisfacción por la
falta de hospitalidad del día anterior.
Después de tomar
algunos mates amargos, le di las gracias a la dueña de casa, miré por última
vez en los tristes ojos negros de Mónica, levantados un instante a los míos, y
besé la cara conmovedora de Anita, sorprendiéndola sobremanera y divirtiendo
considerablemente a los otros miembros de la familia. Después de haber caminado
poco más de una legua, manteniéndonos casi paralelamente al río, se me ocurrió
que no íbamos en la debida dirección, por lo menos, para mí. Por consiguiente,
detuve mi caballo y les dije a mis compañeros que ya no había motivo para que
se molestasen acompañándome más lejos.
-¡Amigo! -dijo Alday,
acercándose-, si nos deja aura, cairá con siguridá en manos de alguna partida,
que al encontrarlo a usté sin pasaporte, de nada le serviría, pues lo harían
pedazos y de todos modos se lo llevarían. En estas circunstancias, su plan más
seguro es acompañarnos a El Molino, ande está el general Santa Coloma reuniendo
sus tropas, y entonces usté podrá explicarle a él su situación.
-Yo no voy con ustedes a El Molino -dije airadamente, exasperándome
su falsedad.
-Entonces nos obligará
a llevarlo por la juerza -repuso.
No tenía pizca de gana
de que me prendieran tan luego otra vez, y viendo que era preciso dar algún golpe
atrevido para mantener mi libertad, refrené de repente mi caballo y saqué mi revólver:
-¡Amigos!, su camino está en esa dirección; él mío en esta. ¡Adiós, señores!
No bien hube terminado
de decir esto, cuando recibí un feroz rebencazo, casi quebrándome el brazo y
derribándome del caballo, mientras que mi revólver fue a rodar a unos doce
metros más allá. El golpe lo había dado uno de los compañeros de Alday, quien
había permanecido un poco rezagado; el bribón dio prueba de una rapidez y
destreza asombrosas en ponerme fuera de combate.
Furioso de rabia y
dolor, me levanté del suelo, y desenvainando mi facón, amenacé dar de puñaladas
al primero que se me acercase; entonces, sin medir palabras, denosté a Alday
echándole en cara su cobardía y brutalidad. Sonrió solamente y dijo que tomaba en
cuenta mi juventud y que, por consiguiente, no se resentía por las injurias que
había proferido.
-Y aura, amigo -continuó,
después de recoger mi revólver y montar otra vez a caballo-, no perdamos más
tiempo, sino que apresurémonos pa llegar a El Molino, donde usté podrá contarle
su cuento al general.
Como yo no estuviera
dispuesto a que me amarrasen al caballo y me llevaran de esa manera
desagradable e ignominiosa, tuve que obedecer. Subiéndome a la silla con alguna
dificultad, nos encaminamos a buen galope en dirección de El Molino. El
movimiento áspero del caballo que montaba, aumentó el dolor en el brazo hasta
que se hizo insoportable; entonces, uno de los hombres compadeciéndome, me
arregló el brazo en un cabestrillo, después de lo cual pude seguirlos más
cómodamente, aunque siempre con mucho dolor.
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