GUILLERMO
ENRIQUE HUDSON
LA
TIERRA PURPÚREA
QUINCUAGESIMOSEXTA ENTREGA
XV
/ “CUANDO SUENA LA TROMPA GUERRERA” (2)
El día era
excesivamente caluroso y no llegamos al lugar de nuestro destino hasta eso de
las tres de la tarde. Justamente antes de entrar en la población pasamos por
entre un pequeño ejército de gauchos acampados en el llano colindante. Algunos
estaban ocupados en asar carne, otros ensillaban caballos, mientras que otros,
en destacamentos de veinte o treinta hombres, estaban ejecutando maniobras a
caballo. El conjunto hacía un cuadro de maravillosa animación; casi todos los
hombres estaban vestidos a la gaucha, pero aquellos que maniobraban llevaban
lanzas con banderolas blancas que tremolaban al viento. Pasando por en medio
del campamento, entramos en la población; se componía esta de unas sesenta u
ochenta casas de piedra o adobe, algunas con techos de totora y otras tejadas,
cada una ostentando su gran jardín. En el edificio público, frente a la plaza,
estaba apostada una guardia de diez hombres con carabinas. Nos apeamos y
entramos en el edificio, y se nos informó que el general acababa de salir de la
población y que no se le esperaba hasta el día siguiente.
Alday habló con un
oficial sentado a una mesa en la sala a la cual nos había conducido, tratándolo
de comandante. Era enjuto de cuerpo, de edad madura, de serenos ojos garzos, de
tez descolorida y tenía facha de ser caballero. Después de oírle algunas
palabras a Alday, se volvió a mí cortésmente y me dijo que sentía informarme
que me tendría que quedar en El Molino hasta que hubiese vuelto el general, y
yo pudiese referirle mi caso personalmente.
-No deseamos -dijo, en
conclusión- obligar a ningún extranjero, ni siquiera a un oriental, a
incorporarse a nuestras filas; pero naturalmente desconfiamos de toda persona
extraña, habiendo ya prendido a dos o tres espías en la vecindad.
Desgraciadamente, usted no está provisto de pasaporte y es mejor que le vea el
general.
-¡Señor oficial! -repuse-.
Usted no le hace ningún bien a su causa maltratando y deteniendo a un inglés.
Contestó que lamentaba
que su gente hubiese considerado necesario tratarme rudamente, pues en tales
moderados términos fue como describió mi tratamiento. Excepto ponerme en
libertad, se haría todo cuanto fuese posible por hacer mi estancia en El
Molino, agradable.
-Si es necesario que el
general mismo me vea antes de que se me pueda dar la libertad, le ruego ordene
a estos hombres que me lleven inmediatamente donde él -dije yo.
-El general no se ha
ido todavía de El Molino -dijo un ordenanza que se hallaba allí presente-. Está
en la Casa Blanca al otro extremo del pueblo, y no se va hasta las tres y
media.
-Es casi eso ya -dijo
el oficial, mirando su reloj-. Vea, teniente Alday; lleve a este joven
inmediatamente adonde el general.
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