24/2/16

LUIS SILVA SCHULTZE / ZARPES DESDE CATALUNYA

LOS DOMINGOS DE JUAN SEBASTIÁN ELCANO (3) 

EL GORDO CHINO

En el avión que nos llevaba a Hong Kong desde la capital de Catar, Doha, recordé aquella anécdota de la señora turista que se paseaba por un muy lujoso shopping en China, y cuando a urgentes requerimientos de su pequeño hijo preguntó por un baño sin que ninguno de los desconcertados empleados atinara a decirle nada (y el niño ya había empezado a gritar) corrió unos centímetros una cortina detrás de los mostradores y se encontró con una enorme cantidad de pobres acampados y con un baño sin ninguna higiene. Antes de escribir sobre lo que hemos visto, oído y sentido (y que será muy limitado por el poco tiempo del que disponíamos y porque nos movimos solo por aquellos lugares hermosos que han hecho famosa a la ciudad) desearía referirme a las informaciones que recabé antes de viajar, para saber un poco más acerca de  lo que hay detrás de las cortinas.

Desde 1997, cuando el Reino Unido renuncia a la última colonia de su imperio después de permanecer allí 158 años, Hong Kong, con un poco más mil kilómetros cuadrados de superficie, se constituye como una Región Administrativa Especial de la República Popular China en virtud del acuerdo "un país, dos sistemas". Años antes, durante la segunda guerra mundial Hong Kong sufrió la terrible invasión japonesa que asesinó, encarceló y violó a una población hambrienta. En 1949, con el triunfo de Mao, encuentran refugio en Hong Kong capitalistas que huyen de la revolución, lo que en parte explica el despegue económico posterior. La ciudad es hoy uno de los tres grandes centros financieros del planeta, tiene el mercado inmobiliario más caro del mundo y ocupa el cuarto lugar mundial en el porcentaje de hogares millonarios, pero tiene también desigualdad y arbitrariedad. En la zona norte de su territorio, limítrofe con China y adonde no llega el turismo, se hacinan miles y miles de chinos pobres y es allí también donde son detenidos en terribles condiciones y durante años, pakistaníes, afganos, nepalies, etc,  que entran ilegalmente buscando un trabajo. Pero incluso en la misma ciudad también hay verdaderas favelas levantadas con metal barato y maderas en las azoteas de viejos edificios. En las publicaciones digitales de la prensa internacional se pueden ver fotos espeluznantes de jaulas de alambre de un metro y medio cuadrado metidas en apartamentos semidestruidos, y para “vivir” en ellas se debe pagar un alquiler altísimo. Cien mil personas viven en "viviendas inadecuadas", al decir del gobierno, pero son muchísimas más las personas marginadas, en su mayoría ancianos, y 400.000 las que esperan en las listas oficiales, desde hace años, una vivienda social, chiquita, muy modesta, como en las que ya vive la tercera parte de una población de siete millones. Como actualmente los candidatos al gobierno de Hong Kong deben tener el aval previo del gobierno chino, el año pasado, desde setiembre a diciembre, se organizó un gran movimiento estudiantil al que luego se agregaron personas mayores, llamada la revolución de los paraguas, y en algunos días llegaron a congregar a cien mil manifestantes que tuvieron cortado el tráfico durante 79 días, reclamando un gobierno surgido de elecciones democráticas realizadas entre los propios kongkonenses, hasta que finalmente fueron expulsados por el gas pimienta de la policía, quedando un saldo de centenares de heridos y detenidos.  

Hong Kong propiamente dicha es una isla donde reside la mayor parte de los grandes bancos y empresas financieras radicadas en extraordinarios rascacielos, cada uno con su bella forma particular, cada uno con su innovación tecnológica para aprovechar mejor la luz natural, cada uno haciéndose un lugar para poder ver el mar. Según los chinos, el edificio desde no se ve el mar, trae mucha mala suerte a sus empresas y generalmente omiten los pisos con el número cuatro, porque en cantonés, el idioma local, dicho número es muy parecido a la palabra muerte y cuesta mucho más caro el número de celular sin un cuatro. Los rascacielos, que por el precio desorbitado del suelo bien podrían medir el doble, no pueden superar la altura de las montañas circundantes para no irritar a la naturaleza y a los dioses. Yo, que soy un frustrado estudiante de arquitectura, quedé extasiado mirando esos gigantes desde la vereda y subiéndonos luego a muchos de ellos con sus imponentes miradores. Con el aporte del gran capital, todo lo han ideado los arquitectos, los ingenieros y las computadoras hechas por el hombre, y todo lo han levantado los albañiles y las máquinas también hechas por el hombre: y por más que la injusticia social no debería existir, estas construcciones comprueban la gran potencialidad de la que disponemos los humanos y nos dan una razón más para soñar con lo que podría alcanzarse si todos tuviéramos derecho al estudio. La vista del paisaje te apabulla de día y de noche y dicen que es el horizonte urbano con mayor impacto visual, pero nosotros seguimos insistiendo que aun no hemos visto nada mejor que el Tokio nocturno que se ve desde el mirador central de esa capital. 

El primer día fuimos hasta el Pico Victoria, montaña muy alta casi volcada sobre el mar, y desde donde mejor se aprecia el paisaje grandioso que comprende la costa y la parte continental de la ciudad enfrentada a la isla Kowloon, también (para variar) llena de imponentes rascacielos.  A esa montaña se sube en un funicular que hasta muy avanzado el siglo veinte de fue uso exclusivo del gobernador inglés, y que luego de agotadoras luchas populares, pasó a ser de dominio público. El funicular cruza majestuoso entre los rascacielos, y como va trazando una diagonal ascendente, los edificios se ven inclinados, como si estuvieran cayéndose, en una fantástica visión surrealista. A la salida del Pico, nos colamos durante dos horas en un autobús turístico de dos pisos que nos paseó por la parte sur de la isla, opuesta al continente, y que cuenta con unas bahías preciosas, entre ellas las de Aberdeen, donde hasta hace pocos años vivía una población pesquera sobre los barcos mismos y allí aprovechamos para dar un paseo en una modesta barquita. En la isla también está la escalera mecánica más grande del mundo, aproximadamente de un kilómetro, que ayuda a la población local, de menores recursos, a empinar la tremenda subida que la lleva hasta sus casas. Al lado de esa escalera, encontramos un  barrio bohemio y pintoresco donde se localizan las únicas terracitas que hay en Hong Kong para tomar una cerveza. La isla cuenta con un transporte público modelo en el mundo, pero nosotros solo utilizábamos los simpatiquisimos tranvías. Para ir hacia la parte continental de la ciudad, el subte cruza por debajo del agua, lo mismo que los túneles para vehículos y trenes, pero lo más entrañable es un barco que existe desde 1897 (y que nunca tuvo un accidente) y que nosotros, sin apuro y amigos de lo romántico, abordamos  para cruzar. En esa parte continental de la ciudad, una de las zonas más pobladas del planeta, estuvimos visitando hoteles ingleses coloniales con unos ambientes de película, con orquestas tocando de día y de noche en los balcones interiores  de los soberbios salones. Nosotros íbamos a dichos hoteles para subir luego a los boliches miradores de la azotea. En uno de ellos, en un edificio de 484 metros y 118 pisos, sus últimos 50 son ocupados por un hotel de lujo en cuya azotea existe un bar extraordinario con toda una vidriera circular para abarcar la grandiosa vista, pero además, con una terraza al aire libre donde le encargarías un whisky a la luna o al sol, según a quién le toque laburar a esa hora en el mostrador del cielo. Cuando llegamos al bar leí que esa semana estaba dedicada a la cocina argentina e hicimos llamar al chef. Resultó un tipo recién llegado de la Patagonia, muy simpático, que nos invitó a sus exquisiteces criollas y en algún momento comentó que el ascensor del edificio en donde estábamos subía más rápido las 118 plantas que las 3 del hotel en el que él trabajaba en Argentina. Y es cierto, porque cuando subo a esos bólidos silenciosos e impecables, siempre me acuerdo de mi niñez con mi madre en los ascensores de Angenscheidt, jaulas lentísimas donde la ascensorista, piso a piso, tenía tiempo de cantar lo que nos aguardaba, bombachas, sutienes, fajas, enaguas, cinturones de castidad, y el nombre de las empleadas que nos íbamos a encontrar, incluida una tía mía.

Desde el aeropuerto de Shangai tomamos el único ferrocarril del mundo que funciona a través de potentes electroimanes, lo que permite elevar el tren unos centímetros sobre las vías y alcanzar los 431 km por hora. El principio de atracción y repulsión permite que no salga despedido hacia el Uruguay. Es muy caro su mantenimiento por lo cual no se ha vuelto a hacer otro igual en ningún país. Este tren no te deja exactamente en el centro de la ciudad, sino en su periferia, y entonces se debe combinar con el subte, que tomamos en una estación con impresionante olor a comida picante que me hizo recordar a las estaciones bolivianas, es decir, una estación  muy precaria, sin escaleras mecánicas para nuestras pesadas valijas, por lo que allí se dan la mano, encantados de haberse conocido, los siglos XXII y XVII. Y ese tren supersónico llegando a esa paupérrima estación, podrían ser un algo así como un símbolo de la China de hoy: segunda potencia mundial  donde la gran mayoría de su población aún no se ha enterado de ello. Aunque es evidente que en los últimos años han mejorado considerablemente los índices de bienestar del pueblo, y hay una incipiente clase media que hasta hace poco no existía, aquí es considerablemente más voluminoso y pesado en lo social lo que la modernidad y los datos macroeconómicos ocultan detrás de las cortinas de este shopping que hoy asombra al mundo. Porque Shangai tiene barrios comerciales espectaculares con pantallas de televisión publicitarias que cubren todas las paredes exteriores de los enormes comercios, donde todas las grandes marcas del mundo están representadas, no una vez sino muchas. Son barrios de un consumo impresionante, donde las tiendas, seguramente con dos turnos de empleados, cierran tardísimo y siempre hay gente comprando. Pero en otras zonas, más alejadas, te parece estar en El Cairo o alguna ciudad de la India, con un tráfico que no presta atención a los colores del semáforo, con las motos y bicicletas, día y noche, sin cascos y con niños que inundan todo temerariamente y donde se ve gente muy mal vestida, sufrida, castigada por la vida, ancianos vendiendo fruta a altas horas de la noche, etc. Evidentemente, en el centro, y en la zona maravillosa del río con rascacielos imponentes en sus dos orillas y por donde camina el turismo (al que me referiré después) todo reluce. Es curioso constatar que unos años antes de que Colón descubriera América China ya navegaba imperial por las costas orientales de África con naves enormes para la época. Pero en 1479, China con miedo al poder creciente de los mercaderes, abandona la navegación y se encierra tras su gran muralla por los siglos de los siglos. Exactamente 500 años después, en 1979, comienza a abrirse al mundo otra vez y hoy rompe murallas con su comercio basado en una mano de obra barata y con malas condiciones laborales, constituyéndose en el país con más dinero líquido en reservas de la historia. Claro que a las pocas horas de haber sacado la lotería, en los años actuales de China, el pobre sigue siendo pobre aunque ahora con dinero.

Shangai no es la capital política, pero es la ciudad más grande e importante de China. Es un centro comercial y financiero global de primer orden. Su puerto, a 50 kilómetros, está entre los primeros del mundo y tiene una actividad fabulosa. La ciudad ya destacaba en la década del treinta como la "Atenas de Oriente" porque hacía de puente entre occidente y oriente con un comercio extraordinario. La revolución socialista limitó sus posibilidades de apertura al mundo y cayeron sus índices económicos. Shangai fue luego la cuna de la revolución cultural de los sesenta con la tenebrosa Banda de los Cuatro y la mujer de Mao. Pero se logró conservar la cohesión social, algo muy importante en los desarrollos económicos, y en la década de los noventa da el gran salto, constituyéndose hoy en la ciudad del mundo de mayor desarrollo de los últimos años. El paso a la economía de mercado, el reconocimiento de la propiedad privada y  una actividad en la construcción impresionante, trajo también una gran corrupción gubernamental y una feroz especulación inmobiliaria. Hoy están en la cárcel altos dirigentes comunistas de la ciudad, y no hace muchos años, el mismo intendente fue fusilado (recordemos aquí que el Comité Central del Partido Comunista Chino, está integrado en una gran parte del mismo por millonarios, dado que es imposible hacer negocios fuera del único partido existente).

Con mi compañera caminamos muchísimo: el 7 de noviembre estaba en la Plaza del Pueblo con un teatro maravilloso que visitamos, y recordé que el 7 de noviembre de 1974 estaba en la Plaza Roja de Moscú. El jardín de Yuan es el Shangai antiguo, milenario, con casas de Alicia en el país de las maravillas chinas. Ese domingo inolvidable también nos enamoró también el barrio afrancesado de Xintiandi, encantador, y con unos boliches con terraza de los mejores que ha visto Mary, autoridad indiscutible en la materia,  donde sus ojos brillan tras el humo permitido y la lluvia de cerveza. Fuimos dos noches a cenar, y no hay caso, la mejor pasta italiana está en China y Japón.


Y termino finalmente en la zona del río Huangou que corre por Shangai. Al borde del río, está la rambla del Bund, llena de fantásticos edificios coloniales dejados por los ingleses. En frente, en la otra orilla, hasta 1990 existía un pantano que ha sido recuperado y hoy es un territorio de fantásticos rascacielos, el llamado Pudong. El paisaje desde los dos ángulos de las dos orillas, es maravilloso. Se le llama el Museo de la Arquitectura Mundial. Yo me había estudiado edificio por edificio, a cual más hermoso, pero aquello mucho más de lo que esperaba. Entre estos edificios sensacionales destaca La Perla Oriental, torre de radio y televisión, construida en 1994. Mide 468 metros y fue hasta el 2007 el edificio más alto de China. Es una maravilla arquitectónica. Cuenta con once esferas rojas, 2 grandes a lo alto con un diámetro de 50 metros, más 5 pequeñas donde funciona un hotel de lujo y 4 decorativas unidas en su base por 3 columnas. Arriba del todo funciona un restaurante giratorio. El mirador más alto está a 350 metros y fue lo primero que visitamos extasiados por la vista resultante. Luego bajamos y en el segundo mirador, a 293 metros de altura, la cristalera de la pared continúa en el piso en sus últimos diez metros con todo el abismo urbano abajo. Mary enseguida saltó y empezó a caminar sobre el cristal como todo el mundo con su celular apuntando para abajo. La torre, además de su función de comunicación, está destinado como parque de diversión futurista y estaba lleno de gente porque era fin de semana. Yo dudaba, como un Hamlet chino, si dar o no un paso sobre el cristal porque lo veía medio suicida. En eso llega un gordo chino de cuatro metros cuadrados y 203 kilos de peso antes de comer. Se veía enseguida que iba todos los sábados porque apenas llegó se tiró en el cristal como si fuera una piscina, luego se giró acostado, con los brazos y piernas abiertos para que su acompañante le sacara una foto que saldría luego como si él estuviera volando. El acompañante del gordo era menudo, flaquito y de unos 18 años. Eran tan distintos los dos que yo no creo que fuera ni su hijo, ni incluso su sobrino, vamos a poner sobrino tercero por llamarlo de alguna manera. Este muchacho no podía sacar bien la foto porque no se animaba a dar el paso al más allá en el piso de cristal (en esas alturas impresionantes de la China el más allá está abajo). Y el gordo se irritó mucho, y para demostrarle a su sobrino tercero que el cristal no se rompía, se levantó y empezó a saltar como un loco. Saltaba y gritaba como si festejara el gol del triunfo de China sobre Brasil en la final del mundial de Maracaná en el 2050. Enseguida yo me pregunté, y seguramente lo mismo le pasó al sobrino tercero,  si el ingeniero que hizo la torre había previsto que iba a venir una exageración como la que se le ocurrió hacer al gordo. Finalmente, decidimos irnos porque creí detectar una casi imperceptible inclinación de la torre hacia el lado del gordo o me la imaginé yo, y nos pusimos entonces en una cola enorme. Aguantar media hora esa cola te permitía tener el gran  privilegio de acceder a un espacio enorme de salida final, al que desde arriba yo le llamé inmediatamente "El Caos", porque allí estaban los 24 millones de habitantes de Shangai menos el gordo, su sobrino tercero y una señora mayor a la que el médico le recomendó no salir de casa porque estaba un poco resfriada. La cola era un arrollado de dulce de leche chino, con seiscientas colas que iban de pared a pared, bien pegaditos unos contra otros, tanto es así, que cuando veías a uno que venía de frente, seis metros más adelante, le envidiábamos porque iba a salir dos días antes que nosotros. Son esos momentos que tienen todos los viajes que pagarías cualquier cosa por estar en el sillón de tu casa. Cuando por fin llegamos a la calle traté de no pasar por debajo del gordo que seguía saltando.

No hay comentarios: