GASTON
BACHELARD
LAUTRÉAMONT
(traducción de Angelina Martín del Campo)
QUINCUAGESIMOSÉPTIMA ENTREGA
VI. EL COMPLEJO DE
LAUTRÉAMONT
III (1)
Vamos a tratar de
seguir el desarrollo de un complejo de Lautréamont en una vía más poetizante,
pero que a pesar de ello no nos permitirá encontrar en todo su poderío el verbo
ducassiano. En efecto, creemos que una parte de la poesía de Leconte de L’Isle
cobra un sentido psicológico especial cuando se la examina psicoanalíticamente
como un complejo de Lautréamont, sin duda llevado a cabo mal, que das más
gritos que actos, pero que explica un enorme número de imágenes.
En primer término, hay
un bestiario de Leconte de L’Isle. No tiene la riqueza del bestiario
ducassiano; sobre todo no tiene real potencia filogenética; no tiene virtud
alguna pata traducir los deseos en metamorfosis. Allí los animales siempre
aparecen adultos y completos. Aparecen en una brutalidad ingenua, fácil; en una
crueldad que no puede laborarse finamente como a lo largo de las filogénesis
ducassianas, sino que de inmediato se bloquea en una forma tradicional,
contemplada en sus rasos pintorescos.
Entonces no es difícil mostrar
que la sinergia de los actos está mal observada, que no ha sido experimentada
en su complejidad vital. Lautréamont nunca habría escrito un verso como este:
Il va, frottant ses reins musculeux
qu’il bossue. (Va,
frotando sus riñones musculosos que enjoroba.)
En primer término,
porque el verso no es bello; en seguida, porque esa gibosidad no traduce ese
extraño estiramiento invertido, ese reposo por contracción interna que agranda
a un ser por una pereza que sabe efímera y carente de peligro.
Leconte de L’Isle no
puede individualizar energéticamente a los seres de su bestiario, por no
remontarse al origen nervioso de la acción animal. En suma, no se ve cuál es la
diferencia entre la pantera negra y el jaguar. Los saltos no son descritos en
su exacta crueldad. Sólo son parábolas abstractas.
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