HORACIO CAVALLO
ESA COMUNIÓN QUE LOS
REUNÍA
(fragmento de la novela Invención tardía, Estuario
Editora, 2015)
Horacio
Cavallo nació
en Montevideo, el 31 de diciembre de 1977. Pareciera que la primera
decisión importante que tomó en su vida fue nacer, tercamente, en 1977 -y
no en 1978-. Y sabemos que la segunda decisión fue volverse escritor. Es poeta
y narrador y ha publicado los libros Invención tardía, Novela,
Estuario Editora, 2015; El silencio de los pájaros, Relatos, Alter
Ediciones, 2013; Cenizas, Relatos, La propia cartonera, 2011; Piano
solo, relato, Trópico sur, 2011; Fabril, Novela, Trilce 2010,
Premio Fondos Concursables 2009; Oso de trapo, Novela, Trilce 2008,
Premio Municipal de Narrativa, IMM, 2007; La mañana olvidada, Melón
editora, 2014; Descendencia, Ediciones del Estómago Agujereado,
2012; Sonetos a dos, Trilce 2009, coautoría Francisco Tomsich,
Premio Fondos Concursables 2008; Lo que cae del ciruelo -con
Germán Borrelli- La propia cartonera, 2010 y El revés asombrado de la
ocarina, Ediciones de la Crítica, 2006, Premio Anual de Literatura, MEC,
compartido.
Mi padre tenía cuarenta y cinco años y tres meses
su última noche. De acuerdo a la reconstrucción, que incluyó diagramas en horas
de desvelo, buscaba una dirección en las cercanías de Jacinto Vera. Le preguntó
a una mujer que quemaba hojas secas junto al cordón de la vereda cuál de
aquellas calles era Figurita. Lo he pensado tantas veces que la imagen de la
mujer señalando el final de la vereda opuesta y la silueta de mi padre con los
brazos a los lados han sido parte de mis sueños las pocas veces que consigo
recordarlos. Poco o nada sé de esa mujer que volvió la atención a la hoguera
mientras él intentaba sin suerte cruzar Garibaldi. La he imaginado blanca,
incandescente, con el rostro hundido en el hombro de su marido que vino al
primer grito, que oyó la frenada, el otro grito, y persiguió el pasillo de la
casa de otras veces siguiendo el alocado ritmo de su respiración. Esa mujer sin
rostro, ese hombre que ha doblegado el tiempo, no pudieron hablarme de mi
padre. Nunca supe si él, arrodillado, mareado por la sangre de aquel rostro,
oyó una palabra. Si mi padre alcanzó a articular alguna cosa suelta, una frase
cualquiera, sobre la cual yo mismo hubiera dado vueltas estos años, como si
todo fueran tres palabras, tres palabras posibles.
Todo se fue sabiendo. Yo me enteré por chismes del
ambiente. Por esos amigos de mi padre que, envejecidos, me recibieron para
hablar de sus manías y sus obsesiones, como si ahora el paso en falso hacia la
muerte les permitiera hablar de cosas que escondieron por no romper el corazón
de mi madre, por no arruinar otra ilusión del hijo.
Juan Urbina sirvió dos whiskys largos. El suyo lo
estiró con agua fría. Encendió un cigarrillo. Me dijo no lo culpes, pibe, nadie
está a salvo. Habló de una mujer, de una pintora. Elisa Carriquiry, no lo
olvido. Mi padre iba a encontrarse aquella noche con la excusa de un viaje a
Maldonado. Ella iba a retratarle su silencio. Mi madre lo vio irse. Sintió el
beso en su frente, le acercó la maleta, le deseó buena suerte. Unas horas más
tarde, dijo Juan, llegamos en la Mehari de Silvestre, estuvimos temblando en la
puerta, esperando el coraje para golpear el puño. No supimos qué cosa aclarar
antes, seguía hablando el viejo tembloroso, si era peor la muerte o la
traición.
-Esperamos que viniera tu abuela. Los gritos de tu
madre no consiguieron despertarte, o sí, de repente lloraste toda esa noche
mientras la puerta de calle iba llenándose de gente. Hay tanta cosa que se
mezcla ahora.
Mi madre nunca quiso mencionar esa noche. Cuando
habla de mi padre parece que lo hiciera como si hubiera muerto trescientos años
antes. El interés que pone en su obra se debe únicamente a la posibilidad de
que un día las regalías de derechos de autor sean significativas y comprenda
que hay una tostadora, una heladera, un sillón, que mi padre le manda desde
lejos con la culpa juntándole las palmas.
En el poemario póstumo de mi padre, que el editor
publicó bajo el insulso título de Poemas de amor, pueden leerse al
menos diez textos dedicados a E.C. Dicen que mi madre decidió que la dedicatoria
fuera excluida del libro. No dudo de que sea así. Cada libro que involucra a mi
padre pasó por sus manos antes de llegar a la imprenta.
Hace dos años decidí visitar a Elisa Carriquiry en
una lujosa casa de salud de Carrasco. Murmuró la tarde entera nombres
desconocidos y balnearios de la costa de oro. Seis veces nombré a mi padre y
ella, como si temiera una venganza, como si imaginara en sus ojos aguachentos y
sus uñas largas, que mi madre treparía la medianera una noche cualquiera para
cortarle el cogote, me quiso convencer de que fue una pintora iluminada que el
mundo no supo comprender. Insistí en que me asegurara que no había pintado el
rostro de mi padre, que unos días antes de su muerte no había esbozado las
líneas de su cara. Busqué extorsionarla preguntándole el nombre de su médico de
cabecera. Tuve la esperanza de conocerlo, de idear una trampa. No aceptaba la
idea de que el rostro de mi padre estuviera escondido en una cajonera de mala
muerte, entre estampitas y viruta: el gesto congelado, la mano segura de la
mujer delineando la camisa entreabierta. Quise ver su cara para interpretar en
el trazo, en la mueca, esa comunión que los reunía.
Antes de salir apreté su mano y volví a preguntarle
por mi padre. Cuando describió una calle cualquiera de Parque del Plata y unos
vecinos que le cruzaban una fuente de níspolas los veranos, acerqué su palma a
mi cara y escupí en el centro mirándola a los ojos. Cerré su puño. Fui del
corredor a la puerta de calle mientras la mujer temblaba recostada a la silla.
Investigué su obra pública. No hay nada que remita
a mi padre salvo una pintura que perfectamente podría estar inspirada en uno de
sus relatos: un hombre sentado a los pies de la cama observa la cabeza de otro
hombre que asoma dentro de una maleta.
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