CONDE
DE LAUTRÉAMONT (ISIDORE DUCASSE)
LOS
CANTOS DE MALDOROR
(Barral Editores / Barcelona 1970)
VIGESIMOSÉPTIMA ENTREGA
CANTO SEGUNDO
2 (2)
¿Qué clase de furor se
apodera de ti? Quiero que sepas que si me dejas vivir al abrigo de tus
precauciones, tendrás mi eterna gratitud… Vamos, Sultán, líbrame con tu lengua
de esa sangre que mancha el parqué. El vendaje está terminado; lavé mi frente
restañada con agua y sal y pasé las vueltas de venda cruzando mi cara. El
resultado no es fabuloso: cuatro camisas empapadas en sangre, y dos pañuelos. A
primera vista no se sospecharía que Maldoror tuviera tanta sangre en las
arterias, pues su rostro sólo luce resplandores cadavéricos. Pero, en fin, así
son las cosas. Quizá se trate de casi toda la sangre que pudo contener su
cuerpo, y es probable que no le quede mucha. Basta, basta, perro voraz: deja el
parqué como está; tienes el vientre lleno. No debes continuar bebiendo pues no
tardarías en vomitar. Ya estás bastante repleto, ve a acostarte en la casilla,
haz de cuenta que nadas en felicidad, pues no tendrás que pensar en el hambre
por tres inmensos días, gracias a los glóbulos que has hecho descender por tu
gaznate con una satisfacción pomposamente visible, Tú, Leman, toma una escoba, yo
también quisiera usar una, pero me faltan las fuerzas. ¿No es cierto que entiendes
mi falta de fuerzas? Vuelve las lágrimas a su vaina, o creeré que no tienes el
coraje de contemplar con sangre fría la gran cuchillada, resultado de un
suplicio que se pierde para mí en la noche del pasado. Tú irás a la fuente a
buscar dos cubos de agua. Una vez lavado el parqué, pondrás esa ropa blanca en
el cuarto vecino. Si la lavandera viene esta noche, como lo hace siempre, se la
entregarás; pero como ha estado lloviendo mucho desde hace una hora, y sigue
lloviendo, no creo que salga de su casa; entonces vendrá mañana temprano. Si te
pregunta de dónde procede esa sangre no estás obligado a responder. ¡Qué débil
me siento! No importa; tendré la fuerza suficiente de levantar la pluma y el
valor para ahondar en mi pensamiento. ¿Qué le ha reportado al Creador su
intento de inquietarme, como si yo fuera un niño, con una tormenta portadora de
rayos? No por eso dejo a un lado la resolución de escribir. Estas vendas me
incomodan, y la atmósfera de mi cuarto está impregnada de sangre…
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