CONDE
DE LAUTRÉAMONT (ISIDORE DUCASSE)
LOS
CANTOS DE MALDOROR
(Barral Editores / Barcelona 1970)
VIGESIMOCTAVA ENTREGA
CANTO SEGUNDO
3 (1)
¡Ojalá no llegue el día
en que Lohengrin y yo pasemos por la calle uno al lado del otro sin mirarnos,
rozándonos los codos como dos caminantes que tienen prisa! ¡Ojalá pueda estar
siempre muy distante de esta suposición! El Eterno ha creado el mundo tal cual
es; demostrará gran cordura si durante el tiempo estrictamente necesario para
romper de un martillazo la cabeza de una mujer, olvida su majestad sideral a
fin de revelarnos los misterios en medio de los cuales nuestra existencia se
asfixia, como un pez en el fondo de una barca. Pero él es grande y noble; nos
aventaja por la potencia de sus concepciones; si él conferenciara con los
hombres, todas las vergüenzas le salpicarían el rostro… ¡miserable de ti! ¿Por
qué no enrojeces? No basta con que el ejército de los dolores físicos y morales
que nos rodea haya sido engendrado: el secreto de nuestro destino andrajoso no
nos ha sido trasmitido. Conozco al Todopoderoso… y también él debe conocerme.
Si, por azar, caminamos por el mismo sendero, su vista penetrante me ve llegar
desde lejos; entonces toma un atajo para evitar el triple dardo de platino con
que la naturaleza me proveyó a modo de lengua. Tú me harás el placer, ¡oh
Creador!, de permitirme explayar mis sentimientos. Manejando las ironías
terribles con mano firme y glacial, te advierto que mi corazón las contiene en
cantidad suficiente para habérmelas contigo hasta el fin de m existencia. He de
golpear tu hueco armazón con tal fuerza, que me encargo de hacer salir esas otras
parcelas de inteligencia que no quisiste otorgar al hombre -porque hubieras
sentido celos de hacerlo igual a ti- y que tú habías escondido descaradamente
en tus tripas, astuto bandido, como si no supieras que tarde o temprano yo las
descubriría con mi ojo siempre avizor, y las arrebataría para compartirlas con
mis semejantes. Lo hice tal como te digo, y es el momento en que ya no te
temen; tratan contigo de potencia a potencia. Envíame la muerte para que me
arrepienta de mi audacia: descubro mi pecho y espero con humildad. ¡Vamos, apareced,
magnitudes irrisorias de castigos eternos!... ¡despliegues enfáticos de
atributos excesivamente ponderados! Ha puesto de manifiesto su incapacidad para
detener la circulación de mi sangre que lo afrenta. Sin embargo, tengo pruebas de que no titubea en
extinguir, en la flor de la edad, el soplo vital de otros seres humanos, cuando
casi no han saboreado los goces de la vida. Lo que es sencillamente atroz;
claro que sólo desde el punto de vista de mi débil opinión.
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