CONDE
DE LAUTRÉAMONT (ISIDORE DUCASSE)
LOS
CANTOS DE MALDOROR
QUINCUAGESIMOCUARTA ENTREGA
(Barral Editores / Barcelona 1970)
CANTO SEGUNDO
10 (2)
En los tiempos de mi
infancia, os aparecisteis ante mí una noche de mayo, a la luz de la luna, en un
prado verdeante, cerca de un límpido arroyo, las tres iguales en gracia y
pudor, las tres rebosantes de una majestad de reinas. Disteis algunos pasos
hacia mí, con vuestros largos vestidos flotantes como vapor, y me atrajisteis
hacia vuestros altivos senos como a un hijo bendecido. Entonces acudí presuroso
y mis manos se aferraron a vuestros pechos. Me nutrí, lleno de reconocimiento,
de vuestro maná fecundo, y sentí que la humanidad crecía en mí y se volvía
mejor. Desde ese momento, ¡oh diosas rivales!, nunca os he abandonado. Desde
ese momento, ¡cuántos proyectos pujantes, cuántas inclinaciones que creí haber
grabado en las páginas de mi corazón como se graba en el mármol, no han ido
borrando lentamente, de mi razón desengañada, las líneas de sus contornos, tal
como el alba naciente borra las sombras de la noche! Desde ese momento he visto
a la muerte, con la intención evidente de poblar las tumbas, asolar los campos
de batalla cebados con carne humana y hacer brotar flores matutinas sobre las fúnebres
osamentas. Desde ese momento he asistido a las revoluciones de nuestro globo;
los terremotos, los volcanes con su lava abrasadora, el simún del desierto y
los naufragios de la tempestad, han tenido en mí un testigo imperturbable.
Desde ese momento he visto a muchas generaciones humanas elevar por la mañana
sus alas y sus ojos hacia el espacio, con la alegría inexperta de la crisálida
que saluda su última metamorfosis, y morir al atardecer, antes de la puesta del
sol con la cabeza inclinada como flores marchitas que oscilan al son
quejumbroso del viento. Pero vosotras, vosotras permanecéis siempre idénticas.
Ningún cambio, ningún aire pestilente roza las escarpadas peñas y los inmensos
valles de nuestra identidad. Vuestras modestas pirámides durarán más que las
pirámides de Egipto, hormigueros levantados para la estupidez y la esclavitud.
El fin de los siglos verá todavía, de pie sobre las ruinas del tiempo, a vuestras
cifras cabalísticas, vuestras ecuaciones lacónicas y vuestras líneas
esculturales, sentarse a la diestra vengadora del Todopoderoso, en tanto que
las estrellas se hundirán con desesperación, como trombas, en la eternidad de
una noche horrible y universal, y la humanidad gesticulante pensará en ajustar
sus cuentas con el juicio final.
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