ROLAND
BARTHES
EL
GRANO DE LA VOZ
(PRIMERA ENTREGA)
La lengua, según dice
Benveniste, es el único sistema semiótico capaz de interpretar a otro sistema semiótico (sin embargo, pueden, sin
duda, existir obras límites, en el curso de las cuales un sistema simula
interpretarse a sí mismo: El Arte de la
Fuga). ¿Cómo la lengua, por tanto, se las arregla cuando debe interpretar
la música? Al parecer, muy mal.
Si se examina la
práctica corriente de la crítica musical (o conversaciones “sobre” la música: a
menudo equivalentes), se advierte claramente que la obra (o su ejecución) jamás
es traducida bajo otra categoría lingüística que la más pobre: el adjetivo. La música
es, por tendencia natural, aquello que recibe, inmediatamente, un adjetivo.
El adjetivo es
inevitable: esta música es esto, esta
interpretación es aquello. Sin duda,
desde el momento en que hacemos del arte un sujeto (de artículo, de
conversación), no nos queda otro camino que predicarlo: pero en el caso de la
música, esta predicación adopta fatalmente la forma más fácil, más trivial: el
epíteto.
Naturalmente, este
epíteto, al que se va y se regresa por debilidad o fascinación (pequeño juego
de sociedad: hablar de una música sin emplear nunca un solo adjetivo), este epíteto
tiene una función económica: el predicado es siempre la muralla con la que el
imaginario del sujeto se protege de la pérdida de que está amenazado: el hombre
que se provee o a quien se provee de un adjetivo es, ya herido, ya gratificado,
pero siempre constituido; existe una
imaginaria de la música, cuya función es tranquilizar, constituir al sujeto que
la oye (¿sería que la música es peligrosa -vieja idea platónica-? ¿Abriéndonos
al goce, a la pérdida? Muchos ejemplos etnográficos y populares podrían tender
a probarlo), y este imaginario llega inmediatamente al lenguaje a través del
adjetivo. Debería ser reunido un dossier histórico a este respecto, dado que la
crítica adjetiva (o la interpretación predicativa) ha alcanzado, a lo largo de
los siglos, algunos aspectos institucionales: el adjetivo musical se hace, en
efecto, legal, cada vez que se postula un ethos
de la música, es decir, cada vez que se le atribuye un modo regular
(natural o mágico) de significación: entre los antiguos griegos, para quienes
la lengua musical (y no la obra
contingente), en su estructura denotativa, era inmediatamente adjetiva, al
estar ligado cada modo a una expresión codificada (rudo, austero, orgulloso, viril,
grave, majestuoso, belicoso, educativo, altivo, fastuoso, doliente, decente,
disoluto, voluptuoso); y entre los románticos, desde Schumann a Debussy, que sustituyen
o añaden a la simple indicación de los movimientos (allegro, presto, andante) predicados emotivos, poéticos, cada vez
más refinados -dados en lengua nacional, de forma que disminuya la huella del
código y desarrolle el carácter “libre” de la publicación (sehr kräftig, sehr präcis, spirituel et discret, etc.)
¿Estamos acaso
condenados al adjetivo? Estamos acaso acorralados hasta este dilema: lo predicable
o lo inefable? Para saber si existen medios (verbales) de hablar de la música
sin adjetivos, habría que observar un poco más de cerca toda la crítica
musical, lo que, creo, jamás ha sido hecho, a pesar de lo cual no se tiene ni
la intención ni los medios para hacerlo aquí. Lo que se puede decir es lo
siguiente: no es luchando contra el adjetivo (derivando este adjetivo que nos
viene a la punta de la lengua hacia alguna perífrasis sustantiva o verbal),
como tenemos alguna posibilidad de exorcizar el comentario musical y liberarlo
de la fatalidad predicativa; más que intentar cambiar directamente el lenguaje
sobre la música, sería preciso cambiar el objeto musical mismo, tal y como se ofrece
a la palabra: modificar su nivel de percepción o de intelección: desplazar la
zona de contacto entre la música y el lenguaje.
No hay comentarios:
Publicar un comentario