RICARDO AROCENA
CRÓNICAS DE LA
PATRIA VIEJA (I)
(2da Época)
FÉLIX DE AZARA,
GOYA Y ARTIGAS
PRIMERA ENTREGA
EL RETRATO DE
DON FÉLIX
Para Don Félix de Azara el año 1805 venía siendo por
demás interesante. Desde su comienzo estaban ocurriendo cosas que de una forma
u otra lo involucraban. Es que por un lado Europa se agitaba, España y Francia
habían firmado un acuerdo de ayuda militar y naval para invadir Gran Bretaña y como militar en actividad, el acontecimiento no le
era ajeno. Por otra parte eran significativos los cambios en la
sensibilidad de sus coterráneos, que habían promovido la celebración de
la Primera Fiesta
del árbol, realizada en el municipio español de Villanueva de la
Sierra, y con la que intentaban
crear conciencia sobre la importancia de defender las superficies arboladas,
tema que, por supuesto, mucho tenía que ver con su condición de naturalista y
hombre de ciencia.
En lo personal, sentía que con 63 años la vida le sonreía
como nunca, había sido reconocido por la Corona con las responsabilidades de
Brigadier de la Armada española y Vocal de la Junta de Fortificación y Defensa
de las Indias, región que por otra parte lo inundaba de recuerdos. Desde su
regreso del Río de la Plata, Don Félix no había parado de recibir elogios, su
fama se había extendido por toda Europa y científicos, autoridades y gente en
general lo trataban como a un triunfador. Por eso a nadie extrañó que comenzara
a frecuentar el Taller de don Francisco de Goya y Lucientes, para que el pintor
le hiciera un retrato.
Para el naturalista era una forma de trascender a la
muerte, de acariciar la inmortalidad. Pintor y científico eran
prácticamente de la misma generación y eso les permitía a ambos un mutuo
reconocimiento y confianza en el trato. A Don Félix ver su imagen crecer
en el lienzo lo alentó a repasar su vida, durante la cual habían alternado,
casi en forma dramática, la aventura y la investigación, el sobrio trabajo
científico y el quehacer militar, el peligro y la reflexión. Los avatares lo
obligaron a alternar la teoría y la práctica y se hallaba contento y fortalecido por haberlo logrado. Y, como
no podía ser de otra manera, todo aquello había sido sutilmente captado por el
pintor, que lo recorría con la mirada, mientras murmuraba, con aire bohemio y
bonachón.
A Don Félix el ambiente del atelier por momentos lo
estremecía: los seres que alternaban en las paredes parecían querer aproximársele.
Entre ellos había desnudos y retratos de hombres y féminas, pero también
extrañas figuras que invocaban al misterio, a la brujería, a la noche y a la
crueldad, temas que no le habían sido ajenos durante sus largas recorridas por
“las Indias”.
Mirándose crecer en el enorme lienzo, el
naturalista asumió que no estaba ante un simple retrato, sino ante una
obra mayor, en la que Goya lo rescataba como lo que había sido siempre: un
pionero en la investigación científica de la fauna y la flora.
Estaba tal cual había posado, vestido con pantalones
amarillos y con una casaca oscura y el cuello, las mangas y el forro de color
rojo. Goya había rescatado su expresividad, que lo delataba como orgulloso y
seguro de sí mismo. En su mano derecha podía notarse un documento con su
nombre, firma y fecha de realización de la obra, mientras que en la mano
izquierda blandía, decorado en dorado, su bastón de mando, que resaltaba su
condición de Comandante en Jefe.
Detrás de su figura, emergían esbozados con pinceladas
sueltas, algunos de sus libros, sobre los cuales destacaba un bicornio con una
escarapela roja mientras en una estantería, resaltaban unos cuadrúpedos y aves
disecadas. El científico parpadeó ante la riqueza cromática de las veladuras,
los scorsos y los empastes rosas, amarillos, verdes y azules, ejecutados con
maestría por el pintor. Era una experiencia nueva esta de mirarse a sí mismo,
como si se tratara de un espejo. Por momentos le parecía que aquella imagen era
otra persona, que lo interrogaba, que le preguntaba sobre su pasado. Y
observándola le ganaron los recuerdos.
Hacía una vida que los acuerdos entre España y Portugal
lo habían impulsado a colaborar en la delimitacion de los territorios de
ultramar. Con apenas 26 años fue enviado por la Corona al Paraguay con el
título de “Comisario” y allí pudo recorrer paisajes desbordantes de belleza
como los que rodeaban a la Laguna Yvera y al Río Pilcomayo, en donde lo
intrigaron la variedad de plantas y pájaros.
Pese a las enormes diferencias, por momentos le parecía
estar en su Huesca natal. Y calibrando con lucidez visionaria los efectos
modificadores de la selección natural, llegó a comentar ante el trotar de unos
caballos: “Si nos fijamos en las semejanzas que se encuentran entre las
especies de ambos continentes, vemos que las mismas condiciones naturales crean
animales agresivos y animales dulces, nueva prueba que estas disposiciones
dependen más de un sentimiento interno que del clima o de otra circunstancia
local”.
Realmente, muchas habían sido las emociones y
experiencias vividas, desde su lejana niñez en Barbuñales y sus estudios
militares en Barcelona, como cuando fue herido durante la expedición a Argel y
sobre todo en lo que tiene que ver con su partida para América en 1781. Pensaba
estar unos pocos meses pero se quedó 20 años. Le habían ordenado que
entrevistara en Asunción a un Comisario Portugués, pero no lo consiguió y salió
a recorrer la enigmática región para hacer un mapa de la misma.
Durante el periplo se enamoró de todo lo que lo rodeaba,
en particular de los “páxaros”, sobre los que escribió abundantemente. Y
fue ganado por los salvajes espectros de la selva, que lo miraban parpadeando
desde el follaje y por las bocanadas silvestres de las plantas que le
invadieron el alma. Y lo secuestraron los vientos marinos y las aguas
oceánicas. Y la inquietud de la aventura anidó en su alma peregrina, mientras
desafiaba el mortal peligro de algún repentino abismo, con sus monstruos
mitológicos, iguales a los de los relatos de su infancia.
Y se sintió más libre en las desiertas praderas, apenas
ocupadas cada tanto por misteriosas construcciones de piedra. Y entre la
vastedad de pájaros lo fascinó el Tuyuyú que mudo de voces y cantos, se
comunicaba mediante golpes de pico desde lo más alto de un árbol o el arapongá
o ferreiro, alado carpintero, que imita con su canto el rechinar de la lima
sobre el hierro.
En Paraguay aseguraban que había cantado por primera vez
al extinguirse la vida del jesuita Roque Gonzáles de Santa Cruz por orden del
Cacique Ñesu. Según la leyenda, cuando los indios guaraníes estaban destruyendo
la Iglesia del sacerdote, la campana, aun sin badajo, comenzó a sonar y a
perseguir a los asesinos. Finalmente fue transformada por Tupá en un pajarito
blanco, que cuando canta reproduce su tañir.
Nada le era ajeno, pero al naturalista en particular le
importaba la belleza de las aves y su comportamiento, es decir, lo estético y
lo científico, dos aspectos que le parecían inseparables, si se quería estudiar
el color del plumaje o las causas por las que probablemente emigraban. Y con
tal criterio remitió ejemplares de Ypecù-mi y de Guayrà-a-pè, de Pepuaza y de
Pecho Doradillo, de Choehy y un largo etcétera, que registró minuciosamente en
documentos que hizo llegar a las autoridades de Buenos Aires.
Las riquezas naturales del nuevo mundo lo llevaron a
reflexionar con pasión: sobre la existencia de especies similares en lugares
alejados:
“Así, por ejemplo, las arañas, los grillos, las hormigas,
etc., etc., de Europa deben su origen a insectos de su especie que nacieron en
esta parte del mundo y los de la misma especie que se encuentran en América
deben su origen a individuos idénticos nacidos en el país mismo. Se puede decir
otro tanto de los que se encuentran en cualquier parte del mundo, sea la que
sea, en estas o en regiones tan alejadas las unas de las otras que no se
encuentra ninguna en el intervalo que las separa.”, escribió
SENO DE VIRGEN
Pero la de naturalista era solamente una parte de su
personalidad. Como hombre de acción había contribuido a frenar la
insaciable voracidad expansionista portuguesa, ideando proyectos
colonizadores en las fronteras. Con ese objetivo impulsó que familias
patagonas, sin destino fijo y que bastante le costaban a la Corona, se
instalaran en ellas. Entusiasmado el Marqués de Avilés aceptó el desafío y
nombró al proponiente “Comandante General de la Campaña”, con amplias
facultades para que no fuera entorpecido por “los obstáculos que suelen detener
y aun frustrar empresas de esta clase”. Para que la empresa no fracasara, el
Virrey puso a las órdenes de Azara, a dos de sus mejores oficiales: José Gascón
y José Artigas.
-En ellos “concurren las cualidades que al efecto se
requieren”, le manifestó Avilés a Azara, justificando su nombramiento.
Junto a Félix Gómez, Joaquín de la Paz, Isidro Quezada y
Agustin Belgrano tenían la tarea de fundar un poblado en la Costa del Yaguarí,
sobre la Guardia de Batoví,. Al pueblo lo bautizaron con el nombre de San
Gabriel, porque su fundación fue decretada por el Virrey un 18 de mayo, día en
que la Iglesia conmemora al Arcángel.
Mirando el óleo Azara sonrió al recordar a Artigas. El
oficial promediaba los treinta años cuando lo conoció. Vestía y actuaba con
suma sencillez y se manejaba muy bien en la campaña. Le había
sido de mucha utilidad por su prestigio, pero también por su versación en
materia de plantas y curaciones. Durante las largas cabalgatas descubrió que
poseía una mente fértil, ávida e intuitiva, que permanentemente le estaba exigiendo.
En eternas jornadas recorrieron juntos la frontera
discutiendo cómo poblarla. Don Félix pensaba levantar un mapa de Batoví, zona
bautizada por sus accidentes geográficos por los guaraníes como “seno de
virgen”, pero luego desechó la idea apurado por las circunstancias y le ordenó
a Artigas que procediera a repartir las tierras de la región, con el
asesoramiento del piloto de la Real Armada Don Francisco Más y Corvela.
A Artigas también lo acompañaba en la aventura
fundacional, Don Pablo Mailhos de Marcana, que había sido designado
“sobrestante”, para entender en la “cuenta, razón y custodia” de todo lo
relacionado con la expedición y sobre el cual pesaba la acusación de haber
participado, hacía apenas cinco años, en la denominada “conspiración de los franceses”,
publicando violentos pasquines con vivas a la libertad.
Desde la fallida revolución andina y el levantamiento
esclavo en Saint Dominique, la sociedad colonial vivía en ascuas y, cada tanto,
las pasiones humanas, al igual que mareas, se erizaban y bullían los chismes
sobre súbitas insurrecciones. Las más ardientes ideas revolucionarias irrumpían
tierra adentro por intermedio de hombres como Mailhos, quien con Artigas estaba
compartiendo, en aquel momento, estrecheces e inimaginables penurias en el enfrentamiento
contra las partidas enemigas.
Luego de desalojar a los portugueses instalados entre la
frontera y el Monte Grande, Artigas fraccionó chacras y estancias, demarcó y
amojonó lotes, marcó límites y otorgó la posesión a cada adjudicatario. Finalizada
cada entrega le alcanzaba a Azara los antecedentes de la operación y todos los
requisitos necesarios, para que pudiera expedir los títulos y registrar a los
beneficiados en el libro de empadronamiento. Y en eso estaba cuando el Virrey
le sugirió al Subinspector Sobremonte que reclamara su concurso para proceder
al exterminio de “todos los bandidos” de la campaña.
“Me parecía muy bien del caso para dirigir a estas
fuerzas el Ayudante Mayor de Blandengues don José Artigas, por su mucha
práctica en los terrenos y conocimiento de la campaña, pero como está a las
órdenes del Capitán de Navío don Félix de Azara, solo lo hago presente a V.E.,
como todo lo demás, para que se sirva resolver lo que sea de su superior
agrado”, fueron sus palabras.
Pero la guerra con Portugal cambió los planes y Artigas
acabó quedándose en Batoví para repeler al enemigo, ante las pocas fuerzas que
el poblado disponía. Es que los enormes y desolados parajes que lo rodeaban
facilitaban el accionar enemigo.
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