JUAN CARLOS ONETTI
PARA UNA TUMBA SIN NOMBRE
QUINTA ENTREGA
II (3)
Lo vi sonreír mientras se inclinaba para llenar los vasos. Un corto
mechón de pelo bronceado se le abría sobre la frente. Algo auténtico y puro,
una jubilosa forma de la nobleza triunfaba de sus ropas ridículas, de la
frivolidad, la egolatría y la resolución de sentirse vivo a cualquier precio. Y
ese algo y esa forma no procedían de la experiencia que pudiera recordar o
continuara impregnándolo aunque no la recordara; se le acercaban como una
lenta nube, desde los años futuros y próximos. No podría, por lo tanto,
olvidarlos o rehuirlos. Así que mientras lo miraba morder el vaso para beber
ansioso, como con verdadera sed, adiviné que si lograba contarme la historia
iría gastando al decirla lo que le quedaba aún de adolescente. No sus restos de
infancia: no se le morirían jamás. La adolescencia; los conflictos tontos, la
irresponsabilidad, la inútil dureza. Lo estuve observando en soslayada
despedida, con pena y orgullo.
Fue y vino por la sala con el vaso en la mano, sin ruido sobre la
alfombra y la estopa de las alpargatas.
-¿No le molesta que camine? -preguntó; bebía con la cara hacia la
ventana, hacia la pequeña noche de la plaza, provincial, húmeda, con sonidos de
automóviles y música, con algunos gritos de muchachas.
-La historia -dijo para ayudarse o para anunciar- empezó hace mucho, dos
años en cuanto a mí, o más. Pero cuando digo más no se trata de la misma mujer.
Porque ahí estaban, a media cuadra de mi casa, de mi pensión, de mi ventana,
cada anochecer y a veces casi hasta el fin de la noche -cuando llegaba el tren
de Mar del Plata- los únicos que no variaron aunque envejecieran, y son
imprescindibles. La mujer y el chivo, la mujer que fue joven y el cabrón que
fue cabrito.
“Y fíjese en esto, algo que me preocupó mucho aunque ahora no podría
decirle por qué me preocupaba. Ella debe haber estado allí en la estación,
cumpliendo su guardia, su turno de trabajo, correo un vigilante en la parada,
durante todo el primer año, sin que ni Tito ni yo nos diéramos cuenta. Quiero
decir que no sólo no nos dimos cuenta de lo que ella significaba -pequeña,
oscura, miserable, sosteniendo al chivo de la cuerda junto a las enormes
escaleras de la entrada de la estación sobre la plaza- sino que ni siquiera la
vimos. Y es forzoso que hayamos pasado cientos de veces junto a ella, para
tomar el subte o ir a la pizzería o a tomar cerveza en las jarras de madera de
la Munich.
“Lo supimos recién al final de aquel primer año. Y fíjese también en
esto: lo supimos aquí, en Santa María, durante las vacaciones. No recuerdo si
el Tito o yo, cuál fue el primero en enterarse. Pero hablamos, una tarde en el
club, mientras tomábamos sol y mirábamos las pruebas de natación en la
pileta, poco interesados porque el primer año de Buenos Aires nos había
apartado de todo esto. O exigíamos que la gente de Santa María nos imaginara
apartados, distintos, forasteros, y hacíamos todo lo posible para imponer esta
imagen. Mirábamos las zambullidas esperando el fin del domingo, la hora en que
empezaría el baile, la fiesta calurosa que atravesaríamos, hasta el final,
hasta que apagaran el último de los farolitos de papel de la guirnalda, con
sonrisas inmóviles, con sudorosas caras de aburrimiento y tolerancia.
“Nos dio rabia, nos sentimos humillados porque se trataba de Godoy, el
comisionista. Podíamos verlo, gordo, bigotudo, viejo, descubriendo a la
muchacha en la estación, dándole o negándole unas monedas, escondiéndose en las
columnas para espiarla. Y, probablemente, la primera vez que pasó a su lado:
mientras nosotros habíamos estado ciegos durante casi un año. Rabiosos y
humillados porque él había puesto, antes que nosotros, las puercas manos, la
puerca voz en la historia de Rita y el chivo. Más adelante esto dejó de importarnos
porque la historia de él era otra, mentirosa, ya que era indigno de la verdad y
del secreto. Pero si dejamos de sufrir por su voz regateando desconfiada un
precio de boleto con la muchacha, aquella noche del encuentro en Constitución,
la voz, a medida que nosotros fuimos sabiendo, se nos hizo más odiosa e
insoportable. Quiero decir, la voz sofocada de Godoy, repartiendo la historia,
la mezquina parte de la historia que le fue permitido conocer, a todos sus
amigos de Santa María, en cuanto volvió de aquel viaje.
“Pero, de todos modos, fue así como nos enteramos. Y cuando nombro el
sufrimiento, me anticipo. El sufrimiento vino después, cuando empezamos a saber
a qué se había acercado Godoy aquella noche en la estación. Al principio sólo
sentimos despecho: que él Godoy, gordo, imbécil, de 40 años o más, hubiera
descubierto antes que nosotros lo que había estado, una noche y otra,
esperándonos al paso, puntualmente, en el camino que recorríamos los dos cuatro
veces diarias.
“El tipo, cargado de valijas porque acababa de llegar de alguna
excursión comercial por el sur. Y la casualidad de la lluvia; no tendría puesto
el impermeable o quería evitar que se le mojaran los anteojos o los bigotes. No
siguió de largo, no bajó la escalera en seguida para buscar un taxi. Se quedó
rezongando bajo el gran arco de la salida, bajo la luz que caía del techo.
También ella, para protegerse o proteger al chivo que, sin saberlo, había
dejado de odiar, no se ayudaba con la complicidad enternecedora del desamparo
de la calle. Estaba arriba, en la zona iluminada de la salida, examinando a los
que pasaban y eligiendo, casi no equivocándose nunca, con adiestrada intuición.
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